Ken Loach conmueve a Cannes con su denuncia del sistema laboral

Ken Loach, durante la presentación de su película en Cannes. /
Ken Loach, durante la presentación de su película en Cannes.

El cineasta irlandés aspira de nuevo a la Palma de Oro con 'I, Daniel Blake', en la que vuelve a arremeter contra el capitalismo

COLPISA / AFPCANNES

Un drama actual de Ken Loach sobre el desamparo social en Inglaterra y una comedia excéntrica del francés Bruno Dumont ambientada en la 'Belle Epoque' han hecho llorar y reír este viernes en Cannes.

Las dos aspirantes a la Palma de Oro que se entregará el 22 de mayo han sido aplaudidas en el pase a la prensa y forman parte de los 21 largometrajes en liza dentro de la sección oficial.

Llamar a una administración y caer en un contestador con música impersonal y opciones perentorias es una de las condenas del siglo XXI. Al otro lado de la línea no hay nombre, ni responsable a quien apelar: todos los caminos conducen a un anónimo 'decision maker', el tomador de decisiones en boca de todos los burócratas que rehúsan dar la cara. Para la clase trabajadora en caída libre, protagonista del inquietante espejo que tiende a nuestra época 'I, Daniel Blake', de Ken Loach, es apenas una etapa más en el calvario cotidiano de buscar empleo o conservar la ayuda social.

Daniel Blake (Dave Johns) es un carpintero de 59 años de la ciudad inglesa de Newcastle que se ve obligado a recurrir a esa ayuda tras padecer problemas cardíacos. Aunque su médico le prohibió trabajar, el sistema lo obliga a buscar un improbable empleo o exponerse a perder la escasa asistencia que apenas le alcanza para vivir. En su visita cotidiana a la oficina que atiende a los desocupados, conoce a una madre soltera (Hayley Squires) también en dificultades e igualmente atrapada, con sus dos hijos, en un sistema que la aplasta.

Golpe al capitalismo

A los 80 años y con una larga filmografía militante en su haber, el postulado de base de Loach, en cuyo universo los pobres son necesariamente buenos, sigue siendo que el capitalismo hunde al individuo.

La película narra la relación entre estos dos náufragos que se apoyan mutuamente, pero lo social se traga a lo individual y como ocurre a menudo en el cine del irlandés los momentos de emoción más eficaces son los colectivos, cuando el individuo se rebela, reivindica su dignidad y recibe el apoyo solidario de sus pares. "Cuando se pierde el respeto por uno mismo, es el fin", advierte Daniel Blake.

Tiempo para la risa

De otro lado del Canal de la Mancha, pero no muy lejos de Inglaterra, donde saber reírse de sí mismo es una obligación moral y una cortesía con los demás, está el norte de Francia, región de abiertos paisajes nubosos y gente de carácter afirmado. Allí nació hace 58 años Bruno Dumont, el realizador francés de 'Ma Loute', que reivindica en su cine -'L'Humanité' (1999), 'Flandres' (2006)- a su región natal "a la vez bruta y llena de gracia".

Dos cualidades que sumadas a lo grotesco dirigen la trama de su tragicomedia, que se mira como un cómic directamente salido de la escuela belga de la Línea Clara que inmortalizó al Tintín de Hergé.

Todo ocurre alrededor de una villa de extravagante estilo egipcio donde veranean a principios del siglo XX los Van Peteghem, familia burguesa de Tourcoing con sus prejuicios de clase, sus secretos del pasado -incluyendo el inevitable hijo natural- y las taras de una genética consanguínea. No lejos de allí viven los lugareños, los toscos Brufort, que viven de la recolección de mejillones y que, aunque miren con recelo a los burgueses, los consideran apetitosos al punto de comérselos. Literalmente. Esa insólita adicción a la carne humana de los ricos genera una serie de misteriosas desapariciones que investiga un dúo de policías, un gordo y un flaco que recuerdan a Laurel y Hardy.

De la interacción entre los dos universos de clases sociales incomunicadas -plausible alegoría de la sociedad francesa de ayer y hoy- surge una historia de amor, la de 'Ma Loute', apodo del joven vástago de los Brufort (Brandon Lavieville) y el andrógino Billie, el hijo de los Van Peteghem, que suele disfrazarse de chica.

La acción tiene salidas surrealistas que recuerdan visualmente los cuadros de Magritte y gira sobre todo en torno al personaje del padre, ridículamente afectado hasta en la forma de caminar, que interpreta Fabrice Luchini junto a una acertada Valeria Bruni Tedeschi en el papel de su esposa.

Lo grotesco a veces se pasa de raya y pierde eficacia con la histriónica Aude Van Peteghem (Juliette Binoche). "Lo cómico es esquemático, son caricaturas, no es sociología", ha aclarado Dumont a la prensa. El cineasta ha explicado que su fábula no se limita a una reconstrucción de época sino que aspira a dar un retrato de la humanidad. "Mis personajes, soy yo o ustedes". Y ha agregado: "hace bien reírse de sí mismo".