En el 'funi' al cielo de Bilbao

El funicular revoluciona en 1915 las costumbres y populariza la subida a Artxanda, una de las privilegiadas zonas de esparcimiento de la ciudad

Los dos coches construidos para el funicular durante las pruebas de funcionamiento en 1915. /
Los dos coches construidos para el funicular durante las pruebas de funcionamiento en 1915.
MIKEL ITURRALDE

Artxanda es uno de los pulmones naturales de Bilbao y sus campas son, al menos, desde finales de siglo XIX, uno de los lugares preferidos para el esparcimiento de los vecinos de la Villa. Cuando esa costumbre de tomar los baños aún no ha calado entre los bilbaínos, resulta casi natural la ascensión de los 300 metros escasos que separan la cumbre del suelo urbano y esparcirse en sus verdes praderas. La ascensión a la cumbre lleva una hora larga por los atajos vecinales de Artagan. No es, por tanto, ninguna locura que los patricios de la Villa estudien aprovechar la situación y beneficiarse de esta arraigada costumbre bochera. Al hilo de lo ocurrido en el Tibidabo (Barcelona, 1901) e Igeldo (San Sebastián,1912), consideran que un funicular es la solución ideal para explotar las condiciones naturales de aquellos parajes. Por su proximidad, orientación y demás circunstancias ventajosas, es el lugar lógico de aireación de los bilbaínos. Dicho y hecho. El 7 de octubre de 1915 queda abierto al público el nuevo servicio de transporte.

Seis minutos largos bastan para dejar Bilbao a los pies y contemplar, allá a lo lejos, la línea del mar. La inauguración de esta explotación hace posible el atajo. Lástima que el día amanezca gris y lluvioso, muy propio de octubre. "El menos a propósito, sin duda, para tan solemne acontecimiento local. Gabardinas y paraguas cubrieron el amplio guardarropa instalado para los invitados en los salones del nuevo y flamante casino. Y las mejores vistas panorámicas fueron las ofrecidas por unas hermosas fuentes de langosta y de pollos a la jardinera", recuerda no sin ironía la revista 'Vida Vasca' unos años después. Durante todo el día se hace incesante el desfile de gente, "ávida de subir a Artxanda en siete minutos, cuando antes se necesitaba una hora para escalar las cimas del mismo. El primer coche ascendió a las 12 horas y 20 minutos. Durante la tarde continuó el servicio en la misma forma, ofreciendo la meseta del monte animadísimo aspecto. El casino y el restaurant (sic) también se vieron muy visitados, elogiándose su disposición. Por la noche aparecieron la fachada e interior de los edificios citados luciendo profusa iluminación. Por lo sano y pintoresco que resulta Archanda (sic), con las facilidades para subir y comodidades de que está rodeado, está llamado a ser el punto de concurrencia de los bilbaínos, en los días festivos".

Si bien la mayor parte de los residentes festeja la llegada del nuevo artilugio -"se trata de la última palabra de la mecánica", asegura la empresa concesionaria-, también hay quien critica sin disimulo su puesta en servicio. Quizá el más ácido resulte el director del diario 'El Liberal' Teodosio Mendive, que con su característico humor chirene asegura que va a revolucionar los hábitos de Bilbao "acostumbrado a moverse en un perímetro de pista de circo", en clara alusión al pequeño Bocho. El periodista es muy popular porque lleva años comentando las andanzas de los bilbaínos en su sección 'La linterna mágica'. Desde su tribuna polemiza constantemente con algún colega local y, más de una vez, con varios al mismo tiempo. En su columna, Mendive reacciona cáustico ante el nuevo ingenio. "Ahora, al menos, hay más facilidades para ir a coger grillos. Antes era imposible por el tiempo que había de emplearse en ir al monte; pero ahora, aún los hombres de negocios más atareados, pueden disponer de un par de horas para ir a grillos. A algunos parecerá una obra demasiado importante para dedicarla sólo a estos bichejos. Pero no hay que pensar tan ligeramente".

La mordacidad de Mendive no queda reducida a tan exiguo párrafo. El admirado periodista de 'El Liberal' se ceba especialmente con los anuncios que la concesionaria del transporte publica en la Prensa bilbaína. "El espectáculo que se divisa desde la cumbre es maravilloso. Primero, como ya decimos, Bilbao rodeado de conventos, en el Bocho, sorprendiéndonos, pues lo primero que uno dice es: ¿Cómo, 'ahí' vivo yo, en ese hacinamiento de casas, en esa colmena de abejas de zánganos? Luego se ven otros montes, valles, llanuras, carreteras y hasta ¡el mar! Bueno, a esto del mar se le ha dado, por parte de la empresa, demasiado vuelo. Sí, es cierto que se ve el mar; pero es allá, a lo lejos, una cinta azulada como en un paisaje de Guimón, el arquitecto de Archanda. Yo creo que la empresa, en vez de decir como los caseros: Allí, señora, las vistas son magníficas; véalo usted... tiene vistas al mar, debiera hablar claro y decir: Bueno, señores, no vayan ustedes a creerse que desde el Casino se puede pescar con caña; con buena vista y buena intención se ve el mar; pero a percebe no se olerá hasta que no suban las 'fuerzas vivas del país'. Esto sería lo honrado. Es como sí anunciaran que allí da el sol los días que se deja ver. Mas, caigo en la cuenta de que hablo de Archanda como si fuese un lugar desconocido, como si el monte acabase de ponerse ahora. No hay necesidad de decir lo que se ve desde allí hoy; lo que se verá mañana, cuando las obras estén terminadas, el Casino funcione en todas sus partes, ya se verá".

El director del rotativo bilbaíno, que acaba en manos de Indalecio Prieto, primero, y Horacio Echevarrieta, después, sospecha que las obras que se conducen a la construcción del casino y el ingenio ferroviario van a traer cola para los habitantes de la capital vizcaína. "Lo que hará falta es que no hagan una especie de Patronato de Obreros. Hace falta un poco de alegría, un poco de buen humor ahora que no se ven más que tristezas por todas partes. Porque si no va a tener más aplicación que la de los grillos, para eso bien se iba a pie por Artagan. Hace falta que la gente -la 'gente bien', y la 'gente regular'- suban, y que haya sociabilidad y trato; libertad, fraternidad y música en sustitución de la 'legalite', que, total, todo es uno si bien se mira. No vale llevar al alto nuestras murrias y nuestras malas intenciones; los tigres que no salgan de la jaula. Y si el Casino resulta como esos de San Sebastián, Biarritz, Ostende y otros...se presentará un nuevo negocio colosal, haciendo otro funicular en otro monte, en el Monte de Piedad".

Idea de un guipuzcoano

Los bilbaínos de principios de siglo XX sienten la preocupación de acercar Bilbao a Artxanda. Los concurrentes a la cima usan un camino bastante bueno que sube por Uribarri; también es habitual que lo hagan por calzadas o caminos carreteriles jalonados por zarzales. Los aldeanos saben cómo andar sin tropiezos por estos andurriales y saltan de piedra en piedra; pero para la gente de Bilbao supone un auténtico calvario. No hay carreteras, como las que vemos hoy en día.

La iniciativa de construir un funicular en Artxanda y, de paso, montar un parque de atracciones es de un vecino de San sebastián, Evaristo San Martín y Larraz, quien se hace con la concesión de un pequeño ferrocarril de montaña. El 16 de agosto de 1913 el paisano donostiarra dirige al Ayuntamiento de Bilbao un escrito, acompañado de unos planos del arquitecto Pedro Guimón, en el que expone la idea de "construir en la cumbre del monte Archanda, el cielo de Bilbao, un gran parque que sirva de sana expansión y recreo para los habitantes de esta Villa, varias edificaciones y un funicular que, partiendo del muro del matadero público, en la calle Castaños, facilite el acceso a dichas instalaciones".

Los hermanos Evaristo y Rufino San Martín y los contratistas Luis y Pedro Areitoaurtena son los empresarios que encabezan el proyecto, que poco más tarde se constituyen en sociedad anónima, escriturada el 10 de junio de 1914 con un millón de pesetas de capital social (equivalente hoy a 280 millones de euros). La construcción no resulta una empresa fácil. Desde que el Consistorio concede los permisos en 1913, trascurren dos años hasta la apertura al público del nuevo transporte. Se hace necesario horadar túneles -el más complejo casi a pie de calle en Bilbao-, trincheras y levantar viaductos. A las dificultades técnicas, se añaden otras administrativas. De hecho el arquitecto mantiene un desencuentro con los técnicos municipales sobre la resistencia de la bóveda de la primera galería. En julio de 1914, el consistorio consigue colocar como ingeniero director a José Urcelay.

El estallido de la Gran Guerra (1914) retrasa también el proyecto, al menos un año y medio. Pero como reconocen los patrocinadores del plan, lo peor de todo fue el escaso entusiasmo de los bilbaínos que no veían en el artilugio avance alguno de provecho. "No caímos en gracia en Bilbao -reconoce Evaristo San Martín-, quizá por torpeza nuestra, y cada paso que hubimos de dar, por leve que fuera, se convirtió en una verdadera carrera de obstáculos". La tarjeta de presentación del funicular de Igeldo, y su éxito de público y crítica, no suscita la envidia en el Bocho.

Por fin, en una sesión plenaria celebrada el 6 de octubre de 1915 el Ayuntamiento aprueba el informe de la Comisión de Fomento por el que se autoriza la concesionaria el permiso necesario para la apertura al público del transporte. Esta no se hace esperar y, al día siguiente, se publica el anuncio en la Prensa local: "Hoy jueves, a las 12 del mediodía, se abre al público el Funicular de Archanda. Precios de los billetes: ordinario (ida y vuelta), 0,50 pesetas y niños 0,25; tarjeta de abono para diez viajes (ida y vuelta), 3 pesetas y niños 1,50; trimestral sin limitación de viajes, 15 pesetas y niños, 7,50. Gran restaurante y cocina bilbaína. Teléfono 1817". (una peseta de la época sería hoy 280 euros).

La empresa suiza Société des Usines de Louis de Roll (después Von Roll) asesora el proyecto y la firma Talleres Mariano del Corral (tenía su sede cerca de la estación inferior) construye los tres coches (uno de repuesto) necesarios para el servicio. El recorrido empieza en un túnel de 145 metros de largo, que atraviesa las líneas del ferrocarril de las Arenas y Lezama; sigue después por un gran viaducto de 170 metros de longitud, integrado por 19 arcos monumentales, que se sitúa a poca distancia de la línea de, una disposición especial que permite cruzarse, sin maniobra alguna, al coche que sube con el descendente. La rampa máxima es del 42% y la mínima del 24%, en una longitud total de 777 metros. Cada vehículo tiene capacidad para 60 personas, y su velocidad de 2,30 metros por segundo. Artxanda se sitúa a escasos siete minutos de Bilbao.

Perfecto y seguro

"Sobre 2.800 billetes se expendieron y la salida se hacía con relativa normalidad, pues con buen acuerdo, la empresa no dejaba pasar al punto en que había de montarse en el coche, mayor número de personas de las que aquel puede transportar cómodamente. No así el descenso, se cuidó poco de este orden y así ocurrieron aglomeraciones que conviene evitar si no se quiere ocurran desgracias por las impaciencias de los viajeros en tomar por asalto los coches. Hubo expedición que sufrió alguna parada, lo cual no quita la menor confianza al funicular, que cuenta con toda clase de seguridades de las exigidas por la ciencia para que no sobrevengan accidentes". El diario 'La Tarde' da cuenta de las primeras horas de funcionamiento del nuevo transporte, al que recibe con parabienes y augura un gran futuro.

El decano de la Prensa en la Villa, 'El Noticiero Bilbaíno' de la familia Echevarria, justificaba en boca del donostiarra Evaristo San Martín la puesta en práctica de este vital proyecto. "Me decidí a hacer el funicular de Archanda por el brillante éxito que tuve con la creación del de Igueldo. Allí podía discutirme la oportunidad de esa explotación porque existían otros análogos: porque San Sebastián está a la orilla y no adolece de la falta de aireación ni de vistas hermosas. Pero Bilbao necesita más que ninguna ciudad de sitios dominantes y sanos fácilmente accesibles y el monte Archanda será, pasado no mucho tiempo, su mayor atracción, como lo ha sido Igueldo para San Sebastián. No hay funicular en el mundo tan perfecto ni de tantas seguridades como éste en Bilbao. Es la útima palabra de la mecánica. Cuantas previsiones pueden tomarse en lo humano están tomadas. Entre las pruebas verificadas ante los ingenieros de la Dirección de Ferrocarriles se hizo la de cortar el cable cuando el coche estaba en marcha, y el coche, por sus preciosos mecanismos, quedó parado sin que nada más sucediera. Es un medio de tracción que tiene más seguridades que cualquier otro de los corrientes. Por eso no habrá oído que se haya registrado un accidente a pesar de los muchos cientos que hay instalados".

No obstante, a pesar de la expectación que levantó el nuevo transporte en Bilbao, nunca llegó a ser un negocio redondo. De hecho, tan mal fueron las cosas que, en 1939, la Sociedad concesionaria, arruinada, se lo cedió al Ayuntamiento. El 'funi', como popularmente se le conoce en Bilbao, funciona casi ininterrumpidamente desde su inauguración, hace ahora cien años. Sólo ha sufrido dos paradas. A consecuencia de la conflagración militar posterior a la sublevación de 1936, un bombardeo a las posiciones de Artxanda destruye la estación superior tal que un 18 de junio de 1937. Unos años después los coches son reparados por la Talleres Mariano del Corral que ya operaba en Amurrio (álava). El servicio se reanuda. El funicular no vuelve a sufrir un accidente de importancia hasta que un 25 de junio de 1976, en una maniobra de cambio de cable, se produce una concatenación de errores, que hacen que el vehículo superior se precipite pendiente abajo hasta colisionar con el coche parado en la estación inferior, provocando algunos heridos de diversa importancia. Hay que esperar a mayo de 1983 para volver a verlo en acción. Evaristo San Martín no se había equivocado al proclamar la bondad de su ingenio. "Es la última palabra de la mecánica" y pese a su veterana edad, es todavía un chaval.

 

Fotos

Vídeos