Historia de dos mujeres desdichadas

Un trágico suceso ocurrido en los calabozos de la comisaría de La Cantera puso en evidencia el maltrato que sufrían en Bilbao las personas sin hogar a principios del siglo XX

La Casa Galera era un vergonzoso refugio para los más pobres./ E.C.
La Casa Galera era un vergonzoso refugio para los más pobres. / E.C.
Imanol Villa
IMANOL VILLA

Enriqueta Bustamante tenía 46 años y era natural de Madrid. Esperanza González tenía 45 años y era de Lugo. Ambas mujeres residían en Bilbao sin domicilio conocido y, según publicó 'El Noticiero Bilbaíno', llevaban muchos años en la Villa «haciendo la vida del hampa y de la miseria». Enriqueta y Esperanza murieron en un calabozo de la comisaría de la Plaza de la Cantera el 2 de febrero de 1919. Pero su muerte no pasó desapercibida. El hecho de que fueran mujeres sin oficio ni beneficio, quizás entregadas a la prostitución, y alcohólicas, como bien señaló la prensa, no ocultó la noticia de su fallecimiento. Enriqueta y Esperanza murieron, en buena medida, por la negligencia de las autoridades de Bilbao hacia las necesidades más básicas y humanas de aquellos que, por la razón que fuera, no tenía una residencia estable. Su caso llamó la atención sobre la insuficiencia de recursos sociales del Ayuntamiento, así como también puso en evidencia la situación en la que se encontraban los calabozos de las comisarias bilbaínas. Peor que cuadras y totalmente inadecuados para las personas. De hecho, dos días después de la muerte de Enriqueta y Esperanza, se ordenó el cierre de los calabozos de la comisaría de La Cantera y su inmediata reforma.

La triste historia de la muerte de Enriqueta Bustamante y Esperanza González comenzó la noche del 1 de febrero de hace cien años. Aquel día, las dos mujeres se personaron en la comisaría «en lamentable estado de embriaguez, pidiendo que las dejasen pernoctar en uno de los calabozos». No fue posible. El hecho de que fuera sábado y que por ello la mayor parte de los calabozos estuvieran llenos de beodos y otros individuos de dudosa reputación, las obligó a buscar refugio en uno de los portales de la calle de las Cortes. A las ocho de la mañana del día siguiente un vecino las encontró semiinconscientes y ateridas de frío, por lo que fueron trasladadas a la Casa de Socorro de Urazurrutia.

Allí, el médico de guardia les administró «sendas dosis de amoniaco e inyecciones de aceite alcanforado, consiguiendo que reaccionaran». Después se les condujo de vuelta a la Comisaria de la Cantera donde las metieron en un calabozo. Horas después, el ordenanza encargado de su custodia las encontró muertas. ¿Qué había ocurrido? Según 'El Noticiero Bilbaíno', los calabozos contaban con unas salidas de agua a presión para facilitar la limpieza de los calabozos. El agua y todos los detritus se colaban por un sumidero. Para desgracia de Enriqueta y Esperanza, una de ellas cayó sobre el citado sumidero y cuando abrieron el aspersor el agua las golpeó durante horas. Nada dijeron. Ni una sola queja o lamento. Murieron de frío. Sin embargo, su caso sirvió para denunciar la pésima situación en la que se hallaban los servicios de atención a los más necesitados de Bilbao. «No por la índole moral de estas pobres mujeres debe ser menos violenta la repulsa a la autoridades, que no se han cuidado de poner remedio a lo que constituye una gran vergüenza para Bilbao», denunció 'El Liberal'.

Lóbregos y húmedos

Casos como el de aquellas mujeres no eran nuevos en la villa y se recordaba la muerte también en un calabozo, hacía ya unos meses, de un súbdito extranjero que fue llevado desde la Casa de Socorro tras sufrir un «ataque de alcoholismo». Tras ese caso se dispuso que todas las personas que se personasen en ese estado deberían ser trasladadas al Hospital Civil. No obstante, aquello duró muy poco, pues el personal del Hospital alegaba que no tenía camas suficientes para atender a tanto beodo. De esa forma, «los que sufren ataques de alcoholismo en los barrios altos son recogidos en los calabozos, lóbregos y húmedos, de la Plaza de la Cantera, con gravísimo riesgo de sus vidas». Se consideraba una vergüenza que eso ocurriera en una población como Bilbao que tenía fama de ser hospitalaria y caritativa aunque, casos como los citados, lo ponían en evidencia.

Desde las páginas de 'El Liberal' se pedía que se habilitasen locales para acoger a esas personas afectadas por el alcohol o, sencillamente, a quienes no tenían hogar. Al mismo tiempo, el periódico exigía que se depurasen responsabilidades por lo ocurrido. «Con mucho menos motivo se sientan, casi diariamente en el banquillo de la Audiencia personas a quienes se acusa de homicidios por imprudencia temeraria», señaló el diario. También 'El Noticiero Bilbaíno' exigió responsabilidades. «Es de desear se eviten espectáculos de esta naturaleza –señaló-, clausurando unos calabozos que son una vergüenza para Bilbao y una reclusión indebida para los detenidos, a veces inocentes, o inofensivos beodos, como esas dos mujeres muertas, y mandando cuanto antes construir otros calabozos que sean, por lo menos, higiénicos y libren a los recluidos de los peligros de la muerte».

El único local con el que contaba el Ayuntamiento, hace un siglo, para acoger a las personas sin hogar era la Casa Galera. Una vez que ésta se llenaba se daba paso a recogerlas en los calabozos. No obstante, las condiciones del edificio eran pésimas. Era un lugar mezquino en el que los pobres, sin distinción de sexo, dormían unos junto a otros. Lleno de harapos y mantas sucias, no ofrecía las más mínimas condiciones de habitabilidad. «Por esto unos cuerpos caen sobre otros y a las once los rincones de la Galera son como esos aposentos infernales que nos describen los místicos». Apretujados, mezclados entre su propia basura y suciedad, hombres y mujeres compartían hasta los espacios más vitales. La separación de sexos era un lujo y la moral no existía. Los pobres no tenían derecho a ella, se denunciaba desde las páginas de 'El Liberal'. «La moral es para los burgueses que están ahítos y tienen queridas», señalaba el diario.

El 4 de febrero, el Ayuntamiento ordenó el cierre de los calabozos de la comisaría de La Cantera. Se dispuso su inmediata y urgente reforma.

 

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