Los cuadernos de un viaje dibujado

Javier de Blas relata con trazos de lápiz y acuarela cuatro meses de odisea por la geografía mediterránea

MIREN BORONATLOGROÑO.
Torre del Ayuntamiento de Siena, desde la casa en la que se hospedaba. ::
                             DIBUJOS: JAVIER DE BLAS/
Torre del Ayuntamiento de Siena, desde la casa en la que se hospedaba. :: DIBUJOS: JAVIER DE BLAS

El cauce burgalés del Ebro -en las estribaciones de Santa María de Garoña-, Logroño, Zaragoza y la desembocadura en el Delta marcaron en marzo el arranque de la aventura personal y artística de Javier de Blas, dibujante, profesor de la Escuela Superior de Diseño de La Rioja y miembro desde hace dos años del movimiento internacional 'Urban Sketchers'.

La concesión de una licencia por estudios para completar un proyecto de investigación en marcha le dio el impulso que necesitaba para embarcarse en un viaje que le interesaba, «tanto personalmente, como desde el punto de vista pedagógico». Han sido cuatro meses, desde marzo hasta bien entrado julio, con sus respectivos días repartidos entre las horas dedicadas al trabajo de investigación y aquéllas entregadas al puro deleite de ir completando páginas con los trazos captados de todo lo que iba pasando ante sus ojos: a veces de forma casi instantánea, otras otorgando más tiempo al detalle y al color.

«Subí desde Deltebre y, tras una breve estancia en Barcelona, tomé un vuelo hacia Palermo», apunta. «Allí permanecí por espacio de una semana, centrándome y tratando de poner en marcha el blog». Titulado 'Desde la bañera', este enlace ha permitido seguir al artista en cada etapa del viaje a través, no solo de sus dibujos, sino de los textos que en ocasiones los acompañaban, permitiendo una mayor cercanía con las sensaciones percibidas en determinados momentos, lugares, situaciones.

Paréntesis y Costa Azul

A Palermo le siguieron diversos puntos de Sicilia: «Pasé el estrecho de Messina para ascender a continuación hacia Pompeya y Nápoles, donde me esperaba una colega 'sketcher' que me ayudó a moverme por esta ciudad», que es, en palabras del dibujante, «sumamente intensa en todo y algo peligrosa para quien no la conoce». La siguiente escala, Roma, marcó el primer paréntesis de la travesía: «Tenía la idea de hacer un corte de vez en cuando, para evitar la saturación que un viaje de cuatro meses ininterrumpidos podía ocasionar. Aproveché para acercarme a San Sebastián un par de días y participar en una reunión de 'sketchers' convocada allí».

El regreso al periplo supuso un cambio radical respecto al plan previsto, tras incorporarse la mujer de Javier, Charo, su fiel perra Frida y una amiga: «Nos montamos los cuatro en el coche y nos dirigimos hacia la Costa Azul, circunstancia que aproveché para entrar en contacto con la huella de tres grandes pintores: Van Gogh en Arlès, Cézanne en Aix en Provence y Matisse en Niza». Una visita al blog nos lleva a reconocer sin dificultad la interpretación que el dibujante hace del Puente de Langlois, pintado por el atormentado holandés en 1888. «No pretendía hacerlo igual ni diferente: solo dejarme llevar... Fue como visitar a mi santo preferido», reconoce.

Tras el paso por las Cinco Tierras, porción de Italia salpicada de preciosos pueblitos costeros, la comitiva llegó a Pisa, donde él captó escenas de la plaza y de su curiosa catedral: «Por dejar la torre para el día siguiente, me quedé sin dibujarla», lamenta. De camino hacia Roma, los viajeros contemplaron admirados las magníficas montañas de mármol de Carrara. Tras acompañar a las chicas de regreso a España, tomó un barco de vuelta a Civitavecchia.

De la capital eterna a Rodas, «lugar muy bonito pero repleto de turistas», y las islas del Dodecaneso, seguidas de Atenas y Estambul: «Había quedado con un dibujante francés afincado en Barcelona y con una chica americana que reside en la ciudad turca. De allí marché a Salónica, donde un taxista me robó el ordenador: no me lo podía creer».

Monte Athos

Si algo ha quedado en la retina y en el corazón de Javier de Blas ha sido el Monte Athos, una península teocrática regida por monjes repartidos entre una multitud de monasterios, algunos literalmente colgados al borde de los abruptos acantilados. «Necesitas un visado que te permite pasar tres días con alojamiento y dos comidas vegetarianas al día, muy sencillas pero magníficas. Conocí a un monje bizantino, también pintor, con el que mantuve una larga charla y al que hice un retrato. Le sorprendía mi manera rápida de dibujar, tan diferente a las técnicas que empleaban ellos en sus trabajos de restauración. Me recomendó volver con más tiempo», rememora.

Desde Grecia, avión a Milán para visitar el norte de Italia. Tras recoger de nuevo a Charo, remate en Venecia, Rávena «con sus maravillosos mosaicos» y Faenza. Y ya desde Bolonia, el regreso a casa.