María Terremoto apunta alto

Nono Jero atento a María Terremoto. /Óscar Cubillo
Nono Jero atento a María Terremoto. / Óscar Cubillo

Con solo 19 años, la hija del recordado Fernando Terremoto convenció al respetable que agotó el Teatro Barakaldo. Hoy sábado canta en Vitoria

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Entradas agotadas para ver a la jerezana María Terremoto, de 19 años, la hija del añorado Fernando Terremoto (Fernando Fernández Pantoja, Jerez de la Frontera 1969-2010), la protagonista de la quinta de las siete citas de la 23ª edición de los Viernes Flamencos del Teatro Barakaldo. Al acabar el concierto en dúo, todo el mundo se mostraba encantado y deseaba compartir su impresión con el vecino. El encuentro de 8 palos en 67 minutos había discurrido a nivel alto, homogéneo, y el respetable del antiteatro sito en el sótano del teatro (157 asientos tiene, según señala un cartel en la puerta) había jaleado su entusiasmo ininterrumpidamente desde el principio, con oles, halagos, complicidades y algún reconocimiento al tocaor, el Nono Jero, muy sobrio al principio y algo más cálido en el último tercio.

Los dos oficiantes salieron a escena acicalados en tonos muy claros, ella con un vestido blanco con trasparencias y mantón del mismo color. Y de los ocho palos, solo a dos se les puede poner peros: al primero, malagueñas con verdiales, por ser el de calentar la voz (se le notaba a María cómo respiraba reflexiva, a ráfagas ella pasaba con brusquedad de lo suavito al arrebato, le costaba templar, tosía, al acabar el tocaor Nono Jero pidió que le subieran la reverb…), y al cuarto, unas alegrías de Cádiz que paradójicamente fueron la sima de la cita, pues la jerezana las entonó sin alma ni casi ganas, como interpretándolas, aunque bailando sobre su silla, retrepándose ante gente encantada y efusiva, ver para creer.

Durante el resto del repertorio María Fernández Benítez, premio Giraldillo a la Revelación en la importantísima Bienal de Sevilla de 2016, demostró su valía y sublimó sus ambiciones. «Vamos ahí, Nono mío», animó a su tocaor al acabar el calentamiento vocal en el primer cante, y en el segundo, bulerías por soleá, exudó poderío y sustancia («por eso yo me quiero ir a las minas de Egipto», cantaba). De seguido las seguiriyas le quedaron antañonas, genuinas, largas y rurales, con María acercando y alejando la voz del micrófono y rematando en un tono engolado que enloqueció al público, al que no le faltaba nada para prenderse, para arder.

Tras las mentadas y sosas alegrías («si cantas así ahora cómo vas a cantar de mayor», elogió un señor que a veces marcaba el ritmo dando palmas para sí), María deseó «viva la afición de aquí arriba, que no se pierda nunca, ole», y cantó por tangos («mi madre era una gitana y mi padre un caballeroooo»), en el epílogo de éstos poniéndose en pie y entonando a pelo, y vaya otra ovación rota que recibió de premio. «¿Qué tal en Nueva York?», le preguntó uno de primera fila en plan cómplice, «muy bien», respondió la jerezana, y presentó una adaptación que atribuyó a Lorca y Morente, 'La leyenda del tiempo' más conocida por Camarón, uno de los cénits de la sesión, una elaboración solemne empero algunas exageraciones de la joven aspirante a figura flamenca.

«Preciosa, hija», manifestó una señora al acabar la lorquiana y el Viernes Flamenco se culminó con los dos últimos palos, ambos con ella en pie tras el micrófono, primero por bulerías recogidas, como entonadas hacia adentro antes de irse soltando hasta rematarlas con baile y ser premiada con olés, silbidos y aplausos sonoros, y a modo de bis, el as en la manga, los 'fandanguitos', como los llamó María, donde se desplegó sentida y segura («venganza… es lo que tú te mereces») y donde se oyó decir a alguna persona del anfiteatro «pero qué arte». Sí, María Terremoto apunta alto. Quien pueda, que vaya a verla hoy sábado en Vitoria (Teatro Jesús Ibáñez de Matauco, 20.30 h, 15 €).