«Creí morir sepultado en el fango al sacar el 'Consulado de Bilbao'»

Elías se sumerge en el pantalán de Santurtzi, unido al cuadro de mezclas por el umbilical. /Sergio García
Elías se sumerge en el pantalán de Santurtzi, unido al cuadro de mezclas por el umbilical. / Sergio García
Sergio García
SERGIO GARCÍA

Elías Jerez todavía recuerda aquellos tiempos en que se sumergía en la ría y no veía nada. «El agua era totalmente opaca, daba lo mismo que te pusieras la linterna delante de las gafas. Todo lo hacíamos sirviéndonos del tacto». Lo dice como admirado mientras observa la superficie del pantalán de Santurtzi donde amarra el «Amaya», su base de operaciones y sobre cuya cubierta descansa el cuadro de mezclas para descomprimir el aire de las botellas que le llegan a la máscara por el umbilical. «Paso más tiempo vistiéndome que en el agua», bromea.

Lo cierto es que tenía difícil escapar a su destino. Hijo y hermano de buzos, Elías está en permanente guardia. «Lo mismo limpio los santos de varada y las anguilas –el parapeto ensebado que protege el casco del barco en el astillero– que hago inspecciones con vídeo submarino o saco las defensas de los diques que se desprenden cuando hay mala mar». Por no hablar del mantenimiento de las boyas a la entrada del puerto, reparaciones en los muelles desde Algorta a Olabeaga, o reflotar botes cuando se hunden. Sus musculosos brazos dicen más cosas de él, como que bogaba en la «Sotera» y ganó dos veces la Bandera de La Concha, «pero esa es otra historia».

Elías cree que su oficio tiene cada vez menos futuro. «Antes se hacía todo bajo el agua, hundía las machinas en el fondo y hormigonaba yo mismo los muelles hasta que la estructura salía a la superficie. Ahora, los pilotes se ponen desde tierra, lo mismo que las tablestacas –chapas de 15 metros–, como las utilizadas en el Canal de Deusto o en Zorrozaurre». Aquí donde le ven, a pie de amarre con 62 años, este buzo sacó «casi entero» el «Consulado de Bilbao», hundido durante las inundaciones de 1983, por cierto, la situación más peligrosa que ha vivido. «Había que limpiar los camarotes llenos de fango hasta arriba para lo que nos servíamos de una chupona neumática, pero se desplomó el techo y me sepultó entero». Solo y totalmente a ciegas, sumergido a varios metros de profundidad en esa cloaca a cielo abierto que era el Nervión de los años 80, libró «por los pelos».

En su oficio no hay horas, menos aún cuando hay vidas en juego. Como cuando reventó el motor auxiliar de un barco noruego que salía de puerto. «Había varias dotaciones de bomberos achicando, pero el buque seguía hundiéndose porque la explosión había abierto varias vías de agua. Así que había que saltar y tapar los agujeros uno a uno». Eso sí, el suyo es un trabajo de equipo. «Por normativa, nos sumergimos cinco buceadores en turnos de 4 ó 5 horas, según la profundidad». Y como para subrayarlo desaparece con el pulgar en alto, mientras pulsa un botón en el hombro para vaciar de aire el neopreno.