Una cordada de 17.200 kilómetros entre Zalla y La Antártida

Pablo Olmos, a la izquierda, junto a su amigo Unai Llantada./Sergio García
Pablo Olmos, a la izquierda, junto a su amigo Unai Llantada. / Sergio García

Pablo y Unai se proponen coronar el pico más alto de la Antártida, un desafío que el primero, enfermo de ELA, vivirá de forma virtual desde una silla de ruedas en Zalla. Quieren dar visibilidad a la dolencia

Sergio García
SERGIO GARCÍA

Se conocían del pueblo, pero su estrecha amistad se forjó en las laderas del Kilimanjaro, la montaña más alta de África, que coronaron en 2013 imbuidos de ese espíritu aventurero que bebe directamente de las novelas de Hemingway y de Karen Blixen; rodeados de guerreros masai, de fieras salvajes y de campamentos levantados alrededor de un fuego hasta el que llegan los ecos estremecedores de la sabana. Pablo Olmos, 55 años, y Unai Llantada, 45, comprendieron allí que el corazón tiene razones que la razón no entiende y que uno puede ser «inmensamente feliz cuando la naturaleza nos conduce al límite», negándonos hasta el oxígeno y regalándonos a cambio «un paisaje, la sonrisa de los niños y la certeza de que se puede ser feliz con bien poco».

Pero algo se torció en el paraíso. Cuando emprendían el regreso, Pablo empezó a sentir «molestias en las piernas, un síntoma que al principio atribuí al cansancio». No le dio importancia y al regresar a Zalla, todavía entusiasmado con la experiencia, se apuntó a un trekking a Lobuche Peak, en el Himalaya. Las señales, lejos de desaparecer, se acentuaron, y el montañero constató para su asombro que «cada vez me costaba más completar rutas que antes no habían supuesto ningún problema». Empezó entonces una travesía muy distinta a la que tenía programada, esta vez por los hospitales, hasta que al cabo de un año llegó el diagnóstico definitivo, devastador. Tenía esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad degenerativa neuromuscular, en la que las células del sistema nervioso van perdiendo su función progresivamente hasta que llega la parálisis.

Unai, entretanto, asistía desolado a la evolución de su amigo, que a fecha de hoy tiene «impedido todo el cuerpo del cuello para abajo» y se desplaza por su casa en una silla de ruedas que maneja con la barbilla mediante un dispositivo electrónico. Alpinista experimentado, Unai llevaba años embarcado en un proyecto, el 'Seven Summit', consistente en coronar las cumbres más altas de los siete continentes (holló el Everest en 2010). Y entonces surgió la idea. Pondría la guinda a su trayectoria de la mano de Pablo, que lejos de dejarse vencer por la adversidad –«me apunto a un bombardeo», afirma aún hoy–, le animaba con cada proyecto que emprendía y seguía yendo al monte, aunque fuera asistido y montado en un vehículo que se desplaza sobre orugas.

El infierno helado

La muesca que quedaba por grabar en el palmarés de Unai era el monte Vinson, la cumbre más alta de la Antártida; un desafío que eleva el sacrificio a límites sobrehumanos. Lo harán juntos, pero en la distancia. La suya será una cordada de 17.200 kilómetros, los que separan Zalla de las vastas soledades sobre las que gira el planeta. «Somos un equipo de dos y la aventura será de ambos, es una ilusión que compartimos. Puede que no estemos juntos, pero vamos a hacer cumbre por igual».

El viaje será a primeros de diciembre, durante el verano austral, y exigirá un despliegue logístico fuera de lo común. Unai deberá coger cinco aviones: de Bilbao a Madrid, de allí a Buenos Aires y luego a Punta Arenas, en Chile. El último tramo le conducirá hasta el campamento Union Glacier, ya en el casquete antártico, habitado sólo de noviembre a febrero y de donde parten las expediciones científicas y de aventura. Por último, una avioneta de una hélice equipada con patines le llevará al campo base Vinson. Llegará en la época seca del año, cuando no se esperan precipitaciones pero sí mucho viento y temperaturas que oscilan entre 20 y 30 grados bajo cero. El infierno helado.

El Vinson se levanta 4.892 metros a 300 kilómetros del Polo Sur. La equipación de Unai será similar a la utilizada en un 'ochomil': mono de plumas, botas –un par de kilos cada una–, arneses, cuerdas, piolets, crampones, raquetas... Unos 25 kilos. «Allí me haré con la tienda, suministros, infiernillo, mochila y trineo. Tendré entonces que hacer distintos porteos hasta los campamentos de altura –dos– que sirven de aclimatación». Un entorno hostil donde los haya, «casi permanentemente bañado por la luz», donde los elementos se confabulan contra uno.

«Estaremos en contacto todo el tiempo», explica Unai, que irá pertrechado con cámaras y un teléfono para comunicarse con Pablo vía satélite. «Habrá crónicas de audio conjuntas, donde cada uno volcará sus sensaciones y cómo vivimos la montaña», además de grabaciones en vídeo –alternándose las hechas allí y en el adosado de Las Encartaciones– con las que realizar un documental. Todo ese material servirá a su vez para elaborar un libro al que se encargará de dar forma el alpinista vizcaíno Juanjo San Sebastián, que describirá un desafío que en el caso de Pablo será virtual.

Los datos

4.892 metros
es la altitud del Vinson, la cumbre más alta de la Antártida, situada a 300 km del Polo Sur.
Conbdiciones extremas;
La travesía durará entre 10 y 20 días, según el tiempo, con temperaturas de hasta -30º. Es el verano austral.

Para echarse a 'temblar'

El proyecto se llamará Dar Dar (temblar, en euskera), «por las sensaciones que se tienen en la montaña, a veces de frío y otras de miedo. El mismo frío –explica Pablo– que sentimos los enfermos de ELA (recuerden esa campaña a nivel mundial, con la gente arrojándose cubos de agua helados en solidaridad con los que sufren esta dolencia)». Son también dos palabras, dos amigos, dos objetivos. Porque si algo tienen claro Unai y Pablo es que hacer cumbre es sólo el 50% de la misión.

La suya es una historia de superación, «pero sobre todo de amistad». «La idea es que la gente pueda hacer un seguimiento en directo de nuestra expedición mediante crónicas de audio y fotos». ¿Con qué propósito? Dar visibilidad a la enfermedad que afecta a unas 4.000 personas en España –tiene una prevalencia de 3 por cada 100.000 habitantes– y que ha convertido a Pablo en prisionero de su propio cuerpo, pero que está lejos de maniatar una imaginación desbordante y una pasión por la montaña a prueba de bombas. «Hoy –por el pasado jueves– he soñado que iba con los crampones pisando el hielo, envuelto en el viento y aterido –explica mientras mira por la ventana de su ático donde se estrella la lluvia–. Las rachas de viento, el granizo... Imagino que estoy en la tienda de campaña, envuelto en mi saco de plumas. Igual que en la montaña». Los ecos de un mundo que no se resigna a perder.