Download Festival: el baile de las máscaras

Slipknot, durante su actuación este sábado en el Download Festival de Madrid./EFE
Slipknot, durante su actuación este sábado en el Download Festival de Madrid. / EFE

Los vikingos de Amón Amarth, los americanos Slipknot, y los navarros Berri Txarrak, entre otros, actuaron este sábado en la Caja Mágica de Madrid

VICENTE ESPLUGUESMadrid

Por motivos laborales tuve que retrasar mi llegada a la caja Mágica para cubrir la segunda jornada del Download 2019, en Madrid. En concreto por el compromiso adquirido de celebrar una boda de un familiar en Yecla. Pero con premura y diligencia, pude llegar a ver a las tres bandas que más me apetecía escuchar y ver. El plato fuerte de este segundo día era para mi gusto: los vikingos de Amón Amarth, los americanos Slipknot, y los navarros de Lecumberri, Berri Txarrak. Tres estilos diferenciados, tres propuestas musicales nacidas desde diferentes sensibilidades, pero un principio común que los acerca e identifica: la contundencia de su propuesta en la forma de concebir la música.

Los vikingos con su frontman Johan Hegg, de casi dos metros de altura, su barba larga y tupida, su melena rubia, su cuerno ceñido a la cintura, que usaba para hidratarse o «cervecearse», cual encarnación de Thor, que nos transporta junto al resto del grupo a atmósferas nórdicas en claro contraste con los 40 ° del verano madrileño. Presentaban su último trabajo «Berserker», que sigue la línea de su evolución musical. Maestra combinación entre melodía y brutalidad. Quizá su último trabajo de estudio sea el que más amplitud comercial tenga para que su banda sea seguida no por una minoría, sino que alcance al gran público. Con cambio de telón de fondo, según la canción que se iba interpretando los suecos fueron desgranando los himnos que les han hecho alcanzar un lugar entre los grupos consagrados de metal nórdico.

La verdadera expectativa a mí me la despertaba ver a los Slipknot. Los de Iowa son esa extraña mezcla de ficción musical, de producto de mercadotecnia, que es más conocida su marca, su merchandising que su música. «Metal teatral» les he llamado, por que su pretensión es siempre afectar a sus oyentes con esa mezcla de sonido y de imagen.

Banda que actúa con máscaras que van evolucionando según los discos que se van produciendo. Tanto los vestuarios, como la performance que preparan en cada gira envuelven al público de agresividad y tensión. La verdad es que ellos no ofrecen un «concierto« al uso, sino que brindan un espectáculo visual y sonoro. Como si los oyentes estuvieran continuamente taladrados por un conjunto de percusión formado por la batería, dos percusionistas al estilo batucada. Unas guitarras agudas que prácticamente renuncian a la melodía, para ser sustituidas por un sonido industrial desgarrador.

La cuidada producción estética cuenta con sus fans, ávidos de espectáculo gráfico. Musicalmente son mezcla de Nu metal, de industrial, de rap metal. Todos hijos ilegítimos del rock que empezó como grito de reivindicación, y que ahora perfectamente asimilado por el consumo y el neoliberalismo cultural ofrece sus productos en las grandes superficies comerciales. El 20% del mundo de la música es arte, el otro 80% «fuckin business» (jodido negocio), decía James Brown, y no le falta razón.

A mí personalmente no fe fascina el numerito, demasiada decoración, demasiado protocolo, demasiada parafernalia para envolver un sonido que después de tres canciones me suena a más de lo mismo. Poco cambio de registro a excepción de 'Duality', uno de sus pepinazos antes de cerrar su repertorio.

Reconozco que soy más 'old school', pero no dejo de valorar la energía y la combustión que se desprende en sus conciertos. Fuego, carreras y cambios de lugar de los nueve miembros que forman la banda, actuaciones paralelas entre los músicos y los acompañantes que subían y bajaban las diferentes pasarelas que construían un escenario apoteósico.

Los que sí me enamoraron fueron los navarros Berri Txarrak que están terminado un ciclo con su anunciado parón indefinido. Son un power trío de toda la vida. Bajo, batería y cantante guitarrista. Desnudez, autenticidad, sin maquillajes, ni máscaras, ni falta que les hace. Como un buen trozo de carne a la brasa que casi es pecado aderezarlo con salsas y especias: dicen los entendidos que con un poco de sal gorda basta. O un buen vino, que es un crimen mezclarlo con gaseosa, y peor blasfemia todavía, combinarlo con Coca Cola para hacerse un Kalimotxo, los Berri Txarrak salen a tocar con lo puesto. Pero con toda la energía, la contundencia y la sensibilidad de sus canciones en euskera.

En medio de un festival que se reconoce por su apuesta por la de internacionalidad, es un gusto reconocer el aprecio y el cuidado de las bandas que aportan originalidad, aunque sea por el idioma con el que componen e interpretan. Falta todavía una jornada, la del domingo, para seguir disfrutando de tanta buena banda, y de un ambiente de calidad sonora y de energía a raudales. Este domingo, más.