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La cuna del niño Jesús

24.12.10 - 09:22 -
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La cuna del niño Jesús
Un muro de separación. La ciudad donde nació Jesús está a poco más de diez kilómetros de distancia de Jerusalén, pero el muro levantado por Israel y el férreo control de acceso hacen que sea más fácil llegar a la Ciudad Santa desde Australia que desde la propia Belén. :: JIM HOLLANDERS-EFE
Conviene dejar claro desde el principio que en Belén no hay pastorcillos cantando, ni ríos de plata con peces, ni los palmerales se extienden al pie de montañas nevadas. A Belén se entra atravesando un muro que recuerda al de Berlín por una compuerta como la de Parque Jurásico, donde militares israelíes con el M-16 al hombro controlan coches, revisan pasaportes y levantan la barrera fronteriza con cara de pocos amigos.
A partir de ahí, lo mejor es hacerse a la idea de que una cosa es la realidad y otra la ciudad mental de angelitos, paz y amor de la que hablan los villancicos. Belén es territorio palestino ocupado, cercado por 17 asentamientos judíos en los que viven 91.500 colonos. Un grafiti lo deja claro nada más llegar: ‘Merry Christmas world from the Bethselem guetto’ (Feliz Navidad, mundo, desde el gueto de Belén). Y Belén es un supermercado del cristianismo. En la neurálgica Plaza del Pesebre, los reclamos de luces de neón ‘Souvenirs de Tierra Santa’ y el ‘Jesús está aquí’ de las tiendas de baratijas, tallado en madera de olivo y madreperla, compiten en estridencia con las hileras de bombillas y los adornos medio cascados hechos con tubos fluorescentes que parpadean en las fachadas.
Si lo que se viene buscando es una experiencia espiritual, suerte tendrá el que logre abstraerse del carnaval navideño y arrodillarse unos segundos junto a la estrella de plata que, en la minúscula gruta de la Basílica de la Natividad, señala el lugar exacto del milagro. A su alrededor, grabada en el mármol, la emoción de la inscripción «Hic de virgine Maria Jesus Christus natus est» (Aquí nació Jesucristo de la Virgen María) se hace difícil entre las prédicas de los guías turísticos que no se callan, los disparos de los flashes y el tropel de peregrinos impacientes. En la nave central del templo la policía acaba poniendo vallas de manifestación para dirigir a los mochileros, a las monjas y las familias de filipinos como si esto fuera un zoológico.
Y para el otro ensueño poético, asistir a medianoche a la intimidad de la Misa del Gallo, hace falta ticket. Eso significa que hay que ser diplomático para estar invitado, que se va con un grupo pastoral que ha movido sus buenos hilos, o que se ha espabilado para recoger la entrada en Jerusalén con semanas de antelación. Para el resto, coros y cantos en la plaza y espectáculo folclórico en la aldea aledaña de Beit Sahour.
El Belén de la Biblia está en Nochebuena de fiesta mayor. Huele a café turco, arak y tabaco de narguile y el gentío desafía el invierno acercándose a los puestos donde crepita la carne adobada de shawarmas y se fríe falafel, en vez de churros, como en una verbena.
Aunque eso solo será si los empleados municipales no le hacen una huelga por Navidad al alcalde, el independiente socialista Victor Batarseh, un cirujano jubilado nacido hace 75 años en Belén, y nacido cristiano, una minoría menguante que representa apenas un tercio de la población censada, pero a la que hay que pertenecer por ley para presidir su Ayuntamiento. Paradójicamente, los cristianos son tan pocos que en Navidad ni siquiera sube el precio del pollo o el cordero para las cenas. «No van a cambiar y está a 37 shekels por kilo la pierna (7,8 euros) y a 28 las chuletas (5,9 euros), aquí somos musulmanes», sonríe el carnicero Issa Yewwi en el mercado, donde no se vende cerdo.
La verdad es que en Belén igual llaman al rezo las 11 mezquitas que las campanas de sus 22 iglesias. Pero hoy el primer edil no quiere hablar de las recurrentes denuncias sobre choques entre confesiones –«no hay nada, roces personales entre vecinos», sentencia–, ni se interesa por los vaivenes de la cesta de la compra. En su despacho se acumulan otros problemas terrenales de última hora y las entrevistas por teléfono de todo el mundo. «Solo se acuerdan de nosotros cuando cantan los villancicos», se queja Victor Batarshe, molesto porque esta vez «ni Estados Unidos, ni el Gobierno de España, ni Francia nos han dado un céntimo… se han olvidado completamente». Hace dos sábados, ni siquiera habían llegado los 50.000 shekels de costumbre de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) para la decoración callejera. Y el resultado puede ser esa huelga que le preocupa y que arruinaría los esfuerzos por lucir en esta excepcional temporada alta el día en que toda la Cristiandad mira a Belén. «Lo temo –dice–, no hemos pagado a los funcionarios los salarios de noviembre y diciembre. No hay dinero».
Eso de depender del exterior para sobrevivir agota. Es lo que tiene ser una «cárcel aislada», palabra de Batarseh, y no poder despegar ahora que el turismo regresa: entre hoy y mañana se espera una afluencia de entre 20.000 y 25.000 visitantes, suficientes para desbordar esta aldea crecida de poco más de 29.000 almas. Y todavía faltan las navidades. En lo que va de 2010, ya ha recibido 1,4 millones de viajeros, un 60% más que en 2009.
Papá Noel de Hamás
No se veía algo así desde el estallido de la Intifada de 2000, cuando el miedo y episodios como la crisis de 2002 –el asedio israelí a la Natividad, donde se habían atrincherado 123 palestinos– dejaron seco el pueblo durante cinco años de su principal fuente de ingresos. Todavía impresiona a los forasteros ver a los policías palestinos armados en cada esquina, y esta noche los francotiradores estarán apostados en las cornisas más céntricas, pero Belén ha conseguido ser una ciudad muy segura.
Las incursiones israelíes casi pertenecen al pasado, aunque nada les impide reanudarlas como hacen en Ramala o Nablús, acusando de que hay terroristas como en los tiempos de Arafat. En Belén hay cinco concejales de Hamás, es cierto, «pero no se puede boicotear toda la ciudad por ese motivo», reprocha el alcalde. Con ellos en la oposición gobierna desde 2005, y ahora que estamos en Navidad aclara que «no interfieren en asuntos religiosos». De hecho, en alguna ocasión se han dejado ver vestidos de Papá Noel, aunque en versión verde, el color del Islam.
El espejismo de normalidad en Cisjordania y Oriente Próximo ha devuelto a los peregrinos y multiplicado lo que se ha dado en llamar el ‘turismo solidario’, ese que según la ministra del área, Klulud Daibes, «interactúa con la gente y se interesa por el lado humano del conflicto, el sufrimiento». Con ellos han revivido en Belén las arterias comerciales de La Estrella y la Gruta de la Leche, que llegaron a ser ruta fantasma y semillero de un desempleo que alcanzó el 55%. Ahora el paro es del 23%.
En estas fechas cuesta encontrar sitio en un restaurante y no hay una habitación libre en los 24 hoteles. Pero tampoco motivo para declarar la euforia: no tienen capacidad para más porque, especialmente en la última década, no han podido crecer. Su economía está secuestrada. La ciudad sigue siendo una sombra de sí misma y la ministra Daibes calcula que el 70% de los beneficios de esta industria se los queda Israel, que monopoliza las excursiones y las pastorea sin darles apenas tiempo a comprar un rosario antes de transportarlos de vuelta a Jerusalén. 
A ellos, a los extranjeros, que sí pueden ir de Belén a Jerusalén, porque los belenitas no tienen esa oportunidad. Entre las amarguras que empañan estas fiestas, una especial en las casas cristianas: no pueden salir a visitar a sus familiares que habitan en el Este de la Ciudad Santa, apenas a 10 kilómetros, porque necesitan una autorización especial que Israel otorga con cuentagotas. En pocas palabras, por primera vez en la Historia, desde que Israel construyó el muro que sigue su avance, las dos ciudades están físicamente separadas y es más fácil llegar a Jerusalén desde Australia que desde la Plaza del Pesebre.
Luego están las ausencias. Las reuniones navideñas en Belén con los hermanos de Ramala o de Jenin se hacen casi imposibles. Hay 60.000 cristianos en Cisjordania que querrían poder rezar en la cuna de su fe, pero saben que el viaje se verá frustrado por los soldados israelíes que les paran en los puestos de militares durante horas, si no les mandan dar directamente la vuelta. Solo en el área de Belén hay 32 de esos ‘check points’. «La alternativa libre es el Wadi Nar», apunta el alcalde, refiriéndose al endiablado camino a través del Valle de Fuego, que nadie quiere usar porque, si no se quema antes el coche, hay accidente seguro. Es un suicidio.
Sin hijos ni nietos
Pero lo peor es el éxodo. En la Navidad de Victor Batarseh, sin ir más lejos, faltarán sus tres hijos y dos hijas, y los siete nietos, a los que no habrá oportunidad de entregar los juguetes de Reyes, que aquí se dan el día 25. «Mis hijos se marcharon a vivir a California hace años», relata, como hicieron tantos, huyendo en busca de un futuro, preferiblemente en Estados Unidos si logran el visado. Las cifras de la ANP dicen que 10.000 personas han emigrado en la última década, 4.000 de ellos cristianos y 6.000 musulmanes.
Cuando esta Nochebuena en las cocinas cristianas humeen las humildes fuharas de verduras y las kidras perfumadas de especias, al menos en su hogar no habrá oportunidad para la nostalgia. El alcalde tiene otras tareas: habrá recibido ya la procesión de los boy scouts que acompaña al Patriarca Latino, jefe de la Iglesia católica en Tierra Santa –«es el único al que no piden pasaporte para entrar a Belén», se sonríe–, y estarán compartiendo recepción previa a la misa con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmmud Abbás.
La llegada del rais en un convoy de rutilantes GMC negros, con las sirenas azules a toda potencia y escoltado por su guardia pretoriana, los ‘geyperman’ de la Fuerza 17, es uno de los espectáculos kitsch de la Plaza del Pesebre. Definitivamente, este Belén no es el de los nacimientos almibarados de Occidente, ni su mensaje al mundo el consabido que acompaña ‘christmas’. «¿Qué deseo para el 2011…? Nuestro deseo siempre es de paz –se despide el alcalde–, pero también de autodeterminación para Palestina, de que nos traten como a seres humanos y de lograr nuestra libertad».  
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El alcalde, en la Basílica de la Natividad.
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