Shalunov hace mucho más grande Moncaletre

Urtasun y Giovanny Báez, lastrados por Antonov, no lograron cazar al ganador que hizo buena su exigua ventaja en la llegada El ruso del Lokosphinx hizo buena una fuga que resultó agónica en los últimos diez kilómetros

ROBERTO RIVERALOGROÑO.
Evgeny Shalunov levanta los brazos en señal de triunfo al llegar a la meta en la calle Vara de Rey. ::
                         ABEL ALONSO/EFE/
Evgeny Shalunov levanta los brazos en señal de triunfo al llegar a la meta en la calle Vara de Rey. :: ABEL ALONSO/EFE

Evgeny Shalunov convierte en fiesta una jornada de desencuentros y se convierte, en presencia del primero, Vladimir Karpets, en el segundo ciclista ruso que estampa su nombre en el palmarés de la Vuelta a La Rioja. Lo hace a lo grande, pechando en solitario con los últimos veinticuatro kilómetros de la prueba, sin duda alguna los más determinantes. Y alimentado esta crónica con infinidad de incógnitas. Porque a la vista del rendimiento que ofreció en los tramos más exigentes del trazado, fundamentalmente en las rampas de La Aldea y La Población, en las que cimentó junto a su compatriota Alexander Riabkin una fuga determinante con más de un centenar de kilómetros por medio, después de aguantar el arreón de un grupo de osados que se largó a las primeras de cambio, todo invitaba a pensar que el pelotón y, con mas motivos los favoritos al triunfo, se enfrentaban a un aceptable escalador que difícilmente podría soportar la embestida de un grupo cuajado en el llano.

Pero el desenlace final, ese que descubre las cartas de los jugadores sin opción a la celada, demostró que se trataba de un excelente rodador, un percherón con capacidad para soportar la asfixiante presión de un trío de perseguidores desestructurado y un pelotón de mínimos sin orden ni concierto.

Vivir para ver. Tal y como se preveía, Moncaletre, ese puerto de tercera que se adivina sobre el quebrado paisaje de cereal que enmarca Moreda y Barriobusto, sobre barrancos a los que se aferra la vid como a un clavo ardiendo, y diseñado con dos descensos escalofriantes y dos paellas de dolor, una con un 18,8 por ciento de desnivel, volvió a ser de nuevo clave en el saldo final de la clásica riojana. Aunque a su manera, con sorpresa.

Se suponía que allí se emplearían a fondo los 'gallos', neutralizando la fuga que protagonizaban los dos corredores rusos y que había empezado a difuminarse en la llanura después de haber disfrutado, al paso por Fuenmayor, de más de cuatro minutos y medio de renta. Pero no fue así.

Shalunov y Riebkin transitaron, después del primer tránsito por la abrupta geografía alavesa, dejándose segundos vitales en el tramo que discurría por las localidades riojanas de Navarrete, Entrena, Lardero y Logroño. Pero regresando de nuevo a la campiña vasca con cierto margen de maniobra. Poco menos de tres minutos. Tiempo para forzar la hombrada, a la heróica, a pesar de haber entrado Riebkin en la reserva.

Su compatriota se percató de que cargaba con un lastre, metió un diente más en el piñón y gana cadencia en el pedaleo para desmarcarse, sin estridencias, en la subida a Labraza para meterle un minuto en poco menos de tres kilómetros. En buena medida por el despiste que el hombre de Caja Rural sufrió en la curva de sesenta grados que conduce a Moncaletre, a través de un callejón que esconde la parroquia del pueblo en la parte trasera. Se fue recto, agónico como rodaba, tratando de enlazar con el corredor del Lokosphinx. Y se dejó en la salida de pista medio mundo para perder el otro medio en la ascensión, marcado ya por el error que terminó de sentenciarle.

Por detrás aullaban los lobos. Euskaltel tirando a muerte de un reducido grupo de no más de treinta efectivos, sin la amenaza de Vobo o De la Fuente. Con Urtasun en punta de lanza. El resto de la nomina se había quedado agrupada en dos vagones sin fuerzas ni motivación, minutos atrás, fuera de juego.

El momento de la verdad

Ahí es donde comenzó, en realidad, la carrera, presentada hasta ese momento como un cruce de golpes sin tensión ni consistencia, en una salva de fugas amortiguadas y aceptadas cuando, con más de media carrera de por medio, en cabeza se situaron veintiséis corredores a la caza de Camilo Suárez, que afrontaba la subida al primer puerto de la prueba, La Aldea, con apenas veinticinco segundo de ventaja en la cima Félix Iglesias, la cota más alta de la vuelta. Cuando coronó La Población, asegurándose el premio de la Montaña, ya sólo le quedaban cinco en la cartera.

Primera escena de posición. Sin historia. La segunda cadena montañosa se encargaría de dictar sentencia y de dibujar, al tiempo, un escenario kafkiano, casi depresivo.

Alto de Moncaletre. Shalunov asestó el último golpe de riñón para tomar una bocanada de oxígneo y lanzarse a tumba abierta hacia Oyón, camino de Logroño, con un puñado de segundos, setenta y cinco, en el morral y dieciocho kilómetros por delante, obligado a no perder más de cuatro por kilómetro. Y con dos partidas en su busca. En la primera, dando la cara, el líder de Euskaltel Pablo Urtasun, el colombiano de UPM Giovany Báez y, determinante, su compañero en Lokosphinx Mikhail Antonov. En la segunda una jauría a la carrera, sin control.

Nadie pensaba en el éxito de la operación. Puede que ni siquiera el propio Shalunov que se despeñaba por las enrevesadas carreteras de Yécora, tendidas, en caída libre. Seguramente tampoco su director, Alexander Kuznetsov, que tuvo que poner orden en el trío perseguidor y recordar a su segunda baza, Antonov, que por delante estaba un compañero de filas.

¿Difícil de creer? Hasta ese momento, con el ruso entrando al relevo de vasco y sudamericano, la ventaja del fugado se fue viniendo abajo para situarse en un minuto al paso por Oyón, a diez kilómetros. después se fue frenando para ofrecer al respetable una persecución agónica, abocada al suspense más estresante. Cincuenta y siete segundos a siete de meta, cincuenta a seis, cuarenta y cinco en los cinco últimos... ¿treinta y ocho al afrontar los dos finales y treinta en el último?

La lógica impuesta a martillazos por el máximo responsable de la formación rusa había reconvertido a Antonov, hasta ese momento un engranaje más de la ruleta que trataba de dar caza a su compañero, en una carga. Y en una amenaza. La condición de hombre rápido que se le otorgaba el papel de favorito en un hipotético y reducido sprint. Y Urtasun y Báez dejaron de colaborar para cargar con esa bomba en la maleta. A Shalunov se le abrieron las puertas del cielo, las mismas que imaginó ver al coronar en Moncaletre.

Carrera bloqueada, a favor del ruso que se deshizo en la línea de llegada, ante un público que había escuchado atónito la secuencia temporal del fin de carrera. Y en la parte de atrás, donde tomó cuerpo la enésima duda de esta jornada de desencuentros. Al ya aludido, el que se produjo entre el trío que apostaba al máximo, se suma el vivido en el pelotón que apuraba las últimas opciones de jugarse el triunfo en una llegada masiva, a las bravas.

Se movió, con más componentes, siempre por detrás del trío puente y con un retraso de diez segundos. Y por mucho que cueste de creer no fueron capaces de atajar la sangría que sufría por delante. No fue, de suyo, capaz de atajar la que se vivía en su seno, con infinidad de intereses imposibles de compatibilizar aunque sólo fuese por un momento.

Moncaletre había bendecido a Evgeny Shalunov y él, en prenda, hizo más grande aún a la cima de la Rioja alavesa.

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