Amaya, libre en 200 estilos

La nadadora invidente de Valladolid quedó quinta ayer en la final de una prueba que le abrió el mundo

ÍÑIGO GURRUCHAGA CORRESPONSALLONDRES.
A Amaya Alonso le queda por nadar los 100 libres y mariposa. ::                         E. C./
A Amaya Alonso le queda por nadar los 100 libres y mariposa. :: E. C.

La de 200 metros estilos es la prueba que, como aquella magdalena para el escritor Marcel Proust, puede ser el primer eslabón de una cadena de recuerdos que sirven para describir a Amaya Alonso, nacida en Valladolid hace 23 años, nadadora paralímpica por segunda vez en Londres, clasificada en la Babel de iniciales de estos Juegos como S12 o SM12, el grado intermedio de los invidentes. Alonso la nadó ayer dos veces. La primera, a media mañana, con el ánimo y el cuerpo cansados, pero con la fuerza suficiente como para meterse en la octava y última calle de la final. Por la tarde quedó quinta con 2.38.78 y fue la primera española, por delante de Deborah Font y Carla Casals. Ya había quedado sexta en las finales de 100 metros mariposa y 400 metros libres.

La de 200 metros es la prueba que le dio también la idea en 2005 de conseguir un pasaporte para recorrer el mundo en competiciones de natación. Tenía 16 años y ya entrenaba todos los días en el Club El Refugio de Huerta del Rey. Solía competir en campeonatos Open o en el Interautonomías y en uno de estos nadó para conseguir una marca que le diera derecho a irse a Colorado Springs. Estuvo a punto de no lograrlo porque resbaló en el poyete de la piscina Vicente Mosquete, en el complejo deportivo de la ONCE en Madrid, y el árbitro quiso descalificarla. Cedió tras las protestas y Alonso nadó en 3 minutos, dos segundos por debajo de la marca mínima que le exigían para viajar a Estados Unidos, donde se celebró en agosto el Campeonato del Mundo Juvenil. La alta competición permite viajar y el rostro de Alonso se ilumina de vitalidad fácilmente.

Ha viajado a muchos lugares -de los que ha conocido hoteles y piscinas, dice como queja leve- y reside ahora en el Centro de Alto Rendimiento, que forma a la élite olímpica en Madrid. Entró allí con un plan perfecto para ella, porque faltaba un año para los Juegos de Pekín y quería estudiar tras el bachillerato Fisioterapia también en Madrid. Pero tras el ideal aparecen los claroscuros del deporte a este nivel. Amaya Alonso se promete que este año va a dar prioridad a la carrera sobre la natación, porque le encanta y quiere ejercerla: «La fisioterapia le saca una sonrisa a la gente». Este curso pasado no le permitieran matricularse más que en una asignatura para lograr el nivel competitivo en Londres.

Flotador rosa, verde y blanco

Está en tercero pero a ver quién estudia con un régimen de dobles sesiones de piscina tres o cuatro días de la semana, más los sábados. Y desde junio lleva concentrada en un régimen diario de dobles sesiones de gimnasio y piscina, 5.000 metros por sesión. Menos mal que ahora puede ingerir pastillas de suero autólogo para evitar el dolor y las úlceras que el cloro del agua le daba en la córnea de sus delicados ojos.

«¿Pero qué hago yo aquí? Todo esto es irreal», se preguntaba y se decía el otro día, tras tantos esfuerzos, saliendo de la piscina por el pasillo de los nadadores y viendo a cuatro llorando desconsoladas, a otras dando saltos de alegría. Quizás es el momento de cambiar tras las dos pruebas que le quedan, los 100 metros libres, hoy, y los 100 mariposa a los que se ha dedicado tanto este año, mañana.

¿Cómo empezó toda esta locura? Pues en aquella piscina de piso inclinado en Laguna de Duero, a donde iba la familia en los días del verano. Su hermana, Irene, le pidió el flotador rosa, verde y blanco, ella se lo dio y se fue hacia su madre, Lourdes, que avanzaba hacia el otro lado. Cuando se dieron cuenta de que la niña estaba metiéndose en donde cubría los padres decidieron inscribirla en clases de natación.

Le enseñó a nadar Susana, de quien tiene un grato recuerdo, y aquella niña que nació prácticamente ciega del ojo derecho, con una visión quizás del diez por ciento en el izquierdo, empezó a nadar con gusto hasta competir en piscinas de las que no ve la pared del fondo, contra rivales a las que tampoco ve si van por la calle derecha y que celebran, algunas, la victoria y su marca en el tablero luminoso con una extraña rapidez y claridad para estar en la competición en la que se encuentran, porque Alonso sólo ve unas luces amarillentas.

Ha llegado a los Juegos Olímpicos, a sus alegrías y turbiedades, y le gusta el deporte. Por eso esta mujer a la que le encantan las películas de suspense -El Club de la Lucha- y que dice que la música es una parte importante de su vida -Louise Attaque, Vivaldi, Police, Ska-p, White Strips-, cuando habla de estar harta de tantas horas en la piscina y de cambiar, habla de regresar quizás un día a los Juegos haciendo triatlón o piragüismo.

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