Antón se derrite en Sierra Nevada

El vizcaíno cede minuto y medio a todos los favoritos en una etapa que se lleva Dani Moreno

J. GÓMEZ PEÑA ENVIADO ESPECIALSIERRA NEVADA.
El ciclista de Galdakao, en pleno esfuerzo durante el ascenso a Sierra Nevada. Su rostro lo dice todo. No iba. ::
                             EFE/
El ciclista de Galdakao, en pleno esfuerzo durante el ascenso a Sierra Nevada. Su rostro lo dice todo. No iba. :: EFE

«¡Suave! ¡Más suave!». Igor Antón sufrió un cortocircuito a 8 kilómetros de Padrollano, la meta más baja de Sierra Nevada. Resoplaba. Escupía saliva seca, pegajosa, de goma. Masticaba sed. La sal del sudor le quemaba los ojos. Aunque prefería no mirar. Delante se le alejaba un grupo de casi cincuenta ciclistas: el ganador de la etapa, Dani Moreno, y los favoritos, 'Purito' Rodríguez, Nibali, Wiggins, Van den Broeck, Scarponi, Menchov... Y también Martin, el navarro Nieve, Zubeldia, Sastre, Bruseghin, Brajkovic... Todos menos uno: Antón. «¡Suave! ¡Más suave!», les rogaba a Verdugo y Txurruka, los dos escuderos que se quedaron con él para ver, juntos, cómo con ese grupo a Antón se le iba la Vuelta: en la meta cedió 1 minuto y 27 segundos. Ya está a casi dos minutos de Nibali. «La carrera se me ha complicado mucho», reconoció. «Bueno, pero esto es largo. Aún puedo darle la vuelta al cuerpo y hacer algo», se consoloba entre jadeos. Gotero de sudor en la barbilla. La boca seca. «Todavía puedo ganar etapas», se prometió. Lo intentará en una Vuelta que no parece ya la suya.

Igor Antón es un ciclista con la fe justa. Para creer necesita tocar. Eso que él llama 'tener sensaciones'. Palparlas. El domingo anterior al inicio de la Vuelta a España tenía cita en el confesionario. La prueba de la verdad. Quedó con su director Gorka Gerrikagoitia para realizar el test definitivo. Antón lleva un año buscándose. No ha vuelto a ser el que fue en la Vuelta de 2010, cuando sólo una caída le hurtó el éxito. Esa mañana dominical, Gerrikagoitia acudió en moto, potenciómetro en mano. Así, cada uno sobre ruedas de distinto ancho, subieron hasta el Balcón de Vizcaya, la cima que todo lo ve. El ciclista atornilló al límite sus piernas. Pulso galopante. Se desplegó allí, en solitario, con 'Gerri' y el potenciómetro como confesores. La verdad. La máquina de los vatios no miente, no peca: «El test fue bueno, pero me faltó un punto». Antón no terminó de reconocerse. Y dudó. Ácido corrosivo para la moral.

Durante días ha tropezado con esa duda. Le carcomía. También ayer por la mañana en el Monasterio de Santa Eulalia, el hotel de la sierra de Totana donde durmió con sus dudas botando sobre la almohada. «Hoy es un test importante», repetía en el desayuno. Egoi Martínez, su compañero y guía, le restaba tensión. «Tu cara no, que eres feo, pero ya me gustaría tener tus piernas, ja, ja», le bromeba a Antón, que algo rumiaba antes de partir hacia la etapa de Sierra Nevada. La montaña del sol. La que derrite hasta la nieve más alta de la península. La que fundió ayer a Antón. La nieve, ya se sabe, es un milagro efímero. Tiene épocas. Y ayer, Antón no se sintió ni en su momento ni en su paisaje: demasiado calor, un puerto largo y sin rampas, unas piernas arruinadas, una duda arañándole la cabeza. En 2008 y 2010, las caídas le tacharon de la Vuelta. Ahora, la sierra de Granada ha emborronado su nombre en la lista de favoritos. Así llegó a la meta, lejos de todos y de la Vuelta. Aunque con el aliento suficiente para sostener una esperanza. «No he perdido tanto tiempo».

Cerrando el grupo

Pero lo ha cedido ante todos. Algo de eso temía en la salida desde Baza, el pueblo de las casas-cueva, el que descansa en la primera rampa del alto de Filabres. Por ahí partió la carrera. Bonnafond, Vorganov, Rohregger, De Kort y Bagot pusieron pronto precio a la escapada. La apañaron en Filabres y la terminaron en el ecuador de Sierra Nevada. La Vuelta aún era un enigma. A 15 kilómetros del final, se vio a Antón cerrando el grupo. Verdugo le dio comida y agua. No bastó para sofocar el incendio interior. «He pensado que iba allí para despistar», declaró su compañero Juanjo Oroz. Recordaba la exhibición del vizcaíno en Andorra el año pasado. Aquella remontada: de último al primero. Ayer no jugaba al despiste. Simplemente, no iba. Siete kilómetros más allá, se descolgó. Sonó como el golpe de un martillo. Clavado. «¡Más suave!».

La Vuelta estaba delante. Nibali se atrevió frente el viento en contra. Ataque táctil, para pulsar el estado de forma del resto. Le respondió Nieve, el navarro, la otra cara de la moneda del Euskaltel. «Pero el líder sigue siendo Igor», se apartaba Nieve. Nibali pedaleaba con ojos de cálculo. No era el día. Sierra Nevada es una belleza gigante, aunque pierde talla cuando la meta está en Pradollano, sin subir el tramo más pino. El italiano dejó hacer. Intercambió miradas con Wiggins, 'Purito' y Van den Broeck. Por allí ya no andaban el líder, Lastras, ni tampoco Intxausti. Sí relucía el casco de Sorensen, el danés que cocea los pedales. Saltó, trotó, atrapó a los últimos fugados y tiró hacia la meta.

A cien metros, en el grupo, Dani Moreno le pedía permiso a 'Purito' para entrar en la puja por la etapa. «Vete a por ella». Y se fue. Cogió a Sorensen y sonrió. «Sabía que era más rápido que él». Y lo fue. Su gran triunfo. La victoria que no pudo lograr su padre, que hace mucho ya se fue a la 'mili' con la promesa de que a su regreso debutaría como profesional en el equipo de Bahamontes. El toledano no cumplió su palabra y el padre de Dani Moreno tiró la bici. A otra cosa. Ahora, el hijo ha completado el camino. Durante algún invierno, el hijo trabajó con el padre en la cerrajería. Ayer, Dani abrió en Sierra Nevada la puerta que queda semicerrada para Antón. El primer portazo de esta Vuelta.

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