El paraíso de los andarines en Bretaña

La península de Quiberon, en el occidente de Francia, atrajo a artistas y a amantes de los paisajes por su naturaleza desbordante y un litoral abrupto

El castillo del mar o de Turpault es uno de los iconos de Quiberon y de su abrupto litoral./
El castillo del mar o de Turpault es uno de los iconos de Quiberon y de su abrupto litoral.
ELENA SIERRA

Los estudiantes mayores de 14 años tienen que subirse al ferry cada domingo por la tarde para ir 'al continente'; allí –o más bien aquí– es donde residen los días laborables, en internados, como si el tiempo no hubiera pasado y los críos aun tuvieran que ser presas de la nostalgia de otros tiempos. La verdad es que les dura poco, en la actualidad: el ferry los devuelve a casa los viernes por la tarde y si hay mucha, mucha, pero mucha morriña, siempre pueden cruzar las aguas que separan Quiberon, en el continente, de la Belle-Île-en-mer, su islita, en cualquier otro momento porque el viaje dura solo 45 minutos, y hay buenas frecuencias. Tan buenas que muchos franceses tienen en la isla su segunda residencia, y son miles los jubilados que llegan cada primavera para pasear por estos (como mucho) 20x9 kilómetros que se han convertido, sin duda, en el paraíso de los andarines.

Quiberon-Belle-Île-en-mer (Bretaña)

Cómo llegar
Quiberon se encuentra a 700 kilómetros de Irun y a 150 de Nantes. Easyjet conecta los aeropuertos de Bilbao y Nantes. www.easyjet.com. 902599900.
Webs
www.vacaciones-bretana.com (en castellano) y www.quiberon.com (en francés e inglés).

Se oye a los habitantes de la isla –los Bellilois y Belliloises, de origen o de adopción– referirse a estos visitantes como «los caminantes». Es, en cierto modo, una invasión: caminantes por todos los rincones, disfrutando del microclima de una isla muy protegida por su localización bajo el bretón Golfo de Morbihan, en la que llueve pero poco para ser la Bretaña francesa, y además suele hacerlo de noche, en la que las nubes lo mismo vienen que se van llevadas por los vientos.

Las agujas de Port-Coton.
Las agujas de Port-Coton.

Más gente hay en verano, eso sí. Aquí se pasa de los poco más de 5.000 vecinos repartidos por valles, campiñas, puertos y poblaciones varias con capital de 2.500 habitantes en Le Palais (punto de llegada y salida de los ferries) hasta los casi 50.000 en lo más alto de la temporada alta. La promesa de buen tiempo, paisaje agreste, casitas con contraventanas de colores, naturaleza protegida, actividades naúticas y patrimonio cultural es lo que sigue invitando a todos a veranear en la Belle-Île.

Por todo eso, y por la tranquilidad, llegaron en su día personajes como el pintor impresionista Claude Monet y la actriz y primera empresaria del mundo del espectáculo Sarah Bernhardt. El primero solo estuvo un verano, un par de meses, pero la estancia le dio para pintar casi 40 cuadros. No es nada raro: se alojaba en un núcleo cercano a la localidad de Bangor, en Kervilahouen, y allí al lado están las Aiguilles de Port Coton. De la plazuela de casas de colores en la que vivía Monet a estas formaciones rocosas que salen del mar, y sobre las que el agua del Atlántico, la luz y el viento crean esa capita como de algodón que les da el nombre, hay un paseo a pie y un paseíto en bicicleta.

Vista de las coloridas edificaciones del puerto de Sauzon.
Vista de las coloridas edificaciones del puerto de Sauzon.

Y enseguida se sale a una espacio abierto al oceáno, con acantilados, que aun hoy está libre de edificios. El último es un hotel pintado de rojo desde el que no cabe otra que contemplar el atardecer tomándose un copazo después de haber paseado por el camino de tierra que discurre sobre las aguas. El camino es un sendero que recorre toda la costa y puede hacerse en cuatro o cinco días de caminata; es una de las razones por las que los andarines vienen a Belle-Île.

Un hotel para Mitterrand

Cerca de Kervilaouen está además el faro más alto de la isla más grande de Bretaña, que se llama Gran Faro porque tiene 52 metros de altura. Y esos metros ya son más que los que se alza de media sobre las aguas (40) la propia isla, resultado de una erupción volcánica, hecha de brillante esquisto. Así que aunque un nativo dirá que hay que ir subiendo y bajando cuestas para hacerse todo el perímetro, ni caso. En serio. El caso es que el faro se puede visitar y desde arriba del todo hay buenas vistas, cómo no.

Para encontrarse con el paisaje que conquistó a la Bernhardt, hay que dirigirse hacia Sauzon, una localidad de mil habitantes situada casi en la punta noroeste y de cara a Quiberon, como Le Palais. Este puertito conserva su propio faro, y el hotel en el que se alojaba el presidente François Mitterrand cuando viajaba a la isla ha reabierto ahora como restaurante. Las casas están hechas y pintadas con gusto y el paseo por el núcleo urbano merece la pena; hay que hacerlo durar lo que tarda el puerto en vaciarse casi por completo de agua o lo que tarda en llenarse, en función de la marea.

La fortaleza construida por Vauban en Le Palais.
La fortaleza construida por Vauban en Le Palais.

Pero es solo sitio de paso si se quiere llegar a la porción de tierra que compró la artista después de que un amigo la llevara de visita y se enamorara del lugar. El fuerte que adquirió, con todas sus tierras, está bajo la Punta des Poulains. Hoy es un museo, lo mismo que la casita que construyó para sus visitas. Hay también un centro de interpretación de la naturaleza. Y ahí hay otro lugar que se merece vivir al ritmo de las mareas, la playa des Poulains. Es un tómbolo, una lengua de arena y piedritas que conecta, con marea baja, la isla con la punta; con la alta, la playa prácticamente desaparece.

Recorriendo la costa, desde el retiro salvaje de Sarah Bernhardt en dirección al el paraíso pictórico de Claude Monet, está la reserva de l'Apothicairerie, donde crían los pájaros –para observar aves la isla es otro paraíso, y hay espécimenes autóctonos como hay vegetación endémica, mucha y protegida–. Pero si se elige la carretera que la atraviesa de punta a punta, aparte de ver algunos menhires y toda la campiña que se quiera (con los faisanes y los corderos con denominación de origen salpicando el paisaje), se llega en un rato a la Pointe du Skeul, ya muy cerca de Locmaria. Aquí queda a la vista, desnuda, barrida por el viento, la roca. Las florecillas rosas de la armeria marítima son las únicas que resisten el aire. Ellas y los caminantes que miran al horizonte.

Los peñascos ocultan sugerentes calas como la de Baluden.
Los peñascos ocultan sugerentes calas como la de Baluden. / ELENA SIERRA

A Locmaria los de otras zonas de la isla dicen que no van porque está muy lejos. Sea. Si tus dominios miden menos de 20 kilómetros de largo, seguramente el viaje hasta este rincón se te haga eterno. Eso y que la gasolina es un 30% más cara aquí que en el continente. Pero si por casualidad se llega hasta el pueblo, se puede ver una iglesia que parece más propia del trópico que de la Bretaña francesa, blanca y con palmeras a la puerta. Y también la playa de Port Maria, con un fuerte en lo alto. Y toda la vida que habita entre las rocas de un arenal que desaparece con marea alta. La Belle-Île es famosa por sus percebes y sus centollos, entre otros animalillos.

Caramelos y conservas

El camino entre Locmaria y Le Palais pasa por, y esto es solo por citar un rincón, la playa des Grands Sables, es decir, la más grande. Son dos kilómetros de arena blanca y fina, y ni una sola construcción en toda la línea de playa. Ni en la primera, ni en la segunda, ni en ninguna. Zona protegida, en todos los sentidos: por la duna y la fauna salvaje, y porque al estar situada en el canal que se crea entre la isla y el continente, es perfecta para meterse al agua sin miedo. Y está a treinta minutos en bici de la capital.

De vuelta a Le Palais, se vuelve a la civilización. En la ciudadela construida por Vauban hay un museo, un hotel y un restaurante, y en la zona del puerto, todo tipo de restaurantes y tienditas. Y es allí donde se pueden hacer las compras de productos típicos por excelencia como los caramelos de mantequilla salada y las conservas de pescado elaborados por empresas 'belliloises'.