El Correo

Magia entre penumbras

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Robert Smith, vocalista de The Cure. / Jordi Alemany

  • The Cure mantuvieron su aura en el BEC combinando con solvencia su lado oscuro y su alma pop

Mucho han cambiado las cosas desde aquel primer concierto bilbaíno que The Cure ofrecieron en el '87 en la Casilla. Tanto para sus seguidores, que han madurado con ellos y ya no van de luto siniestro por la vida, como para el grupo entregado a oficiar masivas ceremonias de autotributo a un Robert Smith que casi ha convertido a The Cure en su alter ego.

«Nunca podrá ser lo mismo», canta en uno de dos exiguos nuevos su único miembro permanente. Pero lo cierto es que, tras cuatro décadas de irregular y ciclotímica trayectoria, la banda británica mantiene un gancho trasversal que, sin embargo, anoche apenas llego a cubrir tres cuartos de Bizkaia Arena, por el precio de las entradas (50 € la mas barata) su aún reciente paso por el BBK Live (2012) y la coincidencia con la cita europea de Athletic. Lo que parece superar el devenir de los tiempos es la solvencia con la que antes cerca de 8.000 almas recreó la fundacional banda de siniestrismo británico ese brumoso universo propio que han moldeado combinando el tono lúgubre y melancólico de sus inicios filogóticos y el talento de Smith para el grandes canciones de pop, más allá de neuras anímicas y etiquetas.

Una identidad convertida en una suerte de afterpunk para grandes auditorios que en directo recrean con solidez, entrega y sonido impecable. El escepticismo que pudiera despertar una banda entregada a hacer caja en directo después de ocho años sin grabar (y muchos más sin entregar un disco estimable) se desvaneció anoche en el BEC barakaldés a las primeras de cambio. Tan pronto como, entre el humo del escenario, se atisbaron las figuras icónicas del Robert Smith del pelo alborotado y del veterano Simon Gallup, cuyo bajo en las rodillas, vaqueros y camisa sin magas evocaba la etapa más gloriosa del quinteto.

Sin la artificiosidad de otros clásicos de largo recorrido, sobre una escenografía audiovisual sobria pero resultona, The Cure se reencontraron con su público no festivalero y e iniciaron una convincente reivindicación de su propio legado a partir de un repertorio que cambia cada noche y filtra sorpresas para sus fieles (unas cuantas en BEC) manteniendo firmes algunas piedras angulares de su trayectoria

Un climático díptico formado 'Plainsong' y 'Pictures of you', los dos temas de apertura del álbum con el que se masificaron a finales de los 80 combinado tristura y querencia pop ('Disintegration', 1989) sirvió ayer su inesperado arranque de una celebración nocturna en la que la magia atemporal del pop sentimental acabó imponiéndose sobre una penumbra que también tiene su punto. Hubo momentos en que la banda se enfangó un tanto. Pero es lo que tiene cambiar cada noche el repertorio con el ánimo de contentar, en conciertos de tres horas, tanto al fan irredento conocedor de la cuota de rarezas del menú, como al público que acude a rememorar éxitos que la banda británica reserva para el final.

Entre colchones planeadores, las enfáticas líneas de uno o dos bajos y guitarras cristalinas, las sorpresas continuaron con 'Closedown' o 'The baby Screams'. Secuenciadas entre piezas habituales 'A Night Like This', la aflamencada y moruna 'The Blood' (que a lo mejor por eso solo tocan en España), 'Push', 'In between days' y 'Love song' que ligaron con intensa pulsión gótica.

En contraste con las tonalidades lúgubres, atmosféricas y emocionales ('Charlotte Sometimes', 'From the Edge of the Deep Green Dea'), 'If Only Tonight We Could Sleep' y 'Just Like heaven' levantaron por vez primera vez al personal sentado antes de dos inesperadas y brillantes recreaciones de 'Jupiter Crash', de su infravalorada etapa noventera ('Wild Mood Swings', 1996) y 'Prayers for rain' del muy revisado en Bilbao 'Disintegration', cuyo tema homónimo marcó su primer abandono del escenario.

A partir de ahí despegó las segunda mitad del recital con tres largos bises encadenados. Del primero destacó la ondulante 'M', sorpresiva reivindicación de su enigmático álbum '17 segundos' que encadenaron con otro favorito de sus directos: la climática 'A Forest', que culminaron en un coreado crescendo eléctrico que continuo en el segundo 'encore' con 'Burn', 'Fascination Street', la prescindible 'Never Enough' y 'Worrmg number' con la que casi rockearon en posmoderna vena indie

La andanada final de propinas fue la esperada sucesión de hits que levantaron a todo el personal y desataron el disfrute coral. Hasta el apocado Smith amagó un baile en la pesadilla arácnida de 'Lullaby' que ligaron con la techno popera 'Hot Hot Hot' y el funk el funk pálido y ochentero de 'The Walk'. 'Friday I'm in Love' recordó el talento de Smith para las canciones de amor antes de la popular triada pop formada 'Boys Don't Cry', 'Close to me' y 'Why Can’t I Be You', que sirve para poner el broche a los conciertos de una gira que podría ser la ultima

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