¿De dónde soy?

¿De dónde soy?

Hace ya bastantes años, cuando me preguntan «¿de dónde eres?», siempre respondo: «Nací en Barcelona». Es el único dato que puedo certificar con brevedad y exactitud acerca de la difícil cuestión que me plantean. Otra explicación resultaría demasiado larga y compleja.

Efectivamente, el término eres, segunda persona del singular del presente de indicativo del verbo ser, tiene terribles implicaciones metafísicas en las que normalmente me pierdo. Prefiero entonces reconducir la pregunta y situarla en el ámbito de la geografía, donde me siento más cómodo y seguro. La paso del eres al dónde. Mi madre me dio a luz en Barcelona, luego aquí he nacido.

Aunque seguramente mi interpelante pretendía que mi respuesta hubiera determinado mi ser, mi identidad personal, en lugar de la ciudad donde nací. Quizás le hubiera gustado que respondiera rotundamente: «Soy catalán». Entonces pensaría: «¡Catalán!, ah!, ya entiendo todo, ya te conozco&hellip eres trabajador, tacaño, soso&hellip». Es decir, todos los tópicos al uso, buenos y malos. Y si al conocerme más, me considerara vago, generoso y divertido, me diría: «¡No pareces catalán!». Con tópicos de similar inexactitud hubiera reaccionado si le hubiera respondido que soy español. Los llamados caracteres nacionales, tan desmentidos por la realidad pero en los que todavía muchos creen.

¿El lugar de origen determina la manera de ser? Quizás en épocas pasadas fue así. Pensemos que hasta hace relativamente poco tiempo los españoles vivían de forma estable en un determinado pueblo o ciudad y, si por matrimonio, trabajo u otras razones, debían desplazarse, a excepción de los emigrantes a América, lo hacían a zonas cercanas. Se vivía en comunidades cerradas, con arraigadas viejas costumbres, dentro de espacios limitados. Apenas se viajaba y las maneras de vivir de otras gentes les parecían raras y, por supuesto, equivocadas.

Así pues, de generación en generación, se trasmitían los mismos prejuicios, a los que llamaban tradiciones y costumbres, no porque estuvieran determinados por la tierra en que se habitaba sino porque eran las creencias de los antepasados que te imponía la jerárquica comunidad en las que vivías. En estas sociedades, las personas que escogían otras maneras de vivir y de pensar eran consideradas excéntricas, cuando no chifladas, peligrosas y de dudosa moral.

Por tanto, la sociedad imponía tu forma de vida y era muy difícil sustraerse a esta presión. Con la lentitud propia del desarrollo histórico, todo esto ha ido cambiando: hoy estamos interconectados con el resto del mundo, escapamos de nuestros pequeños ámbitos de convivencia, tenemos un más amplio conocimiento de las cosas. Viajamos. La privacidad que permiten las ciudades alivia la presión social que forzaba los comportamientos individuales.

Consecuencia: nuestra manera de vivir y de pensar está pasando a depender de cada uno de nosotros, tenemos instrumentos para construir nuestra propia forma de vida, en definitiva, para construir nuestra identidad. ¿De dónde soy? De donde me da la gana. Ya no dependo del lugar de nacimiento. Soy libre o, cuando menos, soy cada vez más libre, puedo prescindir de los prejuicios heredados y construir a mi modo la personalidad propia. Estas son las nuevas condiciones que nos empieza a ofrecer la vida.

Naturalmente, seguimos en parte determinados por hechos que escapan a nuestra voluntad. En primer lugar, los biológicos, el ADN con el que nacemos. En segundo lugar, el entorno social: la familia, la posición económica, la educación recibida, el ambiente cultural. No somos, por tanto, absolutamente libres para escoger lo que queremos ser pero sí lo suficiente para tener cada vez más posibilidades de escogerlo. Probablemente en esto consista la verdadera igualdad social, la igualdad de oportunidades.

La identidad, nuestra manera de pensar y de vivir, cada vez más la escogemos nosotros mismos, nuestra libertad es cada vez mayor, también nuestra responsabilidad. No nos quejemos tanto, no echemos la culpa de nuestros errores a los demás: asumamos estas culpas, somos responsables de las ocasiones desaprovechadas, de aquello que pudimos hacer y no hicimos. La buena y la mala suerte existen, no hay duda. Pero hay que poner las condiciones para estar preparados cuando una de las dos se cierna sobre nosotros, para saber aprovechar la primera y poder sortear la segunda.

Estas reflexiones me las ha provocado la lectura, este fin de semana, de una respuesta de la conocida periodista francesa Anne Sinclair a las preguntas de un colega: «Tengo una identidad múltiple, soy francesa, soy mujer, soy de izquierdas, soy judía, soy periodista&hellip Todos somos un puzle de elementos diversos». Fíjense en los puntos suspensivos, indican que hay más elementos, todos variados, unos le vienen dados, otros son escogidos. Pero lo que se deduce es que la responsabilidad de construir el puzle es nuestra y esto hace que podamos determinar nuestra propia identidad, individual, distinta a las demás, única y singular. Con libertad, nazcas donde nazcas. Los tiempos han cambiado.