Chillida Leku, el jardín del escultor

Un marco excepcional para conocer la obra de uno de los más deslumbrantes artistas vascos. Las rutas con guía ayudan a entender la relación entre las piezas expuestas y la peripecia vital del creador

Los visitantes recorren el bien cuidado parque en el que Chillida distribuyó sus esculturas. /JUAN HERRERO
Los visitantes recorren el bien cuidado parque en el que Chillida distribuyó sus esculturas. / JUAN HERRERO
Elena Sierra
ELENA SIERRA

Al entrar en el Museo Chillida Leku, los ojos se van casi sin remedio al caminito principal, el que sube la cuesta y llega hasta el caserío pasando cerca de la inmensa escultura 'Buscando la luz I'; el cerebro debe de saber ya que allí hay buenas vistas y el cuerpo se deja llevar para contemplar, cuanto antes, una de las fachadas y perspectivas más conocidas de este lugar. Otra opción que se toma casi sin necesidad de pensar es la de echarse al monte, es decir, pisar en cuanto se traspasa la puerta de entrada esa campa verde, muy verde, pero que muy muy verde –si acaba de llover y los rayos de sol empiezan a asomar por entre las nubes, el brillo de la hierba parece que invita a los pies a posarse sobre ella–, y ascender en diagonal hasta llegar a esa especie de cima en la que descansa otra pieza de mucho peso, una 'Lotura'.

Chillida Leku (Hernani)

Dónde
A 10 kilómetros de San Sebastián.
Horario
Abierto desde las 10.00 horas.
Entradas
12 €.
Visitas guiadas
18 €. Estudiantes y personas mayores de 65 años: 15 €.
Reservas
943335959.
Web
www.museochillidaleku.com .

Aun hay otra alternativa, esta para los que buscan un acercamiento relajado al hogar de las esculturas de uno de los artistas más importantes de Euskadi, Eduardo Chillida. Lleva a una chopera y desde allí, como de refilón, el contacto con las obras diseminadas por el jardín parece más íntimo; es como ir tomándole la medida a esos aceros y granitos que habitan el paisaje, sin dejarse impresionar.

¿Pero de verdad es ese el último camino? En esta reapertura de Chillida Leku –la primera fue en el año 2000, esta etapa se cerró diez años después y ha sido hace muy poco cuando por fin ha vuelto a abrir sus puertas el caserío Zabalaga, aquel que Chillida compró para dar un hogar a sus inmensas esculturas– se anima a los visitantes a encontrar una cuarta vía. Desde la entrada, hacia la derecha. No hay más que un minúsculo surco en la hierba que indica que algunos ya se han atrevido a dejar su huella. Han puesto un banco. Hay una barrera natural diseñada por el paisajista holandés Piet Oudolf para separar el espacio del museo del aparcamiento. Hay que seguirla. Y después girar a la izquierda y subir.

Un solar abandonado

Así se llega a la fachada principal del caserío que Eduardo y Pilar descubrieron a principios de los años 80 como quien dice por casualidad: buscaba el artista un lugar en el que darle vueltas a sus ideas y trabajar sin preocuparse del espacio, pero no daba con ninguno... hasta que, durante una visita a Burdeos, el cónsul Santiago Churruca les dijo que él tenía un sitio en Hernani. Se trataba de un caserío en ruinas del siglo XVI y, en el mismo terreno, una casa mucho más moderna que su familia había utilizado para veranear.

Las obras no solo se pueden inmortalizar con la cámara, es bueno tocarlas, para que se oxiden más rápido
Las obras no solo se pueden inmortalizar con la cámara, es bueno tocarlas, para que se oxiden más rápido / JOSE IGNACIO UNANUE

Se hicieron el trayecto en coche para visitar la propiedad, y hasta hoy. Fue donde el escultor sembró sus piezas, donde las pudo hacer evolucionar –una misma pregunta, a lo largo de los años, dio origen a obras diversas, a mutaciones– y donde la familia pasaba los fines de semana. No vivieron nunca allí: era un espacio de trabajo y de ocio.

En esta nueva etapa del museo, el terreno parece más grande. Entre otras cosas porque, antes, la parte del jardín en el que se levanta la casa de los Churruca quedaba excluida de la visita. Ahora es otro espacio por el que deambular encontrándose con algunas de las 43 obras que aguantan lo que les echen en el exterior del caserío: 'lo que les echen' incluye el toqueteo de los visitantes, porque si algo tienen claro en Chillida Leku es que el roce de las manos les viene bien a las esculturas.

Lotura XXXII, de 64 toneladas de peso, está compuesta de tres láminas distintas de acero asimétricas y unidas por remaches.
Lotura XXXII, de 64 toneladas de peso, está compuesta de tres láminas distintas de acero asimétricas y unidas por remaches. / ANDER GUILLENEA

Este es de los pocos museos del mundo en los que no solo se puede, sino que se debe tocar lo que se ve. Así se oxida más rápido cualquier pieza de acero corten. Por eso el artista guipuzcoano necesitaba un jardín para sus esculturas, para que adquirieran su aspecto a buen ritmo. Por eso y porque no cualquier sala puede acoger 22 toneladas de peso como las que tienen por nombre 'Buscando la luz I' o las 64 toneladas, casi nada, de 'Lotura XXXII', los dos grandes símbolos de estas campas.

El viejo caserío, reformado en su día para que la luz no faltara y re-reformado ahora para sacarle brillo y aprovechar mejor algún espacio, alberga un centenar de piezas realizadas en otros materiales y, como novedad con respecto a la etapa anterior, varias vitrinas en las que se expone material de archivo (fotos, cartas, artículos). Se trata de contextualizar mejor la obra. Hasta el último día del año se puede ver allí dentro la exposición 'Eduardo Chillida, Ecos', una muestra cuyo título remite a la pieza 'Oyarak', la escultura en hierro que vio la luz en 1954 en la fragua de Manuel Illarramendi (Hernani) y que se expone en la planta baja del caserío. 'Ecos', explican en el museo, alude directamente a la idea de repetición y también a la capacidad sonora de la obra del escultor.

El caserío Zabalaga.
El caserío Zabalaga. / JOSE IGNACIO UNANUE

En la planta de arriba hay una sala especial dedicada a la construcción de 'El peine del viento', esa pieza tan representativa de Donostia que, más que una sola pieza, es un complejo. Antes de que el artista le echara el ojo –y pensara mucho qué iba a hacer allí, cómo y con quién–, era el último rincón de la ciudad, un lugar al que no se iba ni de paso; Chillida sí iba, para aclarar la mente y disfrutar del mar en solitario. Después, se convirtió en un icono, un 'must' en cualquier visita a la ciudad.

Con tormenta y con sol

Naturaleza, escultura, música, todo se reúne. La salita muestra algunas fotos del proceso, que dejan a la vista que se trató de una empresa faraónica. Acabaron construyendo una especie de mecano o de raíles elevados para entrar en el mar a colocar los hierros, pero primero pensaron en lanzarlos ladera abajo y en llevarlos por mar... ambas cosas imposibles.

El trabajo del 'Peine' es un buen ejemplo de la acción de la mano humana en el paisaje, un antecedente claro de este Chillida Leku que es, todo entero, una obra de arte, donde todo está pensado, donde cada obra adquiere su dimensión, agradece los rayos del sol o el agua de la lluvia e incluso que la arboleda ponga en su lugar a la creación del hombre. La pieza puede ser enorme, pero no es nada comparada con los árboles que sirven de telón. Y más pequeño es aun el ser humano que la crea. Insignificantes, sí, pero capaces de muchas cosas.

Cena y yoga

Esta nueva etapa del museo viene acompañada de una programación que invita a conocer el centro de otras maneras, a horas distintas y con actividades no solo culturales. Por ejemplo, los jueves de verano (el 29 de agosto es el último) el jardín se visita al anochecer, a partir de las 20.00 horas, para ver esa otra cara que las esculturas muestran a la luz cálida de las últimas horas del día. Tras el paseo, cena especial diseñada por el chef Fede Pacha en la terraza del Lurra Café (56/70 euros por persona). Y los sábados, hasta el 31 de agosto, es el turno del yoga con brunch posterior (27-30 euros). La cita es a las nueve de la mañana en lo que Eduardo y Pilar llamaban el jardín zen, el rincón en la parte alta de Zabalaga en la que se sentaban a descansar y reflexionar al amparo de los árboles.