Álava asalta el Museo del Louvre

El general vitoriano usó la fuerza para rescatar cientos de cuadros expoliados durante la ocupación francesa

FRANCISCO GÓNGORAVITORIA
El General Álava, con el 15 de Húsares inglés en Trespuentes, en el cuadro de Ferrer Dalmau./
El General Álava, con el 15 de Húsares inglés en Trespuentes, en el cuadro de Ferrer Dalmau.

Una de las hazañas menos conocidas del general Miguel Ricardo Álava, que le granjeó el título de miembro de honor de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, fue su gestión en la recuperación de las obras de arte saqueadas por las tropas napoleónicas. Vitoria vio pasar durante los seis años de ocupación miles de cajas cargadas en carros en dirección a París que transportaban uno de los mayores expolios que una nación haya podido hacer a otra. Expolios que han sido, por otra parte, una práctica habitual a lo largo de la historia.

Como se sabe, la voracidad de los generales franceses y del rey José Bonaparte no tenía límites. No existe un catálogo completo de los miles y miles de cuadros y de objetos de arte que atravesaron los Pirineos durante la Guerra de la Independencia. La pintura era una mercancía de lujo que se pagaba muy bien. Los generales Soult, De Faviers, Sebastiani, Murat, Coulaincourt, Eblé, Desollé o Crochart rapiñaron todo lo que pudieron en iglesias, conventos y colecciones reales y particulares. Hay que decir que preferían la pintura holandesa e italiana, que se pagaba mejor en Europa. Despreciaban los cuadros españoles, pero se los llevaban también, especialmente Murillo y Velázquez. Benito Pérez Galdós en su episodio nacional El equipaje del rey José, resume aquellos hechos con esta frase: «No pudiendo dominar España, se la llevaban en cajas, dejando el mapa vacío». Prueba irrefutable de todo ello fue, precisamente, la batalla de Vitoria.

El duque se lo lleva

El 21 de junio de 1813, derrotados los franceses en las llanuras alavesas, abandonaron sobre la vieja calzada romana en dirección a Pamplona entre 1.500 y 2.000 carruajes y furgones. Otros mil carros sí pudieron salir en la víspera por Salinas y Arlabán antes del choque. Unos y otros iban cargados de cuadros de las colecciones reales, obras de arte, plantas rarísimas de los botánicos españoles, dinero unos cinco millones de duros en oro-, alhajas, joyas, legajos y libros, además de municiones y cañones. Puestos un carro tras otro, el convoy ocuparía una longitud de 18 kilómetros.

Del tesoro pictórico que se llevaba Bonaparte aquel día se tienen noticias gracias a que una gran parte del botín de guerra acabó en manos del Duque de Wellington, el gran héroe de la jornada. Su hermano, Lord Marlborough le escribe poco después: «He abierto los paquetes tomados en Vitoria y los he enviado a su casa para que fueran cuidadosamente examinados, habiendo encontrado que contienen una colección de pinturas como usted no puede concebir... Le envío una lista de 165 de las pinturas más valiosas». En el catálogo de la exposición «Wellington en España», organizada en Madrid en 1988, el experto Juan J. Luna, calcula que fueron entre 225 y 300 obras.

Asombrado por el valor del conjunto el propio duque inglés consideró que había que devolver aquel tesoro. Pero Fernando VII, «conmovido por su delicadeza», le contestó a través de su embajador que, sorprendentemente, se quedara las pinturas «que han venido a su posesión por medios tan justos como honorables». Naturalmente, Wellington no rehusó el regalo y colgó las pinturas en su residencia de Apsley House, llamado también museo Wellington y situado en el Hyde Park londinense. Hoy en día presenta una gran colección de arte.

Bayonetas inglesas

Pero volvamos a septiembre de 1815. Tras la victoria aliada de Waterloo, el general Álava, embajador español en los Países Bajos entra en Paris junto a Wellington y es encargado por el Gobierno de Fernando VII de recobrar los cuadros sustraídos por las tropas francesas. Álava envía un despacho informando que ha mantenido un encuentro con Luis XVIII, quien le había manifestado que «ni daba los cuadros ni se oponía a que se los llevasen». Al ilustre vitoriano le parece suficiente esta respuesta y decide por su cuenta tomar al día siguiente los cuadros y deja para otro día la reclamación de los que se hallan en galerías particulares, como las de Soult o Sebastiani.

El 23 de septiembre, el capitán Nicolás Miniussir, ayudante de Álava, y el pintor Francisco Lacoma, acompañados de unos 200 infantes ingleses armados con fusiles y bayonetas, acuden al Louvre, custodiado por tropas prusianas, para reconocer y recuperar los cuadros sustraídos en España. El director del museo Vivant Denon, se opone con decisión a que salieran de allí los cuadros de Murillo y Zurbarán regalados en 1813 por el mariscal Soult. A las 20:00 horas de ese día, el capitán Miniussir envía una nota al general Álava dándole cuenta de los hechos. En ella informa de que ha sacado doce cuadros con alguna oposición y que al día siguiente, temprano, volverá a continuar su tarea. «Tanto los empleados como el pueblo francés querían oponerse. Casi hube de usar la fuerza para sacarlos», señala Miniussir a Álava

Al día siguiente, los comisionados españoles vuelven al Louvre y sacan en total doscientos ochenta y cuatro cuadros y ciento ocho objetos diversos. Sin embargo, no pueden recuperar los cuadros que habían pasado a formar parte de las colecciones de los mariscales napoleónicos Soult, Sebastiani y Belliard, entre otros. De esta manera se quedaron en Francia cuadros de Velázquez, Murillo, Ribera, Tiziano, Van Dyck, Guido Reni, etc. El general Álava da parte al día siguiente de la recuperación de los cuadros e informa de la resistencia por parte del rey francés y demás autoridades, que ha hecho necesaria la mayor firmeza. Aconseja que los cuadros, que han sido transportados a casa del conde de Perelada, se envíen a Bruselas, embarcados desde Amberes, por creer que es peligroso remitirlos a España por tierra debido a la resistencia que existe contra la salida de los cuadros de Francia.

El 14 de diciembre llegan a Bruselas los trece cajones con las obras de arte procedentes de París. Posteriormente, son trasladados a Amberes por Miniussir con una escolta inglesa. Las cajas son depositadas en un almacén, hasta que se embarcan, en la primavera siguiente, en la fragata holandesa Amstel, rumbo a Cádiz. El 30 de junio de 1816 son depositados en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y años después son enviados al Prado.

En la historia del museo del Prado consta esta importante gestión del general Álava para recuperar ese patrimonio rapiñado que hubiera acabado finalmente en las pinacotecas del mundo o en manos de particulares. Los que han visitado la casa del general Soult y sus descendientes en París tienen la sensación de haber visitado «otro museo del Prado», por la calidad y la cantidad de la pintura que cuelga de sus paredes.

Por cierto, uno de los cuadros recuperados es la 'Sagrada Familia' de Rafael y otro, el Sueño del patricio Juan, que Murillo pintó en Santa María La Blanca, de Sevilla. El lienzo representa la leyenda que dio origen a la construcción de Santa María la Mayor de Roma y al milagro de la Virgen de las Nieves, tan cercano a los vitorianos.

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