El Correo
El vertiginoso modelo que lució Mónica Belluci en Zinemaldia en 2012.
El vertiginoso modelo que lució Mónica Belluci en Zinemaldia en 2012. / Arizmendi

Abolir el tacón de aguja

  • La limitación de la movilidad, disfrazada de modelo de belleza, históricamente ha sido una eficaz herramienta para controlar a las mujeres

La ley antitabaco de 2006 nos pareció ciencia ficción. Era impensable que se dejara de fumar en lugares públicos, en el trabajo, en bares y discotecas. Hoy no se cuestiona: es un asunto de salud pública. Imaginemos que, por el mismo motivo, se tomaran medidas similares con los zapatos de tacón de aguja, incluida una pegatina en la tapa de la caja con el mensaje «Usar estos zapatos perjudica seriamente la salud».

¿Es un disparate? Quizá. Pero, al igual que esa ley ha hecho descender el consumo del tabaco a niveles inimaginables, ¿no podría ser la solución para que las mujeres dejaran de usar taconazos? Si no pudieran ir con tacones al trabajo, a un restaurante o a una boda (donde, por cierto, acaban bailando descalzas), su uso quedaría muy restringido. Y este sería precisamente el objetivo, porque caminar con tacones altos y estrechos produce incomodidad y sufrimiento y, además, atenta contra la salud integral de las mujeres en un doble sentido.

El primero, el daño físico. Andar con estos artilugios compromete el equilibrio y obliga a realizar movimientos inadecuados de reequilibrio que afectan al buen funcionamiento de la cadena cinética humana y provoca frecuentes lesiones.

Durante años, en mi guerra contra los tacones, lo he explicado muchas veces, pero nunca he escrito ni visto una relación pormenorizada de sus efectos negativos para la salud. De manera que le pedí a la fisioterapeuta Nagore Gracia que me hiciera un listado de las lesiones más comunes producidas por el uso habitual de este tipo de calzado, lo que resumo a continuación: esguince de tobillo, contracturas musculares en la espalda, descentraje y desgaste articular en tobillo, rodilla y cadera, artrosis de rodilla y columna, dolor en la base de los dedos del pie (metatarsalgia), tendinitis del Aquíleo, fascitis plantar, espolones calcáneos y juanetes (hallux valgus).

Además, obliga a mantener posturas incorrectas que provocan cambios estructurales en el esquema corporal y, como consecuencia, acortamiento de músculos de la pierna (gemelos, sóleo y cuádriceps), postura inadecuada de la pelvis (anteversión) y sobre estiramiento de los músculos posteriores del muslo (isquiotibiales), patologías en la columna vertebral: lumbalgias, hiperlordosis lumbar y cervical, cifosis dorsal compensatoria o chepa (para evitar caerse hacia delante), pérdida de tono muscular de los abdominales, tendinitis de los adductores del muslo y osteopatía de pubis.

En segundo lugar, llevar zapatos de tacón de aguja reduce la calidad de vida. Al dificultar el movimiento en la vida cotidiana, disminuye la seguridad y te hace más vulnerable ante posibles situaciones comprometidas. Llevar tacones impide hacer algo tan saludable como dar una caminata para ir de casa al trabajo, y dificulta bajar escaleras, coger un medio de trasporte, cargar con un peso, intervenir para ayudar a otra persona o jugar con una criatura en el parque.

La limitación de la movilidad, disfrazada de modelo de belleza, históricamente ha sido una eficaz herramienta para controlar a las mujeres a través del control de su cuerpo. Estas malas prácticas siguen vigentes en nuestro entorno cultural, donde las mujeres adoptan hábitos insalubres. En mi opinión, el más preocupante por ser el más extendido es el zapato de tacón de aguja, un artilugio que puede parecer insignificante y que, sin embargo, detenta el poder de limitar la libertad de movimiento que es un aspecto fundamental de la libertad.

De hecho, en el proceso actual de retroceso de los derechos de las mujeres en todos los ámbitos sociales, adquiere especial gravedad el recrudecimiento del sexismo, en cuyo contexto el zapato de tacón de aguja ha alcanzado la categoría de fetiche de la feminidad. Zapatos con tacones cada vez más altos, a los que, cuando el pie no puede empinarse más, se les añaden unas plataformas. Un ejemplo del resultado de calzar semejantes coturnos lo pudimos contemplar en el patético espectáculo que ofrecieron las actrices en la gala de los premios Goya, todas tan glamurosas, pero incapaces de bajar una escalera sin la ayuda de un brazo de varón.

Esta tendencia tan sexista es evidente en los medios de comunicación, que no conciben una mujer con zapato plano. En TV hay situaciones que producen vergüenza, por ejemplo, ver a grandes periodistas que cuando conducen los programas más serios, transmiten la información de pie, con falda corta y altísimos tacones, mientras la cámara se recrea en ciertos planos; o cuando tenemos la atención en el mapa del tiempo, la cámara se aleja y hace un paseíllo para mostrar a la meteoróloga de cuerpo entero, despistando la atención de la climatología. En estas actitudes perdura la sensación de que lo formulado por una mujer queda eclipsado por la imagen que proyecta su cuerpo.

En todo ello radica mi empeño en abolir, en el sentido de dejar sin vigencia una costumbre, este tipo de calzado. Para lograrlo hay que desmontar la creencia generalizada de que una mujer elegante debe llevar tacón de aguja. Quizá, el primer paso sea desterrar expresiones como «ese vestido sienta mejor con unos buenos tacones» o «para presumir hay que sufrir».