Cartelera

Fernando Bernués: «El silencio no ayuda a sanar a Euskadi»

El director teatral Fernando Bernués ha llevado al cine 'El hijo del acordeonista'./
El director teatral Fernando Bernués ha llevado al cine 'El hijo del acordeonista'.

El director de 'El hijo del acordeonista' ya llevó a los escenarios la novela de Bernardo Atxaga, que narra la historia de dos amigos que militaron en ETA: «El silencio es lo que menos ayuda a que una sociedad sane y repare sus dolores»

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Fernando Bernués (San Sebastián, 1961) es uno de los nombres fundamentales del teatro vasco. Actor, productor y director de escena, el fundador de la compañía Tanttaka es responsable de montajes tan exitosos como 'Novecento: El pianista del océano' y 'El florido pensil'. En 2012, Bernués ya llevó a los escenarios 'El hijo del acordeonista' a partir de la novela de Bernardo Atxaga. Su segundo largometraje como director cuenta la historia de dos amigos distanciados en el tiempo tras militar en ETA que ajustarán cuentas con el pasado.

–'El hijo del acordeonista' habla de la imposibilidad de escapar de nuestro pasado.

–Es uno de los grandes temas de la película. Ese silencio entre dos amigos durante veinte años tiene una dimensión metafórica y colectiva. Inevitablemente llega un momento en que hay que sentarse y poner las cartas sobre la mesa. Creo que los grandes temas de la vida están presentes en 'El hijo del acordeonista'. Es la historia de dos amigos que acaban militando en los primeros años de ETA, uno desde una necesidad intelectual y política y otro por razones más emocionales. Son actitudes que los que tenemos ya cierta edad hemos visto a nuestro alrededor. La culpa heredada del protagonista, que descubre el colaboracionismo de su padre, es otro de los temas. La dificultad en gestionar ese pasado que te pertenece también lleva a un dilema al personaje.

–En Euskadi vivimos un momento histórico en el que sentimos la necesidad de construir un relato de lo que ha pasado aquí.

–Cada uno tenemos nuestra manera de mirar, que condiciona nuestro relato. Desde el arte tenemos una responsabilidad de contar lo que ha pasado desde una pluralidad de voces, desde una dimensión profunda. Si no, caemos en estereotipos con personajes con voluntad doctrinal y didáctica. Cuando penetras en la profundidad de un personaje descubres que las vidas están llenas de matices y grises. Estoy convencido de que si indagas en las razones del padre del protagonista y su colaboracionismo encuentras esos matices. El silencio es lo que menos ayuda a que una sociedad sane y repare sus dolores. Hace unos años produje una obra de teatro que estaba basada en entrevistas a hijos y nietos de nazis. Me sirvió para entender cómo Alemania ha afrontado su pasado. Aquí todavía tenemos dificultades para encarar la Guerra Civil, el franquismo y la violencia de ETA. Y no tenemos más remedio que hacerlo. Ese relato debe construirse desde la profundidad y honestidad de muchas voces. No es un empeño fácil ni está cerca, porque estamos atrincherados en nuestras oposiciones. Atxaga decía el otro día en una entrevista que la vida tiene dos orillas, y si la contemplamos desde una de ellas nos perdemos muchas cosas del río. El relato único es muy difícil, no ocurre en una ruptura sentimental, así que no va a pasar en la vida.

–'El hijo del acordeonista' fue obra de teatro antes que película. ¿Cómo se recibió fuera de Euskadi?

–Fue una experiencia muy positiva. El otro día un periodista en Madrid me daba las gracias. Tenía 40 años y se había construido la imagen de un terrorista de ETA desde la superficialidad, como un monstruo sin más. Lo mismo he sentido cuando la película se presentó en el Festival de Huelva. Cuando apelas a la humanidad, a lo interior, das nuevas claves para comprender las vidas ajenas. Lo que no quiere decir que yo ampare las decisiones políticas que tomaron. Cuando construyes algo en la vida sobre el dolor de otros es muy difícil que eso prospere. También es cierto que algún periódico tituló en Madrid «ETA llega al Centro Dramático Nacional en vasco». Después hizo una crítica muy buena. Atxaga cuenta que en las guerras los caricaturistas son muy importantes, porque es una manera de simplificar al otro. Algo de eso sigue pasando.

Una imagen de 'El hijo del acordeonista', con los protagonistas de niños en el bucólico pueblo de Obaba.
Una imagen de 'El hijo del acordeonista', con los protagonistas de niños en el bucólico pueblo de Obaba.

–Los protagonistas exorcizan sus traumas a través de la escritura, es una idea muy hermosa.

–El primer impulso del arte es la necesidad personal de contar algo, es una manera de comprender. Cuando uno escribe obtiene otra perspectiva de lo que le ocurre. Me gustó mucho de la novela que en ningún momento sabes quién escribe el relato, si el escritor afamado o su amigo.

–¿Qué le ha dicho Atxaga de la película?

–Está «radicalmente contento», me escribió en un correo. Me ha dicho que los personajes no podían ser de otra manera. Y le gusta la sensación de interioridad. Me tranquiliza mucho, porque cuando reescribes el trabajo de otro hay otra gramática, pero no puedes traicionar el sustrato narrativo.

–¿Cuál ha sido la mayor dificultad de un filme que transcurre a lo largo de tres épocas y que salta continuamente en el tiempo?

–Los saltos en el tiempo debían entenderse. Y teníamos a tres actores para hacer el mismo personaje, de niño, de adolescente y de adulto. Encontrar tantos actores vascoparlantes en un país tan pequeño no fue fácil. Además, parte de la historia transcurre en California y no teníamos presupuesto para rodar allí.

–Dicen que ETA es veneno para la taquilla...

–Ja, ja. Ojalá me equivoque, pero yo creo que esta es una gran historia de amistad, no una película sobre ETA. No puedo hacer una tesis sobre ETA, sino sobre dos amigos. Unos chavales me decían que la tenía que haber hecho hace diez años, porque en el instituto les obligaron a leer el libro. El peso de la novela también creo que juega a su favor.