Liébana: montañas salvajes, quesucos y orujo

Recorrido por los principales rincones de esta comarca cántabra. Desde el desfiladero de La Hermida, el más largo de España, pasando por Potes y su cocido Liebaniego, hasta el teleférico de Fuente Dé

Vistas de la comarca de Liébana./
Vistas de la comarca de Liébana.
GONZALO DE LAS HERAS

La dificultad de los accesos que rodean a la comarca de Liébana hacen de este territorio cántabro, un conjunto de tres valles encerrados por montañas, una zona con identidad propia. En línea recta está cerca de la costa, pero está separado de ella por una carretera tortuosa que atraviesa el desfiladero de La Hermida, una de las gargantas más angostas de Europa y la más larga de España (21 km.). El territorio está enclavado, además, entre la zona más agreste de la Cordillera Cantábrica y los Picos de Europa, que se elevan por encima de los dos mil metros. Llegar a Liébana fue siempre una tarea complicada, sobre todo antes de que se inaugurara la carretera que serpentea sobre el río Deva (el camino sobre el que se asienta el asfalto actual se inauguró en 1864). Eso, desde el norte. Desde el sur, para llegar desde las tierras altas de Palencia hay que descender por puertos de dimensiones alpinas. Si uno cogiera una bicicleta en lo alto del puerto de San Glorio (1.609 m.), durante 30 kilómetros tendría que preocuparse más por frenar que por dar pedales antes de llegar a Potes, la capital del valle. Y otro tanto desde Piedrasluengas, el otro paso de montaña que da acceso a Potes a través del valle de Cabezón de Liébana.

Vale. Entonces, al margen de la espectacularidad de los accesos, que hace entretenido el trayecto, ¿por qué ir a Liébana? ¿Qué se puede ver? ¿Qué se debe comer?

La iglesia mozárabe de Lebeña

No abundan las iglesias prerrománicas de corte mozárabe y eso es lo que hace de San Pedro de Lebeña un edificio excepcional. Situada a los pies del Cueto Agero, su torre exenta anuncia el final del desfiladero de La Hermida. El desvío queda a mano izquierda de la carretera. Su valor, en todo caso, está más en su singularidad que en la grandiosidad, pues se trata de un edificio modesto, pero con un estilo llamativo por poco frecuente. Si hemos entrado por el desfiladero, puede servir como parada para estirar las piernas.

Un paseo por Potes

Situada en el centro del valle, a menos de 200 metros de altitud, la capital de la comarca conserva gran parte de su encanto medieval, sobre todo en la zona más próxima al río Quiviesa, cruzado por puentes de piedra. La Torre del Infantado, ahora sede del Ayuntamiento, es el emblema de la localidad y da idea de la importancia de Potes como capital de una zona que funcionaba con la autosuficiencia a la que obligaba su aislamiento. Se agradece el calzado cómodo, pues las callejuelas están adoquinadas y en ocasiones son bastante 'pindias' (en cuesta), como dicen por allí.

Puerto de San Glorio

Quizás nos suene el nombre de las noticias, pues no es extraño que aparezca en ese listado de puertos cerrados temporalmente por los envites del invierno. El ascenso desde Potes requiere de 27 kilómetros de carretera estrecha pero cómoda. Aunque las vistas no están mal desde el alto, conviene seguir (puede hacerse en coche) el desvío hasta el Collado Llesba y disfrutar desde allí de una panorámica inmejorable del macizo central de los Picos de Europa. Si en Potes hemos comprado un mapa de las montañas que incluya un dibujo de la zona, seremos capaces de reconocer muchos de los montes. Si la niebla envuelve Potes, podemos aventurarnos a subir en cualquier caso. No es extraño que terminemos por encima de las nubes y desde arriba contemplemos al sol el espectáculo del mar de nubes, con los Picos de Europa asomando entre algodones.

Tresviso

Si San Glorio es uno de esos puertos cuyo nombre no es extraño escucharlo en los telediarios, Tresviso no lo es menos. Y por el mismo motivo. De quedarse aislado un pueblo por la nieve, ese será Tresviso. Si subimos, es muy fácil entender por qué. Está bastante alto (907 m.) y sólo se puede acceder por una vertiginosa carretera de montaña. Como curiosidad: pese a pertenecer a Cantabria (toda Liébana es cántabra), la carretera de acceso parte de Asturias. No hay modo de llegar a la localidad desde Cantabria por carretera. Por eso el código postal pertenece a Asturias, porque los carteros operan desde el Principado. Si la curiosidad geográfico-administrativa no es justificación para ir a Tresviso, sí puede serlo hacerse con uno de los quesucos de la zona o llegar al pueblo por la senda que parte de Urdón, en el desfiladero de La Hermida. Son sólo seis kilómetros, pero hay que salvar más de 800 metros de desnivel. En ese caso sí que nos habremos ganado la comida.

Fuente Dé

Si seguimos la carretera que parte de Potes, ascenderemos de forma tendida hasta que ésta se termina a los pies de un circo montañoso espectacular. Purito Rodríguez, que perdió allí una vuelta ciclista a manos de Contador, no querrá volver, pero el espectáculo de remontar casi mil metros de desnivel en el teleférico y llegar a la estación superior sí que vale la pena. Por las vistas hacia abajo, y por la sensación de acceder como por arte de magia a una zona de montañas salvajes. Conviene la ropa de abrigo, pues arriba hace frío y a menudo sopla el viento. El paseo hasta el Chalet Real es asequible, pero exige equipo de montaña, sobre todo si no es pleno verano.

El menú: gastronomía contundente

Liébana está protegido de los vientos que traen las nubes y eso hace que no llueva tanto como en el resto de la región. Por el mismo motivo, las temperaturas, en la parte baja del valle, son moderadas. No es extraño encontrarse en camiseta al tiempo que se ven las montañas nevadas en el horizonte. Ese clima benigno ha provocado que tradicionalmente se den unos cultivos que no abundan en el resto de la región. Y entre ellos destacan las vides, frecuentes en las laderas orientadas al sur.

El aperitivo: tostadillo

Con la uva se hace un vino dulce de poca fama fuera de Cantabria, pero reconocido en la región. Tampoco es que tenga mucha competencia, pero ya que estamos allí, es la ocasión de probarlo como aperitivo, que lo que viene es contundente.

De entrada, quesucos

Cada pueblo elabora el suyo con características particulares, pero todos tienen en común su origen pastoril y su tamaño reducido (alimentos prácticos para llevar al monte cuando uno iba a cuidar del ganado). Con bastante presencia de leche de cabra, su sabor es habitualmente fuerte. En Potes pueden encontrarse packs con porciones pequeñas de diferentes variedades.

El plato, cocido lebaniego

Es un ejemplo de la sólida pero poco sútil 'cocina de interior', en este caso con garbanzos. Se comienza con una sopa, luego se comen los garbanzos y finalmente toda la carne que lo acomaña. Ideal para días fríos o después de buenas caminatas por las cuestas de la región.

De postre, canónigos

Deberían ofrecerlo en casi cualquier sitio de la zona. Básicamente se trata de una combinación de merengue y mantillas, todo ello espolvoreado con almendras troceadas y canela. Es, en el fondo, el contrapunto delicado a la contundencia del cocido.

Y al final, orujo

Más reconocido que el tostadillo es el licor que se elabora con los hollejos de las uvas. El orujo de Potes, elaborado tradicionalmente en alquitaras presentes en todo el valle, ha visto como se multiplica su consumo y su fama se extiende. La fábrica de 'Sierra del Oso' puede visitarse (hay que concertar la visita) y ver cómo se destila un licor de alta graduación y sabor relativamente suave. En la actualidad, desde que en 1986 se legislara en aras de la seguridad alimentaria, toda la producción es industrial. Pero aún hay quien tiene pequeñas alquitaras para uso doméstico. Lo habitual es tomarlo como 'chupito' digestivo.