Lecturas

Una alfombra verde

Vista del campo de Alcanadre, en La Rioja, donde vive el autor del libro./
Vista del campo de Alcanadre, en La Rioja, donde vive el autor del libro.

'Donde viven los caracoles', una recopilación de artículos y relatos de Emilio Barco, rinde homenaje a quienes trabajan la tierra allí donde no ha sido abandonada

TXANI RODRÍGUEZ

Emilio Barco divide su tiempo entre las clases de Historia Social y Económica y de Economía Agraria que imparte en la Universidad de La Rioja y la huerta que saca adelante en Alcanadre, su localidad natal. Afirma contundente que muchos pueblos no tendrán futuro si no se resuelve el problema agrario, un panorama frente al que no se muestra optimista. Recuerda que Balzac, en 'Los campesinos', decía que los agricultores eran aquellos que cultivaban la tierra y podían vivir con lo indispensable. «Son pocos –observa– los que pueden resistir las condiciones de vida de algunos pueblos y, en consecuencia, mantenerlos vivos, que es algo bien distinto de llenarlos los fines de semana y los veranos». Es normal que queden pocos «en esta sociedad de consumo». «Lo otro –añade– sería querer que los agricultores vivieran en un mundo al margen y en unas condiciones de vida tan duras como las que soportaron nuestros padres y abuelos, que trabajaron en el campo como esa clase de supervivientes de la que nos habla John Berger en 'Puerca tierra' y eso no es deseable, al menos para mí».

En los años cincuenta, asistimos al despoblamiento rural y a la concentración de la población en las capitales y en los núcleos industrializados. En aquella época, recuerda, moldeada a golpe de electrodomésticos, vehículos de todo tipo y demás utensilios para hacer agradables nuestras vidas, había que ser un ermitaño o tener las cosas muy claras para vivir en un pueblo sin luz y sin agua. El recorrido desde aquellos días que se exprimían de sol a sol hasta este momento, en el que el sector agrario se enfrenta a no pocas dificultades, vertebra 'Donde viven los caracoles', un ensayo repleto de referencias literarias que reúne textos publicados por el autor en distintos medios.

Defensor de la diversidad paisajística, ha visto cómo La Rioja se encomienda al monocultivo del viñedo; por eso, Barco define la huerta como un mundo de diversidad dentro de otro que tiende a la homogeneidad: viñas con cepa de tempranillo y solo de tempranillo; olivares con olivos de la variedad arbequina –ni roya, ni negra, ni picual, ni redondilla–; coliflores y solo coliflores aquí, allí bróculis y solo bróculis, más allá maíz y melocotones rojos, y algo más allá, adosados, pisos de cuatro alturas y aparcamientos. Asegura que «hay que recuperar las huertas para la despensa, si ya no es posible hacerlo para el mercado».

El profesor Emilio Barco.
El profesor Emilio Barco. / Miguel Herreros

El mundo rural, en juego

Tras la crisis de la década de los ochenta, en la que asegura que muchos expertos llegaron desde las ciudades para dictar a las gentes de los pueblos cómo había que hacer las cosas, el futuro del mundo rural anda en juego. «Nada más y nada menos que las masías del Ampurdán de Pla, los pueblos castellanos de Delibes, las aldeas de Cunqueiro y los caseríos de Baroja». Tal y como han hecho autores como Sergio del Molino a través de su célebre 'La España vacía', o de manera más reciente, María Sánchez con 'Tierra de mujeres', Barco nos acerca, partiendo de sus propias experiencias, a la realidad del mundo rural, un mundo que le tira por tres razones: «Trabajar al aire libre, aprender algo que no está en los libros ni en la web y vivir al ritmo del tiempo de los acontecimientos y no al del reloj. Con ello consigo también tres cosas: mantengo un saber, el de los campesinos, que no quiero que se pierda, aprendo y produzco una parte de los alimentos que necesito, lo que no es poco».

Respecto a la pervivencia de la ganadería, del caserío tradicional, advierte con ironía de que «podemos quitar los animales, poner incluso moqueta (verde eso sí, por lo del medio ambiente que está de moda) e integrarlos en un proyecto de turismo rural y cultural, o en un parque temático o en un museo etnográfico... Los habríamos salvado, pero ¿seguirían siendo caseríos?»

Uno de los argumentos principales del libro es desmontar las bondades de la Política Agraria Común (PAC), que el autor considera un disparate «porque gastando una cantidad ingente de dinero no consigue resolver ni el problema de la diferencia de rentas entre el sector agrario y los otros sectores de la economía, no es capaz de mantener la actividad agraria ni evitar el despoblamiento de las áreas rurales ni tampoco puede arrogarse en exclusiva, como leía recientemente en unas declaraciones del comisario Hogan, el haber garantizado a los ciudadanos de la Unión Europea la seguridad alimentaria. Y, por supuesto, podemos hablar largo y tendido sobre su impacto en el problema del hambre en el mundo y en el de la soberanía alimentaria». «Me pregunto: ¿Para quién? ¿Para hacer qué con esos miles de euros? Me temo, porque así ha ocurrido hasta ahora y no veo cambios sustanciales en la asignación del presupuesto, que con la mayor parte de este dinero no se van a crear muchos puestos de trabajo ni en el sector ni en el medio rural; no se va a orientar la producción hacia alimentos más sanos, más sabrosos y más baratos», concluye.

Sostenibilidad vacía

También es muy crítico con la sostenibilidad. «Mire, a mis alumnos en clase, cuando explico el tema de crecimiento y desarrollo, les digo: salgan a los pasillos de la facultad y apunten el número de veces que ven escrita la palabra sostenible en la cartelería que anuncia los futuros eventos. La sostenibilidad hoy es como el ungüento amarillo de nuestros abuelos, viene bien para todo. Ahora todo lleva el apellido sostenible, pero cuando uno escarba un poco con cierta frecuencia ve que debajo no hay nada. Ese es para mí el problema».

En 'Donde viven los caracoles', un libro que también dedica atención al trabajo de las mujeres en el medio rural, Barco afirma que la situación de abandono de la actividad agraria y, en consecuencia, del medio rural, debería afrontarse con un cambio radical en la Política Agraria Común, «de forma que las ayudas fueran todas finalistas y no basadas en derechos y en regionalizaciones teóricas como actualmente, y vinculadas a la renta». «Los fines para los que se concedieran las ayudas tendrían que estar relacionados con la producción de alimentos de calidad, la generación de empleo y la vida en los pueblos. Las políticas de desarrollo rural deberían coordinar actuaciones en educación, sanidad, vivienda y servicios y facilitar la producción artesanal con normativas simplificadas», sentencia.