Una ruta en bicicleta por las cuestas más duras que esconde Bilbao

Ángel Gil encabeza el grupo en la subida a Larraskitu. / PEDRO URRESTI

Con los técnicos de 'Custom4.us' y con varios invitados, EL CORREO recorre en cuatro capítulos los muros ocultos que rodean la ciudad

J. GÓMEZ PEÑA

Bilbao es una ciudad rodeada. Tiene el horizonte ocupado por un anillo verde que hace de perímetro. Los perfiles de Artxanda, el Monte Avril, el Arnotegi, el Pagasarri y el Monte Arraiz ocupan la mirada desde el hormiguero de casas, coches y luces que no paran quietos abajo. Para los ciclistas, vivir en Bilbao es como estar en una jaula verde. Si quieres salir en llano tienes tres opciones: hacia Getxo por la carretera de la ría, hacia Durango por Galdakao o hacia las Encartaciones por Zorroza. En cualquier caso, mucho tráfico. Aunque hay otra opción, tan cercana como desconocida: meterse por una 'starta', una estrada, esas vías secundarias y sin apenas tránsito que suben a los montes que circundan Bilbao. Eso sí, cuesta arriba.

Iñaki Erdoiza y Jon Iriberri trabajan en las instalaciones de Miribilla, en la empresa 'Custom4.us'. La biomecánica, el ciclismo, el atletismo y las pruebas de esfuerzo son su hábitat. Las jornadas son largas. Dejan poco tiempo para pedalear y menos cuando anochece pronto. «Por eso, por la necesidad de encontrar recorridos cercanos, cortos y duros, empezamos a descubrir las estradas», cuenta Iriberri, que también es biomecánico del equipo ciclista holandés Lotto-Jumbo. Erdoiza asiente: «Si sales del trabajo a las seis de la tarde y se hace de noche a las siete, buscas un sitio para darte caña. Las estradas son perfectas. Son muros que te obligan a esforzarte. Aprovechas cada minuto de pedaleo. Y tienen otra ventaja: muchas están iluminadas. Eso te permite volver a casa tranquilo si ya es de noche».

En La Peña, bajo la vías del cercanías, comienza Irusta.
En La Peña, bajo la vías del cercanías, comienza Irusta.

Hay pedazos del Angliru por las colinas que decoran Bilbao. Iriberri y Erdoiza los han repartido en cuatro rutas que presentan en EL CORREO acompañadas con imágenes y datos recogidos con un potenciómetro. El primero de estos recorridos sube y baja al Monte Arnotegi, entre Bolueta, La Peña, Miribilla, Larraskitu, San Adrián y Rekalde. En apenas 28 kilómetros esperan seis muros: Montefuerte, Seberetxe, Irusta, Larraskitu, San Justo y Los Mimbres. Breve y explosivo. Casi 900 metros de desnivel acumulado. Una bomba. Ni un palmo de tregua. En cada uno de estos viajes se incorporará un invitado. Un voluntario para la 'tortura'. En esta ocasión es Ángel Gil, magistrado de la Audiencia Provincial, de la que ha sido su presidente durante seis años.

El ruido lo pone el jadeo

Ángel, que es de Barakaldo, tiene entre sus puertos preferidos a Larrau, el coloso navarro. Una mole de 15 kilómetros con rampas del 16% de desnivel. Ufff. Hoy va a enfrentarse a las curvas que superan el 25% de Irusta. «Me vendría bien el piñón de 32 dientes», comenta. Pero ha venido con el de 28. Toca estrujarse. La ruta parte desde Miribilla, desde el frontón. Empieza bien: cuesta abajo hacia La Peña y Bolueta. Ciclismo urbano. Pasos de cebra, gente y semáforos. Con tiento. Por la carretera de Basauri y nada más cruzar el río Nervión un desvío conduce al parque Oiargan por el camino de Buiagoiti. Aquí nace el primer muro, el de Montefuerte, 1,7 kilómetros con un tramo al 18%. «De los seis es el más suave», advierte Iriberri. Calma. Hay que compartir el trazado con paseantes y perros. Típico parque de ciudad. Pulmón.

900 metros de desnivel en apenas 28 kilómetros de recorrido. Una gran etapa de montaña del Tour, de 200 kilómetros por los Alpes, suele alcanzar los 4.000 metros acumulados. Por eso, una ruta como la que presenta este reportaje es un concentrado de dureza. Y no hace falta irse lejos para subir muros así. Las colinas de Bilbao tienen unos cuantos

Calentado el organismo y de regreso a La Peña, el grupo enfila la carretera a Arrigorriaga. Una vez pasado el túnel de la autopista se tira hacia el barrio de Buia. Aquí está Seberetxe, la segunda cota: 1,8 kilómetros y un pico del 25%. Ya crujen las piernas. Eso sí, la cuesta da respiros. Escalones. Hay que guardar para lo que viene: Irusta, una breve sucursal del Angliru. También parte desde La Peña. El túnel bajo las vías del tren marca su inicio. Es una subida que ni figura en los mapas. «La descubrí un día -recuerda Erdoiza- cuando trataba de esquivar un atasco en la A-8». A él y a Iriberri les gusta mirar hacia arriba, atisbar un nido de casas y elucubrar: ¿Por dónde se subirá hasta ahí? Esa pregunta suele tener una respuesta escrita con sudor.

Ángel tira de los 28 dientes del piñón. Irusta se resiste: un kilómetro con un segmento que, según el ordenador, se arrima al 30%. La cuesta tiene un zigzag sobre piso de cemento que coloca las bicicletas casi en posición vertical. La exigencia separa al grupo. Cada uno trepa como puede. Cada parte del cuerpo pedalea. Arriba, desentendidos, un par de cerditos vietnamitas asisten a la escena. Les extraña la visita y se ponen el frente del pelotón. Huyen de estos locos ciclistas. Al fin en la cima, Bilbao aparece al fondo, abajo, a su ritmo. Aquí, tan cerca y tan lejos, todo es paz. El ruido lo pone el jadeo. Ángel, fiel a su profesión, emite un juicio: «Es el muro que menos me ha gustado». Sonríe. Es el que más ha dolido. A bajar.

Ya en las instalaciones de Iberdrola comienza la subida a Larraskitu. Conocida. Buen piso. Pero empinado. Este cuarto obstáculo, de 2,1 kilómetros y un tramo del 15%, se pega. Es una vía habitual para los montañeros del Pagasarri. La cota se frena en un bar con el escudo del Athletic. A su espalda, la ciudad luce. «Bilbao tiene un potencial enorme para el cicloturismo», anima Erdoiza, que ayuda a desbrozar estas montañas desconocidas para las bicicletas. Aún quedan dos vallas por saltar. Para pelearse con la primera, San Justo, hay que bajar a El Peñascal. «Al construir la SuperSur cambiaron este camino», apunta Erdoiza. San Justo tiene 1,6 kilómetros y alcanza el 20%. Sube hasta La Roseta, el campo de fútbol del Iturrigorri. ¿Qué es más duro, el fútbol o el ciclismo? Hoy no hay duda. Y falta descender hasta Larraskitu, bajar por San Adrián, cruzar Miribilla y, tras San Antón y Amezola, dar el último arreón en la curvas de Los Mimbres que devuelven al grupo a Miribilla, meta de este intenso viaje por el Bilbao oculto para los ciclistas.

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La próxima semana, el capítulo se centrará en el monte Arraiz.

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