El fantasma del tercer candidato

Donald Trump. /
Donald Trump.

Donald Trump amaga con presentarse a las elecciones de 2016 como independiente en caso de no lograr la nominación republicana, resucitando el espectro de Ross Perot

ÓSCAR BELLOTMadrid

Paul Begala señaló hace unas semanas que la entrada de Donald Trump en la carrera electoral estadounidense "sólo puede atribuirse al hecho de que Dios es un demócrata con sentido del humor". El asesor del partido del burro expresaba con estas palabras el sentir de toda la formación ante el terremoto que ha provocado el magnate inmobiliario en el proceso por la nominación republicana. Trump indignó primero a los latinos, un sector clave del electorado, al tachar a los inmigrantes mexicanos de violadores y criminales, responsabilizándoles poco menos que de todos los males que aquejan a Estados Unidos. Y después encolerizó a las mujeres al arremeter contra la moderadora del primer debate entre los candidatos por sus incisivas preguntas. "Podías ver cómo le salía sangre de sus ojos. Le salía sangre de su donde sea", espetó el multimillonario, insinuando que la actitud de la presentadora se debía a que estaba menstruando. Sobra corrección política en Estados Unidos, es el mantra que repite una y otra vez el empresario. Y él está dispuesto a acabar con ello. La jugada le está saliendo perfecta, a tenor de lo que dicen las encuestas. Cada vez que suelta una andanada, suma seguidores a su campo, ante la atónita mirada de los otrora favoritos Jeb Bush y Scott Walker, que no han sabido capear por el momento el temporal. Los sectores más conservadores hacen valer su peso en los inicios de la contienda, por lo que el viento sopla a favor de Trump. Pero, consciente de que conforme se acerque el momento de la verdad el suyo puede dejar de ser el nombre preferido, en beneficio de un rival con mayores posibilidades de alcanzar la Casa Blanca, medita ya el plan B: presentarse como independiente.

La sola idea provoca el pánico en las filas republicanas. No fueron sus propuestas en materia migratoria, ni en cualquier otro asunto, las que desataron la ira de sus adversarios durante el debate emitido por la cadena Fox la semana pasada. Lo que soliviantó a la larga lista de aspirantes republicanos fue la negativa de Trump a descartar la posibilidad de una candidatura independiente en caso de no lograr la nominación republicana.

Con unas encuestas que sitúan a la ex secretaria de Estado Hillary Clinton a la cabeza de la carrera frente a cualquiera de sus potenciales contendientes, la presencia de un tercer candidato capaz de canalizar buena parte del voto más derechista a través del populismo cercenaría de plano cualquier opción de que el 'Grand Old Party' arrebatase la Casa Blanca a los demócratas. Y hay quienes incluso especulan con que ese es precisamente el objetivo de un Trump que mantiene una buena relación con los Clinton, a los que donó importantes cantidades de dinero en el pasado. Una teoría de la conspiración abonada la semana pasada con la revelación de que fue Bill Clinton quien animó al magnate a implicarse más en la política desempeñando "un papel mayor en el Partido Republicano".

"Es Perot, estúpido"

Trump ha hecho resurgir el espectro de Ross Perot, el multimillonario que llevó a Bill Clinton al Despacho Oval en 1992 al obtener casi 20 millones de votos, un 18,91% del total. Evitaba así un segundo mandato de George H. W. Bush, quien se quedó más de 5,5 puntos por debajo del político de Arkansas. De haberse tratado de una pelea a dos, pocos son los que dudan de que Clinton hubiese sucumbido ante el republicano. Por mucho daño que éste infligiese a su rival con el lema "es la economía, estúpido", fue la presencia de Perot la que 'jubiló' al cuadragésimo primer presidente de EE UU. El empresario recabó las papeletas de los sectores más ultraconservadores y de aquellos que se sentían estafados por la subida impositiva aplicada por Bush, en contra de sus promesas anteriores. Sin ellos, su derrota estaba cantada.

Trump y Perot tienen numerosos puntos en común. Exitosos hombres de negocios, cumplen a la perfección con el ideal estadounidense del 'self-made man'. Su fortuna les asegura la independencia de que carecen los políticos 'profesionales'. Y dominan los medios a la perfección. A Trump no le preocupan las críticas. Lo importante es que se hable de él, ya sea bien o mal. Mientras esté en el centro del escenario, tendrá opciones. Pero su populismo es más acendrado que el de Perot. Pocos describirían al fundador de Electronic Data Systems como un loco, mas son legiones los que piensan eso de Trump.

Precedentes

Claro que los extremistas también vencen contiendas, como probó la designación de Barry Goldwater, quien amenazaba con emplear la bomba atómica ante cualquier incidente con los comunistas, como candidato republicano en 1964. No estaba solo el por entonces senador por Arizona. La política estadounidense cuenta con una notable nómina de populistas que han revolucionado campañas. Sin ir más lejos, en los años sesenta George Wallace abandonaba las filas demócratas y concurría a las elecciones de 1968 bajo el paraguas del Partido Americano Independiente. Como gobernador de Alabama había concitado la atención de todo el país con su intransigente actitud hacia los negros, lo que le sirvió para convertirse en un héroe para los racistas sureños, buena parte de los cuales militaban por entonces en el Partido Demócrata. Wallace obtuvo casi diez millones de votos en unos comicios en los que el republicano Richard Nixon batió al demócrata Hubert H. Humphrey por apenas medio millón de sufragios. Se impuso en cinco estados, todos ellos del sur más profundo. Y sus diatribas contra las leyes de derechos civiles aprobadas durante el mandato de Lyndon Johnson acabaron tumbando a Humphrey.

Fue la última vez, hasta la irrupción de Perot en 1992, en que un tercer candidato minó decisivamente cualquier esperanza de victoria del postulante de uno de los dos grandes partidos. Y tampoco ha habido nadie, desde Perot, que haya osado desafiar el poder de demócratas y republicanos caminando por libre. Al menos, no con cierto éxito. El único que logró asomar la cabeza fue el ecologista Ralph Nader, quien obtuvo un 2,7% de los votos en la controvertida elección del año 2000. El candidato verde solo podía perjudicar al demócrata Al Gore, pero si a éste se le escapó la Casa Blanca no fue por la presencia de un tercer candidato sino por un puñado de 'papeletas mariposa' en Florida.

Algo diferente resulta el panorama tendiendo la vista atrás. Si bien el bipartidismo ha sido una constante en Estados Unidos desde la fundación de la nación, ha habido otras ocasiones en las que un tercer candidato ha desempeñado un importante papel en las contiendas presidenciales. Así ocurrió, por ejemplo, en 1948, cuando Strom Thurmond abanderó a los 'Dixiecrat', una escisión de las filas demócratas en el sur que logró imponerse en cuatro estados aunque no impidió la victoria de Harry S. Truman ante el republicano Thomas E. Dewey. En 1924, Robert M. La Follette recabó más del 16% de los sufragios en unas elecciones en las que el republicano Calvin Coolidge obtuvo el triunfo. Mención aparte merece el expresidente Theodore Roosevelt, quien se aupó a la segunda posición de la contienda de 1912 liderando al Partido Progresista, dejando en tercer lugar a su otrora correligionario republicano y mandatario saliente William H. Taft. Un golpe inaudito a la preeminencia de demócratas y republicanos propiciado exclusivamente por la arrolladora personalidad de quien había sido el vigésimo sexto inquilino del Despacho Oval.

A ese precedente, y al de Perot, podría agarrarse Donald Trump en caso de que no obtenga la ansiada candidatura republicana y opte por la aventura como independiente. Un escenario que parece salido de los sueños del matrimonio Clinton. O de las pesadillas de Jeb Bush, Scott Walker y compañía.