Jorge Robredo: «Aquí puedo vivir como pintor, en mi pueblo no»

Hace dos años se mudó a Sajonia de Erasmus y ahora tiene su propio taller donde expone sus obras

IRATXE GÓMEZ BRINGASBILBAO.
«Echo de menos muchas cosas, pero no puedo volver», dice. /E.C./
«Echo de menos muchas cosas, pero no puedo volver», dice. /E.C.

En tres meses tiene como proyecto pintar un mural de 5 metros de ancho por 3 de alto en la fachada de un restaurante español. Lo curioso de este trabajo es que se desarrollará en Leipzig, la ciudad alemana en la que Jorge Robredo puede vivir de lo que le gusta y en lo que se ha formado: la pintura. En ese mosaico no faltará el toro español, pero también aparecerán reflejados en sus azulejos los nombres de un montón de niños de un colegio ubicado a 500 metros del restaurante. El arte se saca a la calle en Alemania y, sobre todo, en la cuna de Richard Wagner y otros tantos artistas. Y es que Leipzig suena a Bach y vio nacer a uno de los artistas contemporáneos de más éxito internacional, el pintor Neo Rauch. «Aquí puedo vivir como pintor, en mi pueblo es imposible. La mitad de mi cuadrilla está en paro y son ingenieros, imagínate si regreso yo y digo que soy pintor. No puedo volver», se lamenta este vasco.

A los 16 años, Robredo ya experimentó su primera incursión en el extranjero. Fue a Dinamarca por un intercambio de estudiantes. En Bristol, Inglaterra, estuvo seis meses trabajando en un restaurante e hizo prácticas tres meses en Helsinki, en desarrollo de proyectos mecánicos. Afición tenía por aventurarse a conocer otras culturas. Finalizado ese periplo, regresó a Vitoria para trabajar en la empresa Volvo durante tres años. Pero pronto se dio cuenta de que no era lo suyo y, sin dejar el trabajo, comenzó la carrera de Bellas Artes. Su puesto en Volvo lo abandonó cuando le concedieron la beca del proyecto Amarika e hizo una pausa de un año para exponer y formarse en Munich.

Tras ese parón en Baviera, regresó a la carrera y el último año de la licenciatura le llevó de Erasmus a Leipzig. El año pasado se licenció y decidió afincar su residencia en esta ciudad del estado de Sajonia. «Vivir del arte ya es complicado de por sí, pero con crisis aún más. Aquí vendo cuadros y hago exposiciones. No me voy a hacer millonario, pero da para vivir», explica este alavés, del pueblo de Kuartango. No tomó la decisión más fácil, porque la mayor parte de los artistas le sugirieron Berlín como destino, pero tan solo dos meses fueron suficientes para que Robredo se diera cuenta que en la capital alemana «daba una patada a una piedra y salían centenares de artistas».

Cuenta con un taller propio donde expone sus trabajos, a los que se pueden echar un vistazo en www.kanaia.net, a modo de galería y estudio privado. Su pintura figurativa y expresionista y su enraizado carácter, con txapela incluida, le ha llevado a tener cierto reconocimiento, y que le encarguen trabajos como pintar la fachada de un restaurante. No todo ha sido color de rosa, el aterrizaje le costó por el idioma. Se sacó un título en la escuela pública y ahora lo practica con su novia. Muy necesario, porque confiesa que no es fácil relacionarse con los alemanes en Leipzig si no les hablas en su lengua. «Son reacios a contestarte en inglés». Será por eso que desde hace dos años no habla casi ni una palabra en español.

La única barrera casi infranqueable no fue la lengua, sino el tema burocrático. «Allí ya es exagerado, pero aquí te hacen dar mil vueltas y te ponen veinte mil sellos para todo. Y, por ejemplo, nosotros tenemos dos perros y nos obligan a pagar impuestos por ellos para poder pasearles por la calle, de 180 euros anuales, además de un seguro médico». Si solo se tiene un perro se paga de impuestos 60 euros, por dos más del doble. La sanidad tampoco es gratuita para la gente de a pie que, de no ser estudiante, tiene que desembolsar 200 euros mensuales. Eso sí, «incluye el dentista».

Salvo ciertos choques culturales, Robredo ha encontrado en Leipzig una ciudad emergente en la que poder desarrollar su profesión. Es uno de los recintos feriales más importantes de Europa. Y es que este alavés no sabe si es porque hay un mayor poder económico o existe más curiosidad, pero lo cierto es que en Alemania se consume más arte que en España. «Aquí se compran cuadros y existen muchas galerías pequeñas subvencionadas. En el País Vasco contamos con museos como el Guggenheim y el Artium, más elitistas, mientras que aquí hay gente que comercializa con el arte y se compran cuadros por 200 euros».

El hecho de tener unos sueldos más elevados que en España no significa que la vida sea más cara. Todo lo contrario. La renta de un alquiler resulta más económica, ya que en Leipzig poca gente entiende la necesidad de contraer una deuda hipotecaria para tener una propiedad. «Todo el mundo alquila, y tienen en cuenta cuánto espacio necesita. De ahí que los alemanes se independicen antes, ya que con 18 años se van a un apartamento de estudiantes pagando 150 euros por una habitación. Y cuando acaban la carrera y tienen trabajo, buscan algo mejor».

Pero el principal motivo por el que no regresa al municipio de Kuartango es porque no cree que pueda encontrar allí, ni en el País Vasco, una salida laboral a su profesión. «Me gustaría volver porque echo de menos muchas cosas, pero no puedo», concluye. Así que de momento, a corto plazo, me quedo en Leipzig».

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