NBA

El rey de los malabares

Kyrie Irving disputa un balón con Enes Kanter, jugador de los Knicks./CJ GUNTHER
Kyrie Irving disputa un balón con Enes Kanter, jugador de los Knicks. / CJ GUNTHER
Línea de pase

Kyrie Irving, el mejor manejador de la pelota, conduce a los sólidos y reinventados Celtics tras la gravísima lesión de Hayward

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

En el deporte profesional siempre hay estrellas ensombrecidas por la espesa frondosidad de compañeros aún más dotados para guiar un equipo hasta la tierra prometida. En este caso, baloncestistas superlativos sin los que el mariscal apenas podría ganar tantas batallas y mucho menos guerras enteras. Resulta imposible entender los dos últimos títulos de Miami sin James, por supuesto, pero tampoco parece sencillo intuirlos al margen del imprescindible Dwayne Wade. O no cabe asumir el único anillo de Cleveland si al rey LeBron no le hubiera acompañado Kyrie Irving en sus sucesivas cruzadas. Este hombre de sobrenatural manejo de balón, un tipo discreto fuera de la pista que hipnotiza con sus malabarismos dentro de ella, decidió abandonar en verano el manto enorme del monarca absoluto. Y protagonizó el traspaso de mayores decibelios, el que le condujo a Boston a cambio de que el diminuto y carismático Isaiah Thomas recalase en los Cavaliers.

Con ese movimiento de Ohio a Massachusetts, Irving cobraba el rango de primer piloto en una escudería imponente (Celtics) y sustituía un ‘big three’ (el que formaba él mismo con James y el ‘presunto’ Kevin Love) por otro junto al horriblemente lesionado Gordon Hayward y el sólido ‘cuatro’ Al Horford. Pero de pronto, sin haberse cumplidos seis minutos de la temporada, la pierna del alero traído desde Utah viró a un lado mientras su pie, desobediente y rebelde, giraba al lado contrario. Aun así peleó Boston el duelo inaugural en Cleveland, perdió el siguiente y aquel boceto de depresión lo truncaron para bien cinco victorias consecutivas. De tal modo que ahora lidera la NBA con el sorprendente Orlando y la admirable terquedad de Memphis, un equipo hecho a la imagen y semejanza de su profeta Marc Gasol.

Los Celtics reúnen unas cuantas virtudes que lo reconcilian con su identidad de siempre, basada en la defensa, el orgullo… y el baloncesto. Solicitado el permiso a otros bases absolutamente virtuosos con la pelota (Stephen Curry, John Wall, Damian Lillard, Chris Paul, Kemba Walker…), Irving es muy probablemente el mayor malabarista que existe manejando una esfera. Dan ganas de anunciarlo como los jefes de pista antes de empezar la sesión de circo. Pasen y vean, hipnotícense con las condiciones formidables de un prestidigitador. Un tipo que enseña la bola, la esconde, deja clavado al rival con la velocidad de un solo bote, regatea y quiebra, la lanza a tabla con la sutileza de un camarero experto o encuentra al compañero apostado bajo el aro o en la esquina. Un director de juego que colma los sentidos y aparenta más asistencias de las que reparte, un tipo además letal por sí mismo. Sus juegos de manos y amagos mágicos podrían entroncarlo únicamente con los fuegos de artificio, pero no olvidemos que anotó el tiro definitivo que en el séptimo encuentro de la final de 2016 impidió tres campeonatos encadenados de los Warriors. Irving contenta al aficionado ‘pata negra’ y enloquece a quienes, tras verlo por primera vez, se adhieren a la causa del baloncesto.

Después de disputar tres series definitivas en pos del anillo (un título y dos derrotas), Irving llega a Boston para encabezar el sólido proyecto que maneja desde el banquillo su joven y excelente técnico (Brad Stevens), un entrenador que nada más conocerse el gravísimo percance de Hayward pronunció el verbo ‘reinventar’. Y a fe que lo está logrando, como lo demuestran los números para contener rivales, su fidelidad al gen competitivo de la franquicia y la puesta de largo de un debutante con presente y lo que se adivina como un espléndido porvenir. Se trata del alero Jayson Tatum, un ejemplo de finura y elegancia que se está responsabilizando de tapar –en la medida de lo posible– el cráter que deja, presumiblemente para toda la campaña, la estrella lesionada en el puesto de ‘tres’. El dúo Irving-Horford, la ‘juvenil’ pareja Tatum-Jaylen Brown, el virtuosismo del director suplente Terry Rozier (en la línea del líder), el fenomenal defensor de perímetro Marcus Smart y la dureza interior de los ‘obreros’ Aron Baynes y Daniel Theis componen la última versión de un club al que siempre se mira con el respeto que infunden las leyendas.

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