Gilbert, sin regalo de cumpleaños

El belga, imbatible en las clásicas, no pudo con Contador en un final ideal para sus condiciones de rematador

J. GÓMEZ PEÑAMURO DE BRETAÑA.
Gilbert no pudo con Contador en la llegada al Muro de Bretaña. ::                             EFE/
Gilbert no pudo con Contador en la llegada al Muro de Bretaña. :: EFE

A Philippe Gilbert, sus padres le daban permiso para no ir a la escuela cuando se disputaba la Flecha Valona. La casa familiar está en Remouchamps, en la primera rampa de La Redoute, uno de los hitos de otra gran clásica, la Lieja-Bastogne-Lieja. La infancia en Bélgica está rodeada del mejor ciclismo. Un país en bicicleta. El padre de Philippe fue corredor y también su hermano, doce años mayor. Él creció en excursiones de fin de semana para ver correr al mayor de los Gilbert. Un miércoles al año, excepcionalmente, hacía 'pira' para ver la Flecha Valona. Y el domingo de esa misma semana, veía pasar junto a su portal la hilera veloz del pelotón de la 'Lieja'. Ojos como platos.

Una vez, incluso, esperó a Jalabert, que andaba por allí en un entrenamiento previo a la carrera. Un crío agazapado en la esquina, nervioso. Ahí viene. A por él. Y se le puso a rueda, entregado. Dio lo que pudo en el desnivel de La Redoute. No resistió el ritmo de Jalabert hasta arriba, claro. No tenía edad para tanto. Ayer cumplió 29 años y quiso pero no pudo regalarse otra etapa del Tour. Contador le ahogó. No pasa nada. En abril ganó la Lieja-Bastogne-Lieja, la Flecha Valona y la Amstel Gold Race. Todas las carreras que poblaban su paisaje infantil.

Ahora él es Jalabert. Aunque a su manera. «Gilbert es como Messi. Sabes que en los metros finales, si la carretera se empina, va a rematar», define su antiguo director en la Française des Jeux, Marc Madiot. Gilbert es feliz ganando. Y si no gana, también. Tiene estética 'poligonera', de discoteca de extrarradio. Pelo rapado por los laterales y amarillo. Aro colgante de las orejas. «El ciclismo no me ha quitado la juventud. No llevo una vida de cura. Cuando era juvenil me tomaba mis cervezas. Eso sí, cuando empezaba la temporada, toda mi vida era la bicicleta», recuerda.

Sigue igual. El año pasado escribió en su cuenta de 'facebook': «Hemos dejado al crío en casa y nos vamos al concierto de Tiësto». De DJ Tiësto, uno de los mejores y mejor pagados 'pinchadiscos' del mundo. Gilbert y él son íntimos. El ciclista suele elegir Ibiza para sus vacaciones, la isla donde su amigo marca el ritmo en la discoteca 'Privilege'. Ciclista 'techno-trance'.

A Gilbert, los suyos le llaman 'Phil'. Durante años fue el otro ciclista belga, a la sombra del arrollador Tom Boonen. Las dos Bélgicas. Gilbert es valón, francófono, hecho para las clásicas de asfalto; Boonen es flamenco y rey de las pruebas sobre adoquines. «Yo sólo tengo un país -aclara Gilbert-. Soy belga antes que valón». Unificador. A Boonen le pudieron la fama, la noche, la cocaína...

Con Gilbert hoy no puede nadie: acabó 2010 con victorias en el Giro del Piamonte y el Giro de Lombardía, y ha devorado en 2011 cada carrera que ha pisado. «Hoy voy a estar imperial», les dice a sus compañeros de equipo en las horas previas a las competiciones que luego gana. Y suele cumplir. Sólo ciclistas como Contador ayer o como Valverde o Sagan parecen con fuelle para rivalizar con él.

El primer triunfo

«Recuerdo bien mi primera victoria, un campeonato provincial cuando tenía catorce años. Llegué solo. Y descubrí el placer de la victoria. Que no pare nunca». Como la música de Tiësto. Dejó el fútbol y se hizo ciclista en los criteriums y el ciclocross belga. Aprendió a ser veloz, listo y hábil. «No suelo caerme. Mi primera caída como profesional fue en mi tercera temporada». Le gustan las carreras guerreras, el caos. «Adoro todo eso, la velocidad, los muros, el viento, la lluvia...».

Y la limpieza. Es uno de los ciclistas que ha levantado el dedo para decir que él no recurre al dopaje. Bien alto. «En el ciclismo se puede llegar arriba con cualidades y voluntad, sin dopaje. Mis victorias tienen un gran valor por eso. Sé que no se las he quitado a nadie. Me pertenecen al cien por cien». En un deporte tan silencioso, suena alto. Claro.

Música electrónica. Tiësto y Phil. El gran clasicómano de hoy. El crío a rueda de Jalabert. Con once años, como cada vez que llegaba el Mundial de ciclismo, la familia Gilbert pasaba la mañana y la sobremesa con la nariz en la televisión. También aquel domingo de 1993. Llovía a mares en Oslo, la ciudad del circuito. Y los Gilbert vieron ganar a un recién llegado, un tal Lance Armstrong, que había impedido la victoria de Induráin. «Ver aquello me puso los pelos de punta», recuerda. Ahora los lleva amarillos. El color del Tour.

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