Secciones
Edición
El trabajo minucioso de tres generaciones de una misma familia aporta cada año algunos de los mejores vinos de Rioja

El terruño al tronco, a la rama, al pulgar, a la uva. Los vinos de Bodegas Olarra empiezan su viaje desde dentro de la tierra, tomando lo mejor de ella, hasta la barrica donde se fermenta, madura y espera paciente para acompañar a todo aquel que tras descorchar una de sus botellas cambia el ánimo, disfruta, siente y comparte. Un proceso lento que tres generaciones de una misma familia han cuidado con mimo, incorporando nuevos saberes, evolucionando y adaptándose a los gustos de los nuevos consumidores.
«La capacidad de evolucionar y adaptarse a los nuevos hábitos de consumo forma parte de su ADN»
Tras cinco décadas de historia en las que Bodegas Olarra ha apostado por la vocación vinícola de Rioja ayudando a apuntalar la denominación en los mercados internacionales y contribuyendo a que este sector sea un motor económico dentro de nuestras fronteras, la empresa permanece fiel a su filosofía, cuidando sus propios viñedos y los de las familias que les abastecen –y que, como ellos, aman la uva y el oficio–, y buscando variedades singulares que aporten y preserven el catálogo vitícola de la comarca.

Como los antiguos alquimistas empeñados en buscar el elixir de la vida eterna, el enólogo Javier Martínez de Salinas combina instinto, intuición y un profundo conocimiento de su oficio para hacer su ‘magia’, la elaboración de vinos personales, sin artificios ni imposturas, que expresan el carácter de un territorio y, al mismo tiempo, concentran la esencia única y singular del terruño. Su trabajo en bodega es constante y meticuloso: cata, comprueba, ensaya y arriesga añada tras añada hasta dar con el ensamblaje perfecto. Como en su día lo hizo Ezequiel García ‘El Brujo’, primer enólogo de la bodega y autor de un vino original y fascinante que sigue haciendo historia y es ya una marca asentada de la casa, ‘Cerro Añón’.
Pero la originalidad de Olarra no reside sólo en el interior de sus botellas, también en la propia arquitectura de su bodega, diseñada en 1973 por Juan Antonio Ridruejo en un inédito ejercicio de arquitectura aplicada al proceso de elaboración del vino que terminó convirtiéndose en un auténtico icono del mundo vinícola de la región. Conocida como la Gran Catedral del Rioja, por la particular interpretación de Ridruejo de una catedral gótica, el edificio es una enorme y vanguardista ‘Y’, con tejados abovedados de 20 metros de altura y una cúpula acristalada que cubre la entrada de un monumental edificio, concebido para venerar los mejores caldos. Anexa está la sala de barricas coronada por 111 cúpulas hexagonales bajo las cuales el vino duerme a la temperatura adecuada sin necesidad de ningún sistema externo de control.
La capacidad de evolucionar, adaptarse a los nuevos hábitos de consumo y acompasar sus pasos al ritmo frenético de los últimos tiempos forma parte del ADN de Bodegas Olarra. Prueba de ello es el nuevo desafío que enfrenta la compañía, y el sector del vino en general: la sostenibilidad de su modelo productivo. Un reto que pasa por continuar protegiendo el patrimonio vinícola de Rioja, fomentar el desarrollo económico de las zonas rurales, defender la diversidad, controlar la productividad y seguir elaborando vinos que reflejen la comarca. Todo ello contribuirá a poner en valor (aún más) el mundo del vino, garantizará el futuro a los pequeños viticultores y ayudará a seguir escribiendo la historia del Rioja. Una historia que Bodegas Olarra comenzó a escribir en 1973.

Este vino se elabora con uvas procedentes de las variedades Tempranillo y Garnacha, cultivadas en las tres subzonas de la DOCa Rioja. Dentro de una cosecha especialmente buena, el Comité de Cata de la bodega decretó que era el vino más honesto y armonioso para el Reserva de Olarra. Criado durante 16 meses en barricas nuevas de madera de Missouri, cuando se vierte en copa se observa un color rubí vivo y brillante, con matices de cereza. En nariz, las notas predominantes son los frutos rojos, la vainilla y los tonos especiados, que dan paso aromas más complejos como la miel o los tostados. En boca es firme y suave en el paladar medio, largo y con aromas muy francos que persisten tras ser tragado.
Content Service elaborado por SRB Ediciones