El Betato, el bosque prohibido del Alto Aragón

Una ruta mágica por hayedos entre Tramacastilla de Tena y Piedrafita de Jaca sin las brujas que perseguía la Inquisición

Vista del pantano de Búbal./
Vista del pantano de Búbal.
PEDRO ONTOSO

La mañana es fría en Tramacastilla de Tena. El cielo luce limpio en un azul cobalto que anticipa una jornada para disfrutar al aire libre. Brilla el hielo en el camino por lo que hay que caminar con cierta precaución. Estamos entrando en la ruta de El Betato, un bosque de hayedos que conecta con Piedrafita de Jaca, en una balconada que se asoma sobre el pantano de Búbal, a la sombra de Peña Telera y Peña Blanca. Un lujo de paseo. Con permiso de las guixas, las brujas, que leyendas pegadas al terruño sitúan en este paraje singular. ¿Betato? ¿Vedado? ¿Prohibido? Es un festín de naturaleza a cielo abierto. Y la verdad es que hechiza y las vistas son mágicas.

El Alto Gallego, en el Pirineo oscense, está lleno de historias, de rincones y de senderos. Y de secretos. Y de rutas inolvidables. Yo siempre había tirado hacia el otro lado de la muga, al Pirineo francés, majestuoso y acogedor en invierno y en primavera. Los circos de Gavarnie -su Gran Cascada-, Troumouse y Estaubé entre los farallones del Marboré, el Cilindro o el Gran Astazu. Con incursiones en su cara española, el Parque de Ordesa y el Monte Perdido o el cañón de Añisclo. Y más lejos, en la Sierra de Guara, con aventuras en los caos del río Vero y largas tertulias en Alquézar. Ahora intento regresar, al menos una vez al año, a Jaca y los valles que la circundan, muy hermanados con los franceses, desde que Miki y Adolfo, dos grandes aventureros, me abrieran los ojos.

Tramacastilla sobresale en el Valle de Tena, camino de Biescas. Se ubica sobre la carretera, pero son muchos los que pasan de largo en busca de las estaciones de esquí. De entre sus calles empinadas y casas con estilo de montaña parte una ruta hasta Piedrafita, una mezcla de camino de tierra y sendero. Es un trazado fácil, óptimo para oxigenarse con una naturaleza en estado puro y pararse para disfrutar de sus vistas.

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En el sendero de El Betato hay paradas obligadas. Por ejemplo, para asomarse al barranco de Gorgol. Se trata de una profunda hendidura que recoge las aguas de varios arroyos y torrenteras con pozas, saltos y toboganes, entre paredes de roca caliza. Los amantes del deporte de aventura han utilizado este paraje para iniciarse en el barranquismo pues se trata de un recorrido muy sencillo. Luego se toma el desvío hacia el bosque que da nombre a la ruta, un apretado ecosistema singular, muy frondoso, donde se abrazan las hayas sobre suelos alfombrados de hojas y enmoquetados con un musgo brillante. El camino permite subir hasta el placentero Ibon de Piedrafita. En un día claro se adivina el perfil del Midi DOssau. También se puede combinar con el parque de Lacuniacha, un recinto al aire libre donde se pueden observar linces, lobos, cabras, ciervos, alces o renos, entre abedules, robles o acebos.

Migas, no meigas

En Piefrafita destaca la iglesia parroquial, dedicada a San Andrés, que conserva una puerta del siglo XVI. También hay varios edificios antiguos que llaman la atención. Casa Matías (1856), Casa Juan Lázaro (1874) y Casa Silvestre, que data de 1650, y conserva puertas y herrajes curiosos sobre una fachada de añil. En el pueblo hay algún restaurante en el que se puede comer, pero si el tiempo acompaña, se puede llevar el refrigerio y tomarlo en la balconada espectacular sobre el embalse de Búbal. Es lo que hicimos nosotros, después de tomarnos unas cervezas artesanas en el refugio Telera para empujar unas reconfortantes migas con chorizo, salpicadas de uvas.

Es el momento de compartir las historias de este valle, y en concreto las de estos parajes, que hablan de brujas y personas endemoniadas. Ángel Gari Lacruz, antropólogo y etnólogo, las ha recogido en su libro 'Brujería e Inquisición en el Alto Aragón en la primera mitad del siglo XVII', aunque ha escrito muchos artículos sobre el particular. Entre 1637 y 1643 en los pueblos de la comarca se hablaba de sobrecogedores episodios que afectaban a las mujeres, más de 200 en aldeas como Piedrafita, Tramacastilla, Sandiniés o Villanúa. Corría de boca en boca que estas mujeres sufrían convulsiones, se quedaban mudas o sordas y a veces también ciegas. Que doblaban y movían piezas de peso y localizaban objetos ocultos, entre otros fenómenos parasicológicos. Que dominaban distintas lenguas. También se hablaba de reuniones secretas y aquelarres. Detrás de todo ello se presumía la presencia e influencia del maligno.

La sicosis se fue esparciendo por los pueblos, que recibían exorcistas de todo pelaje y condición, y la histeria anidó entre los vecinos, que recorrían las calles en procesión. Los sucesos de lo que parecía un «embrujo colectivo» alcanzaron tanta trascendencia que el rey Felipe IV decidió enviar al valle al inquisidor general Bartolomé Guijarro y Carrillo. El fiscal del Santo Oficio abrió una investigación sobre lo que se definía como una posesión demoniaca, pero al poco tiempo murió en extrañas circunstancias, lo que alimentó los bulos y esparció el miedo. Antes tuvo tiempo para condenar a Pedro Arruebo a galeras -tuvo suerte de que no le quemaran en la plaza pública- acusado de ser el promotor de las brujerías.

No es una leyenda. Hay documentos de aquellos procesos de la temible Inquisición, que llegó al valle a poner orden. Francisco Blasco de Lanuza, abad del monasterio de San Juan de la Peña, recogió aquellos hechos en el libro 'Patrocinio de Ángeles y combate de demonios'. El mismo Ángel Gari cita sucesos similares, ocurridos en años anteriores, recogidos por el visitador episcopal Guillermo Serra, que motivó un edicto especial de la Inquisición. Las actas figuran en un libro que se conserva en el Archivo Diocesano de Huesca.

El caso es que hasta hace muy pocos años, cada 25 de junio, decenas de fieles que se sienten perturbados por el maligno, se acercaban a Yebra de Basa y hasta la catedral de Jaca para pedir la intercesión de Santa Orosia, patrona de los endemoniados. La jerarquía católica cortó aquella costumbre en 1947. Ahora se celebra una fiesta espectacular que atrae cada año a miles de personas. También se la invoca cuando hay tormenta, contra los truenos, y en epocas de sequía.

En Jaca, la catedral merece una visita. De paso comprobamos que allí sigue Santa Orosia, patrona de la ciudad, que tiene muchos devotos. El mes de diciembre las calles de Jaca tienen mucho ambiente. Hay decenas de cuadrillas que disfrutan con tapas, cazuelas y raciones de todo tipo, regadas con Somontano. El tono es de tasca, muy apropiado para una tarde de fin de semana. La nieve del Pirineo desplaza un airecillo que te congela la cara, pero resulta saludable. Todo parece muy sano. También la estupenda barra de Casa Fau, ubicada en los emblemáticos soportales junto a la catedral. Hay opiniones para todos los gustos, pero para nosotros es una visita obligada. Es un ambiente desenfadado y con mucha vida. Magníficos los caracoles a la brasa, las setas con foie, las migas y los canelones de rabo de toro con salsa de trufa. Si se busca algo mas refinado, el asador Biarritz puede colmar cualquier necesidad. Y en Biescas, el restaurante El Montañés -un rincón con encanto en el que se combina la comida de autor con la de temporada-, es todo un descubrimiento. Cada vez quedan menos secretos que compartir en el Alto Aragón.