Baloncesto

Jugadores menudos, menudos jugadores

Lillard y McCollum en un partido de los Blazers./Sam Forencich
Lillard y McCollum en un partido de los Blazers. / Sam Forencich

El dúo exterior de Portland que forman Lillard y McCollum lidera el veneno exterior que inocula el baloncesto moderno en los rivales

ÁNGEL RESA

Hay un axioma, quizá no suficientemente escrito en baloncesto, que se ajusta bastante a la realidad. Si un equipo pretende competir al más alto nivel requiere tipos altos y grandes que intimiden cerca de su tablero y atrapen o cierren para que otros compañeros recojan aquello que escupen los aros. Pero una vez cumplida esa premisa y en plena época del ‘small ball’ (juego con pequeños) deciden los títulos los hombres menudos que, en un juego malabar de palabras, podríamos calificar como menudos hombres. Pese a la importancia de los pívots –una especie que se creía a punto de extinguir, pero resistente a la desaparición gracias a los fundamentos de postes como Joel Embiid, Karl-Anthony Towns, Anthony Davis o el ahora lesionado DeMarcus Cousins– los tipos determinantes ocupan las posiciones de base, escolta o alero. Pocas dudas caben acerca de la jerarquía de Stephen Curry para explicar los títulos de Golden State (2015 y 2017) o las aportaciones omnímodas del poderosísimo LeBron James (campeonato de 2016) y del súper elegante ‘tres’ Kevin Durant, MVP de la última final con los Warriors.

Eliminemos de un plumazo, vaya osadía, a los aleros completos para detenernos en lo que llaman el ‘backourt’ en Estados Unidos. O sea, el dúo que forman el timonel y su primer socio de perímetro, generalmente un escolta tirador. La tendencia actual del baloncesto, con menos referencias ‘acampadas’ en la zona con el fin de dejar huecos para las penetraciones de los exteriores y un aumento considerable del triple, refuerzan la consideración de estas parejas de baile que conocemos con la terminología numérica de ‘uno’ y ‘dos’. Y a fuerza de cribar entre los treinta clubes que componen la NBA salen hasta cinco matrimonios de hecho o de conveniencia que aglutinan la mayor parte del veneno en sus equipos. A saber: Kyle Lowry-DeMar DeRozan (Toronto), John Wall-Bradley Beal (Washington), Chris Paul-James Harden (Houston), Stephen Curry-Klay Thompson (Golden State) y Damian Lillard-CJ McCollum (Portland).

Permitan que centre el interés, fundamentalmente, en este último combo, quizá el menos conocido por la sempiterna infravaloración de Lillard. El excelente timonel de los Trail Blazers, con argumentos sobrados para ocupar portadas de este deporte, se pasa la vida peleando por escalar posiciones dentro de los títulos de crédito de las películas. Todo el mundo le reconoce el talento y, sin embargo, suele ingresar en los ‘All Star’ por la puerta de servicio y acostumbra a quedarse en el último corte cuando USA Basketball confecciona la selección norteamericana. Pero sus lanzamientos frontales de nueve metros y un repertorio anotador comparable al de su socio McCollum, otra mirilla telescópica y fabricante de ‘slaloms’ a través de latigazos secos que rompen caderas adversarias, deparan el ¡45,3%! de los 106,1 puntos que anota Portland de promedio. Sobre la calidad casi inabarcable de ambos escala el equipo de Oregón hasta la tercera plaza del Oeste y la quinta de toda la NBA, sólo por detrás de Rockets, Warriors, Raptors y Celtics. Al conjunto que entrena el exestudiantil Terry Stotts sólo le falta algo más de peso específico en las otras demarcaciones para discutir, realmente, el favoritismo exagerado en su conferencia de Houston y Warriors.

Curiosa y atractiva siempre la franquicia de Portland, el club más noroccidental de Estados Unidos tras la supresión de Seattle en el mapa de la NBA. El escudo que fue de Arvydas Sabonis, la maldición y oportunidad al mismo tiempo de Fernando Martín, la frustrante parada y fonda de un Drazen Petrovic que hechizó luego en New Jersey, la casa de los ‘Jail Blazers’ en un retorcimiento nominal para definir a sus jugadores poco menos que de presidiarios en aquella plantilla formidable más conocida por sus andanzas al margen de la ley que en sus acciones dentro de la cancha. Aquel grupo de jugadores que Phil Jackson, entonces técnico en Los Ángeles, calificó como “el mejor equipo que el dinero puede comprar”. El mismo que tiró por la borda quince puntos de ventaja en el último cuarto del séptimo partido de la final del Oeste frente a los… Lakers. El hogar hoy de un matrimonio deportivo soberbio entre dos menudos jugadores.

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