Asalto al tren de Glasgow

Un 8 de agosto de 1963 quince hombres encapuchados robaron 120 sacas de un convoy de correos repletas de 2,6 millones de libras. El Monopoly les perdió

Un tren de los ferrocarriles británicos similar al asaltado cubre la ruta del día siguiente del robo./
Un tren de los ferrocarriles británicos similar al asaltado cubre la ruta del día siguiente del robo.
MIKEL ITURRALDE

El reciente fallecimiento en Mojácar (Almería) de Gordon Goody, uno de los asaltantes del tren de Glasgow, en Reino Unido, vuelve a poner de actualidad el atraco más espectacular del siglo XX. En la madrugada del 8 de agosto de 1963, una banda de diecisiete delincuentes (quince ladrones cuidadosamente seleccionados por sus habilidades especiales, además de dos informadores) llevó a cabo un magistral golpe sobre la seguridad postal y ferroviaria británicas. No dejaron ni una sola huella. Scotland Yard se vio sorprendida por la perfección del robo, la exacta sincronización de movimientos de cada miembro de la banda y su audacia. Mereció todas las portadas de la Prensa mundial: el 'robo del siglo'.

El robo fue de una precisión milimétrica. Comenzó con una cuidada preparación durante tres años antes en la mente de Bruce Reynolds. Encarcelado en la prisión de Durham, un recluso de la penitenciaría le habló de los transportes que se realizaban a bordo del convoy de Glasgow. Pocos hombres conocían el contenido del tren correo que periódicamente se trasladaba entre la ciudad escocesa de Glasgow y Londres. El 'Up Special' era uno de los cuatro convoyes secretos que la Dirección de Correos británica utilizaba para transportar, al abrigo de la oscuridad de la noche, la recaudación de todos los bancos del país hasta la capital inglesa. El confidente sabía que en el vehículo especial se llegaban a cargar hasta 126 sacos repletos de dinero.

El asalto parecía una misión imposible, pero iba tomando cuerpo en el privilegiado intelecto de Reynolds. Más aún cuando le contó su plan a un antiguo compañero de correrías, Ronnie Biggs, que de inmediato comenzó la selección de los socios para tan arriesgada empresa. Biggs y Reynolds se habían reencontrado en Londres. Tras haber pasado en prisión algún tiempo por delitos menores, Biggs parecía haberse reinsentado. Vivía en Surrey, donde había montado una carpintería, se había casado y esperaba su primer hijo. De hecho, se había trasladado a la capital para informar a su padre de que iba a ser abuelo. Pero se topó con Reynolds. Ambos habían compartido presidio en la cárcel de Woormwood Scrubb, donde se habían conocido y trabado cierta camaradería.

El plan de Reynolds parecía perfecto sobre el papel y no ofrecía dudas. Ya había conseguido reclutar a tres compinches: Buster Edwards, Jim White y Roger Cordrey. Pero necesitaba las dotes de mando y los contactos de Biggs para poder llevarlo a la práctica. Le ofreció dirigir las operaciones y Biggs aceptó. Tras buscar al resto del personal necesario para ejecutar el elaborado plan, que excluía el más mínimo uso de la violencia, se localizó una base de operaciones. El encargo recayó en John Weather, quien llevó todas las tareas de intendencia dado su aspecto agradable y diplomático (trabajaba en una escuela pública). Todo el equipo se instaló en la granja Leatherslade, cercana al lugar fijado en el proyecto de Reynolds, que ya había decidio dar el golpe la noche del jueves 8 de agosto.

El día 5 los bancos cerraban ejercicio y vaciaban sus cajas fuertes. El tren de Glasgow a Londres debería ir atiborrado del dinero en efectivo que se iría cargando a lo largo del recorrido. La banda recibió el soplo decisivo: el convoy salía de Escocia con más de cien sacas de dinero en su interior. Este tipo de trenes realizaba todo el recorrido con una puntualidad excepcional. La precisión de los ferrocariles británicos fue su perdición.

El personal clasificaba el correo y los paquetes antes de su llegada a la capital británica. El segundo vehículo de la parte delantera era un coche de paquetes de alto valor, ya que contenía los envíos certificados. Gran parte, dinero en efectivo. Por lo general, el importe total aproximado de estos paquetes habría estado en torno a los 350.000 euros, pero, debido a que había sido un fin de semana de fiesta nacional en Escocia, el total del dinero que transportaba ese día ascendía a 2,6 millones (alrededor de 35 millones de euros en la actualidad).

A las 00.15 horas del jueves, un grupo compuesto por quince hombres, todos ellos vestidos de soldados (la zona elegida para el golpe se encontraba cerca del aeródromo militar de Haughton y los lugareños estaban acostumbrados a la presencia de militares), partió de Leatherslade en dos furgonetas y un camión. A la 01.15 horas se encontraban ya en la zona elegida para la emboscada, sobre el puente Bridego, a unos 65 kilómetros de Londres. A las 03.15 horas, Roger Cordrey, apostado a algunos kilómetros del puente, cerca del semáforo de cierre de la vía, informó al equipo de la llegada del convoy. Acto seguido, tapó la luz verde y accionó la roja con una batería portátil. El tren frenó súbitamente para detenerse sobre la misma señal. Llegó el momento de la acción.

«Eres hombre muerto»

El plan seguía las pautas marcadas sobre el papel. El primer movimiento, crucial para el desarrollo del atraco, funcionó con precisión milimétrica. Aunque inusual -el convoy tenía prioridad en el tráfico, que a esas horas era mínimo-, la parada no había llamado la atención de nadie. Cuando el tren se detuvo, el ayudante del conductor, David Whitby, se bajó de la cabina y se dirigió al poste de señales para averiguar la razón de la alarma. Whitby fue al teléfono para comunicar el percance, el evidente retraso, a la siguiente estación. Los cables estaban cortados. Algo iba mal. Volvió rápidamente al tren para informar a su jefe cuando vio a un hombre agazapado entre dos coches. Antes de que pudiera dar la voz de alarma, le rodearon varias personas disfrazadas de soldados. «Si gritas, eres hombre muerto», le amenazó uno de los asaltantes.

Cada uno de los miembros de la banda se aplicó con celeridad a cumplir con el papel asignado. Tom Wisbey y Robert Welch saltarón sobre el ayudante y le ataron de pies y manos. Charles Wilson, por su parte, irrumpió en la locomotora. El maquinista -Jack Mills- ofreció resistencia y fue golpeado sin contemplaciones por los intrusos, que no tardaron en reducirle (Mills sufrió heridas graves en la cabeza y fue retirado con posterioridad del servicio). Buster Edwards y Roy James desenganchaban el vehículo de correos. El resto del personal ni siquiera se percató de lo que estaba ocurriendo. Diez minutos después, el quinteto obligaba al atemorizado y aturdido maquinista a conducir el tren hasta el puente Bridego. Allí les esperaba el camión, donde pensaban trasladar el botín, con el resto de la banda. «¡De rodillas y cierren los ojos!», dijeron a los guardias al tiempo que les inmovilizaban. En pocos minutos, se hicieron con 118 de las 126 sacas de dinero. Después desaparecieron con el botín en el interior de dos furgonetas y el vehículo pesado. Visto y no visto.

La operación se desarrolló en apenas quince minutos. Reynolds, Biggs y los otros protagonistas del atraco desaparecieron de inmediato del escenario del asalto. Antes de abandonar el lugar, la banda ordenó al personal de la oficina de correos que no avisara a la Policía hasta pasados 30 minutos. Los primeros agentes llegaron 45 minutos después. Scotland Yard lanzó una impresionante investigación policial, dirigida por la Brigada Móvil y detectives de alto rango de Buckinghamshire. El oficial al mando del operativo fue el inspector jefe Jack Slipper. Además, la Policía de Transporte británica tuvo un pequeño papel en la investigación, realizando investigaciones encaminadas a obtener listas de personal y posibles sospechosos.

El plazo que los ladrones habían dado a los ferroviarios para avisar a la Policía fue la primera pista que esta manejó para descubrir a los integrantes de la banda. Los investigadores trabajaban bajo la hipótesis de que el escondite elegido por los asaltantes debía de estar a 30 minutos en coche de la escena del robo. No se equivocaban.

El grupo de Biggs y Reynolds aguardaba en una vieja granja, mientras cientos de agentes buscaban alguna pista que condujera hasta ellos. La tensión en el interior del caserón se hacía insufrible. Los nervios estaban a flor de piel y sus moradores se sentían cada día más asustados. La Policía ofrecía una fuerte recompensa para quien los delatara (recibían 3.500 denuncias por día). La espera y la inacción parecían arriesgadas. Aunque muy improbable, alguien podía delatarles. El ruido que provocaban los aviones de la RAF que pasaban por la zona, en misiones rutinarias de entrenamiento, minaba la moral de los asaltantes, ya que pensaban que eran parte del operativo de búsqueda. A los pocos días, decidieron repartirse el botín, compuesto principalmente por billetes de 1 y 5 libras (Ronnie Biggs se llevó 147.000 libras, casi 2 millones de euros) y dejaron la casa inmediatamente, en lugar de permanecer en ella durante varias semanas, como habían planeado inicialmente.

Un residente cercano a la casona sospechó de las idas y venidas y pidió a la Policía que echara un vistazo. Un agente respondió al aviso y encontró grandes cantidades de alimentos y provisiones abandonadas. Había sacos de dormir y ropa de cama, tanto en las habitaciones como en la bodega. También envoltorios de billetes, las sacos de correos y paquetes certificados que habían sido robados durante el golpe.

La operación policial se centró en los enseres de la granja. Un tablero de Monopoly, con el que entretenían la espera los asaltantes, fue determinante para la detención de todos los miembros de la banda. Tenía huellas dactilares precisas que ayudaron a la Policía a conocer la identidad de la mayor parte de los asaltantes. Una vez identificados, la búsqueda dio sus frutos. Uno a uno todos fueron cayendo en la telaraña policial. Tan solo consiguieron huir con maestría sus líderes: Bruce Reynolds, que, tras someterse a una cirugía estética, consiguió escapar a México y Canadá, en donde permaneció durante cinco años; y Ronnie Biggs, que pasó 31 años siendo buscado por la Policía tras su fuga de prisión en 1965. Fue capturado en 2001, tras volver voluntariamente a Reino Unido.

Los otros responsables del asalto comparecieron meses después del asalto ante la Justicia, que les sentenció a condenas de cárcel entre los 18 y los 30 años. La acción de la banda, que adquirió tintes de leyenda, ha inspirado varias películas. Hay quien considera aún que fue el atraco perfecto. De aquel asalto millonario (valorado hoy en 47,5 millones de euros) tan solo se recuperó una mínima parte.

 

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