Ordesa, la universidad de los escaladores

Las paredes de su parque nacional ofrecen una combinación mágica de aventura y belleza para los amantes de la verticalidad

Las impresionantes paredes de Ordesa./O. Gogorza
Las impresionantes paredes de Ordesa. / O. Gogorza
Óscar Gogorza
ÓSCAR GOGORZA

Tenía 11 años cuando mi padre aparcó su Simca 1.200 en la pradera del Parque Nacional de Ordesa. Preguntándome cómo manejar mi mochila para que no pareciese un menhir deprimido, ni siquiera reparé en la pared que quedaba a nuestra izquierda. Poco dado a las confidencias, mi padre se acercó para pedirme que contemplase el Tozal de Mallo. «Algunos escalan esa pared. Suele haber muchos accidentes», dijo en un tono admirativo que pocos veces le había escuchado. Recuerdo haber sentido un escalofrío de incomprensión y miedo. ¿Podía alguien escalar una pared así, enorme, vertical, intimidante? Nunca antes había contemplado un muro igual. Me sentí afortunado de no tener que escalarla jamás.

Sin saberlo, jamás olvidé la imagen del Tozal, y cuando muchos años después Mikel Zabalza y Adrián Legarra tuvieron la gentileza de admitirme en su cordada para escalar la vía 'Brujas' al Tozal, no pude evitar pensar en los caprichos del destino, en la ironía de desear escalar allí donde jamás creí hacerlo. Vistas desde la distancia, las paredes de Ordesa son una cosa; vistas de cerca, son otra cosa… mucho más acongojante. No son paredes de contornos lisos y amables, sino un verdadero caos de techos, bloques que sobresalen como proas de incontables barcos varados a capricho. Son diedros, chimeneas, fisuras, un galimatías de vericuetos de distintos tonos anaranjados que conforman una incomprensible fisionomía.

¿Cómo es posible orientarse en el seno de estas paredes? Mientras seguía los pasos de Mikel y Adrián, no dejaba de preguntarme qué habilidad, intuición y valentía era preciso atesorar para atreverse a aceptar el reto de escalar en este terreno. Atado a una cuerda de 8,5 mm, seguía los pasos de mis compañeros sorprendido de lo física que resultaba la escalada y rogando que los enormes bloques de los que tirábamos, pisábamos y nos colgábamos no cediesen.

Los tramos de roca buena se mezclaban con otros terriblemente sospechosos y la verticalidad era mucho más acusada de lo que jamás antes había conocido. Alcanzado el último tercio de la vía, solo deseaba acabar, dejar ese mundo tétrico, peligroso y salvaje. Necesitaba volver a sentir algo parecido a la seguridad: más que miedo, sentí que no deseaba estar en ese lugar tan amenazador.

Incertidumbre, estrés y exposición

Al salir de la pared, contemplamos una extensión verde trufada de Edelweiss, marmotas y sarrios. En un segundo, habíamos pasado de un decorado digno de las pinturas negras de Goya a un escenario idílico y reconfortante que me recordó a La pradera de San Isidro. Asumí que jamás volvería a escalar aquí, ni en otro lugar. El alpinismo no sería para mí. Sencillamente, no tenía lo que hacía falta para asumir tanto nivel de incertidumbre, estrés y exposición.

Recuerdo, que una vez desencordados, Zabalza dijo esto: «Ordesa es la universidad de los escaladores: el que escala aquí a menudo puede enfrentarse a cualquier pared del mundo». Amén. Por lo que a mi respectaba, jamás ingresaría en esa universidad. Seguiría en el parvulario toda la vida.

Lo malo es que el lugar hechiza porque su belleza es tan pura que embriaga y ofrece una combinación única de aventura y contemplación… y no resulta fácil renunciar a la belleza… aunque duela. Así que, de alguna manera, aprendí a gestionar mis miedos, a entender la lógica de ese terreno críptico, a transformar el terror en obstinación para regresar una y otra vez en un aprendizaje infinito.

Todavía hoy siento tensión al encordarme un nudo en el estómago, la alarma que nos obliga a progresar en la vertical con enorme concentración, delicadeza, atentos a no 'embarcarse', el símil que emplean los escaladores cuando equivocan el trazado y acaban atrapados en tierra de nadie, una pesadilla recurrente en Ordesa. Después, la recompensa es siempre idéntica: el alivio, la luz, la serenidad de los prados colgados, el agua. La vida.