La huella de los pastores vascos en Idaho

'The New York Times' destaca la influencia de la diáspora procedente de Euskadi en el noroeste de Estados Unidos

JUAN PABLO NÓBREGANUEVA YORK.
La huella de los pastores vascos en Idaho

De hacer caso a la vieja leyenda de Hollywood, la conquista del oeste de Estados Unidos fue cosa de un puñado de colonos convenientemente protegidos por el séptimo de caballería. Inmediatamente detrás, bravos cowboys al frente de interminables manadas de vacas se enfrascaron en un constante ir y venir por las Grandes Llanuras con el fin de proporcionar carne fresca a los habitantes de las boyantes ciudades que se iban creando. Pero, en medio de este trasiego y casi al mismo ritmo que el ferrocarril se abría paso por la frontera norte del país, otra casta de pastores procedentes del País Vasco lideró una revolución ganadera no menos decisiva, esta vez con la oveja como gran protagonista.

La huella dejada por esta comunidad a lo largo de más de 150 años de historia sigue viva pese a que aquel pastoreo tradicional que exportó el modelo de la trashumancia a los duros territorios de Idaho y Wyoming se halla en vías de extinción. A través del testimonio de hijos y nietos de aquellos pioneros vascos, la sección de viajes de 'The New York Times' ha llevado a sus lectores la historia de una comunidad poco conocida en el país pero tan vital en sus manifestaciones como los alemanes que poblaron Minnesota y Wisconsin o los italianos que se asentaron en Nueva York.

Solo en el entorno de Boise, la capital de Idaho, residen unas 15.000 personas de ascendencia vasca, «la concentración más alta fuera de Europa», destaca el rotativo. Como prueba del peso de esa comunidad, el diario destaca que el alcalde de la ciudad, David Bieter, pasó parte de su juventud en el País Vasco, «es quizás el único alcalde que hable euskera en EE UU». Muchas de las calles de la parte vieja de la ciudad tienen nombre vasco y dos celebrados restaurantes ofrecen un menú más propio de Bilbao o San Sebastián que de esta tranquila ciudad de la América profunda.

Henry Etcheverry es uno de los últimos pastores vascos en el oeste de EE UU. Aprendió el oficio de su padre, Jean Pierre Etcheverry, natural de la región pirenaica de Euskadi, desde donde emigró en 1929. En esa época la población de ovejas superaba a los habitantes de Ohio en siete a uno, la cota más alta alcanzada nunca y que coincidió con el inicio del declive de la inmigración vasca a este país. Las cifras hablan de decenas de miles repartidos por Idaho, Nevada, California, Utah y Wyoming. El destino de la mayoría fue el pastoreo, mientras otros prosperaron en el negocio ganadero o montando hosterías rurales y restaurantes, ideales para la vida nómada de los trabajadores.

Soy el último mohicano»

«Yo soy uno de los últimos mohicanos», dice Etcheverry al periódico neoyorquino mientras recuerda cómo a los 12 años ya iba solo al campo con sus animales. Como su padre, ha pasado la mayoría de su vida pateando el agreste paisaje del desierto de Minidoka. Allí pasa todavía semanas enteras, solo a lomos de su caballo, con un puñado de pertenencias, dos perros y durmiendo en una austera tienda de campaña. Esta vida quizás no es tan dura para él pero entiende por qué otros de su generación o los más jóvenes se han labrado su futuro en otras profesiones. Propietario de unas 2.000 ovejas, Etcheverry ha recurrido a dos peruanos para que le ayuden en las tareas de cuidar el ganado.

A poco que se le tira de la lengua, Etcheverry no puede evitar mirar atrás con la nostalgia con que se miran las cosas que van despareciendo poco a poco. «Este lugar ha dado sentido a nuestras vidas. Estos caminos fueron trazados por pastores vascos en 1880. Es fácil reconocer dónde acampaban solo por las latas oxidadas de tabaco 'Prince Albert' que aparecen de vez en cuando aquí y allá». Luego levanta la mirada y señala unas curiosas pirámides de piedra construidas por los primeros ganaderos hace más de un siglo en este desierto para indicar una fuente de agua.

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