Faro de paseantes

La Torre Iberdrola custodia los paseos por los bulevares reinventados del nuevo Bilbao

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Los bulevares aparecieron en las ciudades para ocupar el espacio de las rondas defensivas que quedaban superadas por el crecimiento urbano. Como sucede con frecuencia, la solución encerraba un símbolo. En este caso, la sustitución de una necesidad imperiosa por una rutina displicente: los paseantes desocupados ocupando, con las manos en los bolsillos y una melodía ligera en los labios, el lugar de las patrullas que vigilan y mantienen el orden con un tumulto pesado acero y autoridad. En París, ciudad propensa a dar ejemplo, el cambio lo encarnó personalmente Georges Duroy, el personaje de Maupassant, que ascendió de soldado a urbanita especializado en bulevares, concretamente en pasearlos, realizando el nuevo ejercicio de caminar sin más intención que mirar y dejarse ver con la cabeza borboteando sueños y ambiciones.

En Bilbao, ciudad más bien a su manera, la transformación ha sido más original, tardía y moderada. El tumulto del acero ha durado hasta ayer mismo. Tenía más que ver con el trabajo que con la defensa y su ausencia no liberó el espacio en las afueras, sino en el corazón mismo de la ciudad, junto a la ría. Como hoy los tiempos son más favorables a la gimnasia que a la elegancia, los nuevos bulevares se llenaron de paseantes con ropa cómoda. En lugar de chisteras y complicados sombreros, llevan gafas de sol y auriculares. Aprovechan los días soleados para caminar y oxigenarse. Con más relajación, pero a buen ritmo, también ven y se dejan mirar, o viceversa, mientras piensan en sus cosas y le toman el pulso a la ciudad. El teléfono inteligente les felicita cuando superan los diez mil pasos.

Desde 2011, la torre Iberdrola funciona como un faro para esos paseantes. Además de por el lado icónico de la regeneración y todo lo demás, lo hace de un modo físico, ya que cualquier edificio lo suficientemente alto y característico sirve para clavar en el mapa cada perspectiva en la que se inmiscuye. Con 40 plantas y 165 metros de altura, el gigante de César Pelli lo hace en tantas que en Bilbao todavía estamos descubriéndolas. La de Abandoibarra es sin embargo muy conocida. Señala algo así como el camino de vuelta, que es por otra parte lo que suelen hacer los faros.

No tienen pérdida los bulevares reinventados del nuevo Bilbao. Para recorrerlos, basta con seguir la ría y permanecer atento a las señales, los estallidos, los brillos, los destellos. No debía de ser más fácil orientarse en Alejandría.

Alfredo Gómez - Asociación de acuarelistas vascos

Pintor bilbaíno, su formación como delineante, arquitecto técnico e ingeniero de edificación le lleva a profundizar en el dibujo técnico y la geometría descriptiva. Miembro de la Agrupación de Acuarelistas Vascos desde 2011, es el responsable de las exposiciones que organiza la agrupación. Ganador de diversos certámenes de acuarela, ha realizado exposiciones individuales y colectivas tanto en España como en Portugal, Italia o Colombia.