Beñat Intxausti olvida su cojera

Tras pasar por las manos del biomecánico del Movistar, el vizcaíno se reencuentra y queda segundo en la Manzaneda

J. GÓMEZ PEÑAMANZANEDA.
Intxausti, ayer tras cruzar la meta. ::
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Intxausti, ayer tras cruzar la meta. :: AP

Hasta la etapa de ayer, Beñat Intxausti no se reconocía. Casi humillado por la Vuelta. Todo el día a cola, entre los coches, sin ver más que la espalda del pelotón. Arruinada la moral. Ayer se fugó desde la salida y llegó segundo, tras Moncoutié, a la meta. «Moralmente me hacía falta algo así, me va a venir muy bien. A ver si es el punto de inflexión, puedo tener algún otro día bueno y rematar con un triunfo de etapa. Quedan por delante varios finales en alto y las etapas del País Vasco, que conozco al dedillo», declaró en la Manzaneda. Casi tan feliz como el ganador. Como el que se reencuentra con su mejor versión. Esa metamorfosis en apenas 24 horas tiene una explicación. Biomecánica.

«Dice mi abuela que aprendí a andar en bici muy pronto, con tres años», cuenta Beñat Intxausti. Pero todo se olvida. De hecho, desde que se cayó en el Tour, llevaba semanas mal subido en su bicicleta. Y él sin saberlo. Descubrió ese desequilibrio el martes, jornada de descanso. Se lo desveló Jon Iriberri, biomecánico del Movistar. El técnico navarro se desplazó hasta el hotel de Ourense donde estaba Intxausti. Tenía trabajo. Había que recolocar sobre la bicicleta a los caídos, a Erviti, a Lastras..., y comprobar que los que siempre tienen problemas con la posición, como Bruseghin, no se habían torcido. Intxausti estaba entre los que habían sufrido accidentes. Uno en el Tour y otro en la Vuelta a Burgos. Iriberri le miró y le dijo: «Vas torcido». El ciclista no le creía. El biomecánico le movió, le puso en su sitio. «Ahora sí que voy torcido», protestó Intxausti. Se equivocaba. Tras la caída del Tour, su cuerpo, por proteger el lado dañado (el derecho), había incrementado el trabajo del costado izquierdo. Intxausti pedaleaba mal estibado. Cojo sin saberlo.

No sabía lo que le pasaba

«Beñat estaba muy preocupado -relata Iriberri-. No sabía lo que le pasaba. No subía de 155 pulsaciones. No iba». El técnico lo montó en la bicicleta. Un vistazo bastó. Intxausti no era Intxausti. «Como se había llevado un fuerte golpe en el codo derecho durante el Tour y había vuelto a caerse en Burgos, llevaba ese lado como colgado, sin sujetar. No empujaba con la pierna derecha». Eso dijo la máquina del biomecánico. Los números no engañan. «Beñat había perdido la memoria de esa zona». No había conexión entre las órdenes del cerebro y la articulación derecha. Iriberri pulsó el interruptor. Intxausti, que dudaba al principio, ajustó sus medidas al dictado del biomecánico. «Creen que van bien y, sin embargo, tras una caída retuercen su posición sin darse cuenta», resume Iriberri, uno de los técnicos elegidos por la Unión Ciclista Internacial para impartir clase en su centro de alto rendimiento.

Unos milímetros aquí, un estiramiento allí... Y milagro. El Intxausti de siempre estaba ayer de vuelta. De arrastrarse a entrar en la fuga. En la buena. «Desde la salida me he encontrado bastante bien, he tenido la suerte de coger la escapada, pero también ha sido por piernas». Otra vez tenía dos. Aprendió a andar en bici con tres años y también ahora, con 25. Lo notó. Al fin tenía un buen momento en su peor año, el de las caídas y la muerte en sus brazos de Xavier Tondo. Sólo le faltó ganar. «Es que en la fuga se han metido ciclistas muy buenos, como Paulinho, Luis León...». Y el mejor en estas etapas, el peor rival: Moncoutié. «Estaba claro que era la rueda a seguir. Le he aguantado en los dos primero ataques, pero luego ya no he podido y aunque nos hemos juntado cuatro, ya veíamos que se nos iba y no había nada que hacer». Acabó segundo.

Y eso, aunque no cuenta en el palmarés, es un triunfo. «Me deja un buen sabor de boca por las sensaciones que he tenido y por haber sido protagonista». Y por sentirse Intxausti, el ciclista que parece hecho para este deporte, para las grandes vueltas. «Es que hoy -por ayer- parecía otro corredor. Me sentía a gusto». Tras semanas cojeando, había echado a andar.

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