«El Gobierno de Maduro cuida de mí y yo soy agradecida»

El chavismo incondicional tiene su reducto más combativo en el cordón de miseria que rodea Caracas

Carmen posa junto a una foto de su querido Chávez. /Jon G. Aramburu
Carmen posa junto a una foto de su querido Chávez. / Jon G. Aramburu
JON G. ARAMBURU CARACAS

La autopista Francisco Fajardo recorre Caracas de este a oeste, una atalaya privilegiada desde donde ver realidades opuestas que a menudo se solapan. Uno emplea apenas media hora en recorrer la distancia que separa el centro financiero, el deslumbrante Melia o las oficinas del Gobierno, del pretencioso 'Aladin', un picadero de cúpulas bulbosas, y las barriadas de chabolas que aquí llaman cerros y que conforman el cordón de miseria que envuelve la capital de Venezuela. EL CORREO ha tratado también de pulsar esta realidad, la que anida en las laderas más desfavorecidas, auténtico granero del chavismo recalcitrante, donde la delincuencia y el narcotráfico campan a sus anchas bajo un paisaje de casas de cinc y cemento agrietado, los coches despojados de sus ruedas se pudren a la intemperie y cada muro devuelve la mirada mesiánica de Chávez y Maduro.

Petare, el barrio más grande de Caracas, muere al pie del cerro José Félix Ribas, al que se accede por cuestas imposibles entre postes de luz donde la maraña de cables ha terminado casi por ocultar el cielo. No encontrarán este lugar en ninguna guía turística, ni a nadie que le quiera bien que le aconseje llegarse hasta allí. Los carajitos -como llaman en este país a los niños- juegan en las aceras a béisbol a la vista de adolescentes patibularios de mirada desafiante, que radiografían a los intrusos en busca de móviles, cámaras fotográficas, relojes, efectivo o la alianza. Todo vale para procurarse un tiro de perico -«15 dólares el gramo, tremenda noche, mi pana»-; o un desahogo en cualquiera de los burdeles que recorren ese eje que forman Plaza Venezuela-Sabana Grande-Chacaíto, a 3.000 bolívares el asalto. Un dólar.

Aquí vive Carmen Mijares, una peluquera de 62 años a la que la vida ha bendecido con el conformismo de los mansos y poco más. Le acompaña su cuñado, Enrique, que no dirá una palabra durante las dos horas largas que pasamos en su casa, entre cuadros de la Última Cena y fotografías de Hugo Chávez, «el hombre que más ha amado a Venezuela», precisa la mujer. «Casada ni Dios lo quiera», aunque con un hijo que le ha dado ya dos nietos. En el cuarto de la entrada se amontonan secadores, planchas y bigudíes. «A las mujeres que tienen el pelo enroscadito, chichito, yo las pongo más bellas de lo que son. De mi casa salen como japonesas», dice con una carcajada mientras busca un cigarrillo. Por su 'salón de beauté' pasan menos de diez clientas por semana, lo que supone unos 30.000 bolívares al mes (10 dólares), casi el doble del salario mínimo que también cobra en concepto de pensión y la mitad que una carrera en taxi hasta el centro. «Hay que ser solidaria, me da cosa pedirles más», dice.

Arriba, una vista del cerro José Félix Ribas, una de las favelas más grandes de América Latina. A la izquierda, Enrique, cuñado. A la derecha, un vecino. / Jon G. Aramburu

Carmen llegó al José Félix Ribas hace más de medio siglo y el decorado entonces no difería mucho del actual. Aquí viven hacinadas 80.000 personas. «Los cerros ya existían antes de que llegara Chávez», recuerda con malicia cuando se le pregunta por las penurias económicas que pasan los venezolanos. Y no le falta razón, si bien veinte años de promesas no sólo no han mitigado la pobreza sino que han disparado la corrupción y el crimen. Cuando se le pregunta cómo sale adelante, la mujer habla de la bolsa clap -una veintena de artículos importados que son el gran sostén de las familias- y el carné patriótico, que garantiza bonos -dinero en efectivo- en fechas señaladas como la Navidad, la Semana Santa o los carnavales. Una ayuda que compra voluntades a lo largo y ancho del país. «El Gobierno de Maduro cuida de mí y yo soy agradecida», dice sin empacho.

A Carmen, chavista desde 1992, cuando Hugo Chávez acabó en la cárcel antes de saltar a la palestra política convertido en un héroe, se le humedecen los ojos cada vez que habla del comandante. Por Chávez, del que alaba su carisma, siente «un amor sin fisuras» y confiesa que le prefiere a Maduro, «al que no han dejado gobernar bien». ¿Pero quién? «La oposición, los empresarios, -dice- y también gente de su propio partido, chamos de su confianza que le ha traicionado». Desde que Maduro está al mando, Carmen reconoce que «las cosas no van bien». Pero no cree que la solución pase por una elecciones libres, «ni Estados Unidos ni Europa ni ustedes los españoles son quien para meter las narices en Venezuela -dispara de corrido-. ¿Por qué no se van a ayudar a Haití o a Ruanda? Yo le diré por qué, porque allí no hay petróleo ni metales. Todo el mundo mira por su bolsillo».

«El dueño del mundo»

El discurso de Carmen rezuma la fe de los conversos. Corrupción, desabastecimiento, hundimiento económico... son todos consecuencia de la política de acoso y derribo del capitalismo. El suyo es un tren que avanza en línea recta, sin distracciones. Sólo hay una plaga de la que no culpa al presidente Juan Guaidó o a Donald Trump, «ese coño de su madre que se cree el dueño del mundo, y eso sólo lo es Dios». «La inseguridad aquí es horrible y la Policía no hace mucho por atajarla», concede. «Los culpables somos los propios venezolanos, todos. El problema empieza por la casa de cada uno. Si tengo un familir que ha sido preso, hago todo lo posible por sacarle, sea o no culpable. Lo mismo vendo el televisor que el techo que me protege y como 'el sistema' es corrupto, me acepta la plata», brama sin encontrar contradicción alguna en lo que dice.

Carmen se dispone a cocinar.
Carmen se dispone a cocinar. / Jon G. Aramburu

Carmen está convencida de que Venezuela va a salir adelante, «con la ayuda de Dios, no de la Iglesia», puntualiza. Lo dice mientras enciende el fuego de la cocina para preparar unos macarrones viudos. Admite que «hay gente en el poder que está chupando, pero los que vienen sólo quieren ocupar su sitio», se enculebra. Mientras se afana con la comida, el sol entre a chorros por el patio donde cuelga la ropa. «El barrio ya no es el de antes, ya no están todos con Maduro -suspira-. El presidente estuvo aquí y prometió seguir con el legado de Chávez, pero las cosas están complicadas. Y este país no debería pasar por lo que está pasando», se desgañita.

Su queja se suma a muchas otras que salpican el día a día del vecindario, siempre sometido a la tiranía de los cortes de abastecimiento. «Pueden pasar ocho días sin que tengamos agua los de esta acera, pero los de enfrente no tienen problema», se cruza de brazos como un niño enfurruñado. «¿Y el gas, Carmen?». «Está desastroso, mi chamo. No vino la semana pasada y tampoco esta», explica mientras mira la bombilla encendida que preside el cuarto, como temiendo que se vaya a fundir en cualquier momento. En ese momento entran Marina y su hijo Usiel, «a muerte con el Magallanes de béisbol», recita su madre, harta y orgullosa a partes iguales. El barrio se empieza a animar y los 'colectivos', como se conoce aquí a las bandas motorizadas que asaltan y desvalijan con la aquiescencia de la Policía, empiezan a salir de sus agujeros con hambre atrasada. Campana y se acabó.