Laia: «Le taponé la herida con una bufanda del Athletic prestada, pero sangraba muchísimo»

Joven malagueña que pasaba unos días en Bilbao con su novio y se vio inmersa en los altercados tras el partido. «No sé si fue un pelota de la Policía o un botellazo. No lo vi»

KOLDO DOMÍNGUEZ KDOMINGUEZ@ELCORREO.COMBILBAO.
Más de un millar de personas participó ayer en la concentración convocada por los amigos de la víctima. /L. Ángel Gómez/
Más de un millar de personas participó ayer en la concentración convocada por los amigos de la víctima. /L. Ángel Gómez

Su relato estremece. Han pasado ya cuatro días desde los altercados pero en sus palabras aún se escucha el miedo y la tensión que pasaron en el callejón de la calle Díaz de Haro donde resultó herido de muerte Iñigo Cabacas. Fueron «unos pocos minutos» que en sus cabezas se vivieron «como horas». Laia y Roberto son una pareja de Málaga y estaban de vacaciones en Bilbao «visitando a unos familiares y disfrutando de la victoria del Athletic». Ellos no hablan de hipótesis ni elucubran. No divagan. Estuvieron allí y así lo cuentan a EL CORREO y así se lo han detallado a los policías con los que ya han hablado. «Lo que no podemos decir es qué le pasó a Iñigo (en todo momento se refieren al joven por su nombre de pila). No sabemos si fue un pelotazo de la Policía o una botella», aclaran los dos.

Su narración arranca justo después del partido. «Vi a mi novia subida en la jardinera que está en medio del callejón. Somos de Málaga. Ni idea de que ahí está la herriko taberna. Había buen ambiente y punto. Venía con un familiar del partido y ella nos estaba esperando con otras chicas allí. Le saludé y entré al servicio a un bar. El inicio de la bronca me pilló en el interior del local. Cuando intenté salir la gente empujaba hacia dentro. Se oían gritos y se escuchaban los pelotazos golpeando en la persiana del local», explica.

La joven revive la tragedia minuto a minuto. «Estoy de pie en la jardinera central esperando a mi novio y no me doy cuenta de lo que está pasando», narra Laia. «De repente, a todo lo largo de la calle, se colocan tres furgonetas de la Ertzaintza. Estoy de pie. '¿Pero qué está pasando? No lo entiendo', le digo a la prima de mi chico. Oigo una bola sobre mi cabeza. Estoy sorprendida. No sé qué hacer. Les grito a los policías. '¡No, no, que no estamos haciendo nada!'. Estoy con las manos arriba para que me vean pero, por instinto, me acurruco. Intento resguardarme», recuerda con una sorprende serenidad.

En este momento, Roberto interrumpe el relato cronológico y vuelve atrás para hablar sobre la pelea que supuestamente llevó a la Ertzaintza a intervenir. «El ambiente era cojonudo. Estábamos todos tranquilos. Pero por allí andaban dos subnormales buscando jaleo incluso antes del partido. Uno era muy corpulento y como sudamericano. El otro tenía marcas en la cara, cicatrices. Los dos eran de esos que te pegan y no huyen, sino que se quedan a retarte más. Yo vi cómo el primero se pegaba con uno que llevaba una bufanda del Athletic. Ésa fue la pelea». Roberto no sabe si ese altercado fue el detonante de todo lo sucedido después -«lo desconozco así que no hablo de ello»-, pero sí tiene claro que los botellazos hacia la Policía «vinieron después» de la primera carga».

«Sale, dispara y se cubre»

Laia retoma el hilo de la narración. «Junto a mí hay dos niñas de 17 años histéricas. Les digo que se pongan detrás de mí para intentar protegerse. ¡Es que no disparan al aire! Tiran a la misma altura del cuerpo. Me fijo en uno de ellos. Está en la puerta trasera de la furgoneta. Sale, dispara y se cubre con la puerta. Vuelve a salir, dispara y se cubre. Como en una película», detalla. «Ahora se lo estoy contando a mis amigos de Málaga y flipan».

Todo es confusión a su alrededor. Las pelotas de goma vuelan por todos los lados. «No sé qué hacer. Las dos chicas que me acompañan intentan hablar con los policías para que paren. Les dan con la porra. Decido saltar de la jardinera y refugiarme en un bar pero la persiana está bajada y no puedo. En ese momento es cuando veo por primera vez a Iñigo», advierte la joven.

«Está tirado en el suelo. 'Dejarme ayudarle', les digo a la gente que está con él. He sido socorrista y sé qué hacer. Tiene convulsiones y los ojos parpadeando. No responde a nada. Saco las gafas y compruebo que respira (el aliento empaña los cristales). A mi lado está también una enfermera que intenta tomarle el pulso pero hay demasiado ruido y jaleo. Iñigo tiene una herida en la parte de atrás de la cabeza. Es grande y sangra muchísimo. Además de la oreja le sale un hilo continuo de sangre. Le empiezo a preguntar '¿cómo te llamas?' Les pido prestado las bufandas del Athletic a una chica y un chico que están a mi lado para taponarle la herida. Cuando quito la mano con la que le aguanto la cabeza me encuentro un coágulo de sangre tan grande como mi palma. Tengo 32 años, así que mi mano no es pequeña. Le apoyo en mi brazo para que no se ahogue si vomita. No responde a nada. Le giro un poco y entonces empieza a vomitar. Le retiro el vómito con mi mano. Vuelvo a coger las gafas».

Todo ha transcurrido en un instante. De la celebración al drama. «Sigo con Iñigo. No sé cuánto tiempo llevo. Alguien me coge del brazo. Es un ertzaina. Me dice 'salte de aquí'. Le digo que no. 'Que te salgas de aquí', me repite. 'Que no', le contesto. Es verdad que le grito y le insulto de todo. Estoy muy nerviosa, pero en todo momento intento hablar con Iñigo de forma tranquila. Le pregunto cosas pero sigue sin responder. Después llega una ambulancia y se lo llevan. Entonces entro en un bar y me lavo la sangre».

La pareja malagueña tiene previsto presentar en las próximas horas en un juzgado de la ciudad andaluza una declaración aún más detallada para que sea tenida en cuenta en las investigaciones policiales. Su testimonio, así como el de otros testigos que presenciaron los incidentes permitirán esclarecer las circunstancias exactas que desembocaron finalmente en el fallecimiento del joven vizcaíno.

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