Dos trovadores en Bilbao

El zurdo Coppel maravillando en el Shake!./CARLOS Gª AZPIAZU
El zurdo Coppel maravillando en el Shake!. / CARLOS Gª AZPIAZU

Los cantautores roqueros Coppel y Gatoperro, amantes de la noche, actuaron dos días seguidos en Bilbao: en el Shake! y en el Café Arlanza, con Coppel imponiendo su magisterio

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Al cantautor rock getxotarra emigrado a Madrid Íñigo Coppel cuatro veces le hemos visto este año 2017 que languidece. A quien más veces hemos visto este año (por ejemplo, sólo tres han sido a Loquillo y tres a M-Clan), y es que somos fans suyos, igual que el televisivo Iñaki López, «el rockabilly de la tele», como le llama Pato. Nos gusta tanto Coppel que dos días seguidos le hemos catado esta semana, pues ha regresado a casa por Navidad y se ha traído a un colega, a Gatoperro, con el que ha dado un par de bolos conjuntos: el miércoles en el céntrico pub Shake! (atendido por uno de los socios de la Fever, DJ Adrian, un local este Shake! con la barra desnuda, el puesto del pinchadiscos en la esquina del fondo, y un pequeño escenario junto a los baños) y el jueves en el Café Arlanza del barrio con cuestas de Uribarri (atendido por Marco, exbaterista de los Bilbobillies, un bar con una barra provista de pinchos barrieros –degustamos unas gruesas gildas con pepinillo a 60 céntimos cada una-, los músicos actuando a ras de suelo –pero con un par de pantallas de televisión que retransmitían el acto desde lo alto- y la puerta de los baños a sus espaldas, con lo cual los parroquianos debían sortearles en su ir y venir).

El del Shake! fue un bolo de abono (cinco euritos) y el respetable (¿unas 40 personas?) lo atendió en silencio sepulcral, y el del Arlanza de entrada libre, donde el público habló bastante, sobre todo al principio, y había más chicas, un niño chillón, jubilados, aficionados y demás paisanaje transversal e inusual en un trasiego que renovó los espectadores constantemente y seguro que más personas presenciaron el show. El cerebral Coppel (40 años, de Algorta y vecino de Madrid) ofreció repertorios distintos en ambas citas (de hecho solo repitió dos temas: ‘Luces de Atocha’ y ‘Recuerda el viento’), y ofició por encima de su socio, el vísceral Gatoperro (38 años, de Valladolid, vagabundo sobre todo residente en Málaga, «una ciudad que le gusta a Coppel, pero yo la odio, está llena de mojigatos…».

Ambos son roqueros cantautores habitantes del circuito de bares y tienen el callo suficiente como para variar las letras sobre la marcha y referirse a los dueños de los garitos, al público en general o a espectadores en particular (al que suscribe Gatoperro le coló en tres canciones, la primera la que presento con el título ‘Yo soy más de beber que de follar’). Ambos son muy dylanianos, a veces por la lírica y la entonación, y otras por soplar la armónica a la vez que soplan la armónica. Los dos sets bilbaínos los abrió a solas Coppel, que luego acompañó en dúo a Gatoperro y por la parte postrera fueron variando el formato con varios invitados: en el Shake! al final no participó el presente Daniel Merino y en el Arlanza por el epílogo cantaron James Hustler (dos de Burning) y el dueño del bar, Marco (se marcó varias piezas sabinianas y además cerró la noche con el ‘Echo de menos’ de Kiko Veneno).

Coppel respaldando al visceral Gatoperro en el Shake!.
Coppel respaldando al visceral Gatoperro en el Shake!. / CARLOS Gª AZPIAZU

El miércoles en el Shake! sonaron 16 temas en 90 minutos. Los cinco primeros del zurdo Coppel, a quien se le notó muy suelto, explicó con gracias algunas canciones autobiográficas, y maravilló una vez más desde su introducción vivaz ‘Salvaje’, en la que habla a su guitarra. El getxotarra expuso composiciones de rock culto en las que salen Lope de Vega o Picasso (‘Hay gente muy buena ahí fuera’) y en ‘Serenata para C’ amalgamó al Dylan lento, el Elliott Muphy lírico y el Bruce abstraído. Quizá la cima la alcanzó en ‘Blues hablado sobre el mayor fan de Bob Dylan del mundo’: magistral, divertido, storyteller que dirían los americanos, o sea cuentista, y sin usar atril. Y cerró su prólogo con el blues hookeriano ‘Anoche hablé con Jesús’ (nos reímos en su introducción: le echó de casa su novia, le echaron de la discográfica y vagando por Lavapies se cruzó con él en un bar).

Después Coppel escoltó a la guitarra a Gatoperro, que cantó a lo Leiva aletargado ‘El tigre albino’, pasó del Coque compungido a las inflexiones del Bunbury fronterizo en ‘Hombre desconocido’, y rendido otra vez a Leiva pareció en ‘Cowboys’ (la de ahí te quedas Madrid…). Tras decir por lo bajini a Coppel «me estoy aburriendo como un perro» (lo oímos los tres de la primera fila: el totógrafo Azpiazu, el que suscribe y Óscar Esteban), alcanzó su cima otra vez en plan Leiva con ‘Buenos viejos tiempos’. Ya la cita del Shake! hasta el final menguó un tanto y ruló desordenada, con Coppel poniendo a solas los picos (la novísima composición dedicada al boxeador Poli Díaz ‘En el último asalto’ y la emocionante ‘Luces de Atocha’), y ya en dúo sonando a veces muy hosteleros (‘One Scoth, One Bourbon, One Beer’) y divirtiendo ocasionalmente (a lo Daniel Higiénico según Azpiazu en ‘La tormenta tropical’ o en el ragtime ‘La balada de Edu El Rata’).

Y el jueves en el Café Arlanza en 139 minutos (dos horas y cuarto) sonaron unos 23 temas (difícil precisar debido al popurrí sabiniano final, a un ‘Johnny B. Goode’ incrustado en otra epopeya de Coppel, un tema que empezó Gatoperro y paró al poco…). El sonido y el volumen no fueron tan buenos como en el Shake! pero resultaron suficientes, los espectadores charlatanes más molestos del principio o hicieron mutis o se les acabó la inspiración, y la cita se prolongó hasta la dilatación pero sin que menguara demasiado. La abrió el maestro Coppel con seis piezas en media hora: abrió con la última del Shake!, cantando al piano (sí, había un piano en la pared y se lo cantó a él) el emotivo y americano ‘Recuerda el viento’, e informó que su canción favorita de los niños y los anarquistas es ‘Íñigo Coppel viaja al siglo XVII y se une a los piratas de Libertalia’, que sonó al Bruce deudor de Woody Guthrie. Se arrimó al tango en los ripios de ‘Laura y las desventuras del joven Coppel’, una historia que le sucedió a los 13 años en la discoteca Gwendolyne de Algorta, y quizá la cima la holló con la canción que le pedí yo, el tango descomunal ‘Éramos tan jóvenes’ (ella tenía 20 y él 37, y se sentía como George Clooney en el bar de la uni). Tras la ovación repitió ‘Luces de Atocha’ y cerró el aperitivo con ‘Canción protesta contra los cantautores que odian a Paul McCartney’, que sonó a vals dylaniano.

Coppel y Gatoperro duplicados en las pantallas del Café Arlanza.
Coppel y Gatoperro duplicados en las pantallas del Café Arlanza. / CARLOS Gª AZPIAZU

Luego invitó a escena Gatoperro: ‘El tigre albino’ fue su cénit y esta vez por su fragilidad quebradiza y emotiva evocó más a Coque Malla que a Leiva («sois muy entusiastas para mi gusto», replicó ante la ovación sincera de la gente), y siguió más crepuscular con ‘Hombre desconocido’. Gatoperro, que por lo visto es mejor en disco (Coppel no es capaz de superarse en vivo), fue apagándose un tanto con rollo blusero de garito, rancheras derrotadas y funk calamariano con ripios y cacho reggaeton (‘Tormenta tropical’).

Pero ahí estaba Coppel para remontar la cita y lo consiguió la muy Mark Twain ‘Íñigo Coppel viaja a la Edad Media (y el rock and roll salva su vida)’, y hasta el final se mantuvo el interés en el bar porque no sabíamos que pasaría: las dos versiones de Burning con James Hustler (‘Es decisión’ y ‘Balada para una viuda’; James y Coppel se conocen desde los 10 años, creen que Burning es el mejor grupo de la historia del rock español y a los 15 años les vieron en vivo en Bilbao y luego se fueron de bares con ellos sus ídolos), Coppel con el cuento moral ‘Balal, Abdollah y Maryam’ (que resonó al australiano Paul Kelly), y Gatoperro, devorado por Bilbao.

Acabaron los dos con sendas canciones que escribieron cada uno por su cuenta en el mismo verano y sobre la muerte: mucho mejor Coppel con ‘Si algún día yo muero, Dios no lo quiera’, sentida y doliente, y algo ranchera ‘El fulgor’ de Gatoperro. Y el final definitivo, la coda de la velada, la protagonizó Marco, el dueño del bar, en popurrí sabiniano (cantando bajito pero muy bien ‘Eva tomando el sol’, ‘Mentiras piadosas’, ‘Caballo de cartón’), y además él cerró la cita con el ‘Echo de menos’ de Kiko Veneno, aunque antes coló Coppel ‘Un chico llamado Flor’, su versión de ‘A Boy Named Sue’, canción popularizada por Johnny Cash y escrita por Shel Silverstein. Jo, ya podría Coppel prodigarse por los bares de mi barrio, en vez de por Madrid (mañana sábado 30 de diciembre está en el Bar la Estación de Neguri, a las 19 horas, con entrada libre).

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