La Batalla de Vitoria contada a los norteamericanos

El gran explorador y reportero Henry Stanley narró en 1869 en un memorable artículo los detalles de aquel hecho histórico y criticó que entonces nada recordara en la capital alavesa a tantos muertos y héroes

Retrato de estudio del famoso explorador, aventurero y periodistas Henry Morton Stanley/
Retrato de estudio del famoso explorador, aventurero y periodistas Henry Morton Stanley
Francisco Góngora
FRANCISCO GÓNGORA

El nombre de Henry Morton Stanley está escrito con letras de oro en la historia de la humanidad por sus descubrimientos en la África profunda y su famoso encuentro con el explorador Livingstone. Aquel saludo tan inglés de «Dr. Livinsgstone supongo» es una de las glorias del reporterismo. Pero se desconoce que fue uno de los grandes periodistas del siglo XIX, cuando esta profesión comenzó a tener importancia mundial y surgieron los grandes periódicos de masas.

La crónica que mandó el reportero Henry Stanley a su periódico 'The New York Herald', el 8 de julio de 1869 sobre Álava y su capital, enfrascadas en los prolegómenos de la III Guerra Carlista, no tiene desperdicio. Recoge leyendas absurdas de la época sobre el origen de los vascos, como que Adán y Noé hablaban en vasco o que los Diez Mandamientos se escribieron en esa lengua, pero también describe el sangriento enfrentamiento entre liberales y carlistas, que estaba detrás del asesinato en Santa Cruz de Campezo del alcalde liberal. Pero el gran periodista y mejor explorador, el más importante del siglo XIX en África, le da una gran importancia a un hecho histórico que tiene más mentores fuera que dentro: la Batalla de Vitoria entre las tropas de Wellington y Álava y las francesas de Jose I, que acabó con la presencia napoleónica en España. Gracias a escritores y periodistas entusiastas como Ramón Jiménez Fraile tenemos la traducción de la crónica en su libro 'Stanley, corresponsal en España del 'New York Herald' (1868-1873)', premio Becerro de Bengoa, 1994.

Tras describir rasgos genéricos de los vascos y equivocarse en la dirección (Sureste y no Oeste como el dice) en la que se encuentra Campezo comenta que «quien haya leído 'Las batallas de la Península' de Napier puede fácilmente imaginar lo interesante que resultaba para mí cada lugar, cada palmo de terreno. Este valle (se refiere al Zadorra) fue el campo de batalla en el que los ejércitos de Portugal, España e Inglaterra se unieron contra el ejército francés de José Bonaparte».

«Ahí estaba el ampuloso río Zadorra, sus escarpadas orillas cerca de las colinas, las serpenteantes sierras con sus redondeados montículos, los puentes de Trespuentes, Mendoza, Villodas y Nanclares, el camino hacia Bilbao, los pueblos de Subijana, Nanclares, Aríñez y el último cerro defendible a una milla de Vitoria. Todo ello estaba a la vista desde la baca de la diligencia. Un típico vasco cuyo abuelo fue miembro de las partidas de Sánchez (un guerrillero apodado 'el Charro') me iba señalando cada uno de los vados que fueron cruzados una y otra vez el 21 de junio de 1813 por los ejércitos hostiles. Las posiciones francesas salieron a relucir, así como las de Wellington, entre los muchos meandros de la parte sur del río. De esa manera con la ayuda de Napier y de mi informante, la Batalla de Vitoria quedó esbozada».

Pero a un galés de nacimiento, aunque nacionalizado estadounidense, no le debía sentar muy bien que nada en aquel momento -el monumento de la plaza de la Virgen Blanca es de 1917- recordara la batalla. Y critica: «De los miles de combatientes, preclaros y humildes, generales y soldados rasos, que perdieron la vida aquel terrible día ni siquiera existe un memorial, un montículo, tumba o lápida que recuerde el lugar donde cayeron. ¡Vaya una gloria!», protesta el gran Stanley que había luchado y había sido priosionero en la Guera de Secesión estadounidense y sabía lo que era el sufrimiento en el combate. «Pero las purpúreas colinas, el turbio río, y la risueña llanura que contemplaron la gran batalla y escucharon el estruendo de doscientas piezas de artillería siguen ahí, existen aún, dejando constancia de la insignificancia del morir».

El gran aventurero está fascinado con la posibilidad de describir un paisaje que había sido testigo mudo 56 años antes de aquel acontecimiento tan importante en la historia de Europa. Y a pesar del tiempo transcurrido narra con emoción lo que ocurrió. «En el lugar en el que los dos grandes ejércitos se desplegaron en formación de combate miles de marciales chopos han sido plantados, ya sea en fila, formando compactos y espaciados cuadrados listos para la refriega, ya sea en densas masas como preparados para el choque decisivo, el asalto final. Campos ondulantes con pesadas espigas de trigo, cebada y avena, lucen como solo pueden lucir en los lugares abonados por los muertos».

Stanley ahonda en la idea tantas veces repetida de que la Llanada, desde La Puebla de Arganzón hasta Salvatierra es una gran fosa común, en la que todavía muchos duermen el sueño eterno bajo unos metros de tierra. Y si atreve a marcar la razón de por qué esta tierra es tan feraz.«Un suelo tan fértil no puede hallarse en ninguna otra parte de España más que en el valle del Zadorra. Tal abundancia de trigo o de otros cereales no puede crecer en ningún otro sitio del mundo; tan intensa y radiante vegetación no puede verse en ningún otro lugar; tan magníficos chopos, cerezos, prados, prósperas granjas no existen en ningún otro país. ¿Por qué no? ¿Acaso porque este suelo ha sido regado por la rica sangre roja de miles de jóvenes? ¿O es que no han dejado cerca de 12.000 hombres sus cuerpos en este valle y sus alrededores». Un pensamiento poético pero poco real.

Hasta aquí las referencias de la crónica del explorador a la Batalla de Vitoria. A continuación cuenta en su periódico la revuelta «de radicales neocatólicos», es decir carlistas, de Santa Cruz de Campezo que se saldó con el alcalde, Marcelino González de Durana, que era un coronel retirado, el alguacil y dos guardias civiles muertos por linchamiento, por una parte, y por la otra tres vecinos insurgentes muertos por los disparos de la Guardia Civil y 30 heridos. 40 personas fueron detenidas, entre ellas el cura párroco y su hermano, que, al parecer fueron los mayores instigadores de la revuelta. De los 29 encausados diez fueron condenados en 1973 a cinco meses de arresto mayor por un delito de desórdenes públicos.

Señala Jimenez Fraile que en su reportaje para el 'New York Herald' sobre su visita a Álava -reproducido en la sección de «documentos» y fechado en Vitoria el 8 de julio, aunque Stanley abandonó la capital alavesa el 4 de julio- aprovecha para explicar a sus lectores norteamericanos el problema vasco, y advierte que el «abuso» de los fueros «provocaría la guerra civil».

Stanley destaca también el paralelismo entre vascos y galeses en aspectos como el vestir, las costumbres, la superstición o el sentimiento de superioridad. Respecto a la pretendida nobleza universal, el reportero norteamericano aconseja a las personas que viajen por estos lugares que, a fin de evitar problemas, den a entender a menudo a los «vizcaínos» que «cada uno de ellos desciende de un rey o al menos de un hidalgo, con lo que...se les caerá la baba y el corazón se les fundirá como la mantequilla».