Análisis de la NBA

Talento descomunal busca voluntad

DeMarcfus Cousins. /EFE
DeMarcfus Cousins. / EFE

A nada que aplicara rigor y constancia en la cancha, DeMarcus Cousins luciría la corona de mejor ‘cinco’ del mundo

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Hace unas noches Houston acogió una exaltación sensorial a la que sólo le faltó el canto de un dólar para el rango de orgía. En el descanso mandaba New Orleans (76-78), a razón de más de tres puntos por minuto y equipo.

Una pérdida (o ganancia) de olla fundamentada en el acierto descomunal del conjunto con más triples tirados en cada encuentro (Rockets) y la tercera mejor puntería lejana (Pelicans), pero también por la desidia de ya si eso nos ponemos a contener mañana. Nada nuevo en un equipo que entrena Mike D’Antoni, aunque la sinceridad obliga a reconocer que el cuadro texano se emplea atrás bastante mejor de lo previsto.

Su descomunal talento ofensivo, supraencarnado en James Harden, y la conciencia por fin de que sin defensa no hay paraíso explican el liderato de Houston (balance de 25-4) y su firme candidatura a pelear con Golden State la plaza en la final de la NBA.

130 -123 ganaron los Rockets

El duelo de pistoleros concluyó con 130-123 para el grupo que encabeza la competición. O sea un discreto 54-45 en la segunda parte al rebajar ambos unos porcentajes de tiro más propios de la estratosfera que de la corteza terrestre. El compromiso entretuvo con una apuesta rotundamente inversa al tradicional juego de la otra conferencia, pero también permitió fijar atenciones en la figura del pívot, esa especie en peligro de extinción. New Orleans alinea al dúo interior con más calidad de la Liga norteamericana, el compuesto por Anthony Davis (lesionado esa tarde) y DeMarcus Cousins.

Enfrente, la soledad paulatinamente más relevante del suizo de raza negra Clint Capela. Probablemente ningún ‘cinco’ se ha sentido tan beneficiado en su carrera (pido permiso para afirmar esto a Karl Malone) como el poste de los Rockets por el efecto determinante del base que lo nutre, el genio de la barba maravillosa.

Una vez y otra se iba Harden, así cada noche, de su par gracias al magnético ‘uno contra uno’. Bota con el desdén de los guapos al caminar, se vale de su corpulencia para proteger la pelota en las penetraciones que tanta veces culmina con centros aéreos y medidos a Capela. El suizo muestra un acierto del 69%, y hasta poco parece, porque se dedica a rematar al primer toque, igual que hacía Hugo Sánchez en sus borracheras goleadoras con el Real Madrid.

Balón al aire y hundimiento bestial. Pues eso, semejante al funcionamiento perenne de la pareja Stockton-Malone. Todo el mundo intuía el enésimo y certero bloque y continuación y nadie lo paraba. Clint, un pívot concienzudo y notable aunque sin alardes, acredita medias de 14 puntos y 11 rebotes, cuatro más de cada con respecto a su carrera. Al final de la temporada debería echar cuentas con Harden y retribuirle una parte de su salario.

Talento defensivo

Enfrente andaba Cousins y siempre resulta interesante verlo por dos razones. La primordial, por su formidable talento ofensivo. La segunda, para conocer en qué momento perderá esa parte del cuerpo que porta sobre los hombros. Lástima que una cabeza privilegiada para elevar el baloncesto a arte también la utilice en extraviar la cordura. A poco que aplicara rigor y constancia en la cancha, DeMarcus luciría la corona de mejor ‘center’ del mundo, tal es la categoría inmensa de su poliédrico juego. De afuera hacia adentro, de cara o de espaldas, con reversos o sin ellos, a base de ganchos o de elegantes triples… Eficacia ofensiva, estética y belleza cuando no se distrae con una mosca o identifica gigantes y molinos.

Frente a los Rockets volvió a desplegar el catálogo de sus virtudes ofensivas pero, a cambio, cedió a Capela la internacionalidad absoluta. Recibió cinco tapones del suizo, el mismo adversario que se infló a meter puntos como nunca en su trayectoria porque el balance defensivo de Cousins incitaba a la risa. La televisión abría el plano hasta medio campo y ahí no se contemplaba al pívot de los Pelicans, que bajaba a defender (es un decir) al ralentí. Una pena que alguien que rebotea, anota, ve el baloncesto, mueve el balón y lo rota sólo aparezca en la mitad de la cancha. Ocurre cuando dentro de una frente privilegiada anida una jaula de grillos.

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