Tarradellas, 'hijo de Madrid'

Josep Tarradellas fue un catalanista que valoraba su condición catalana como española. Deseaba savia nueva para «dar nobles ambiciones a España»

MIGUEL ESCUDERO

Con 40 años de edad Josep Tarradellas se exilió en Francia, donde residió desde 1939 hasta 1977 (casi otros cuarenta años). Solo aceptó regresar a Barcelona en calidad de president de la Generalitat de Cataluña, y así fue. Se le nombró para tal cargo en verano de 1954, días después de que Pau Casals rechazase tener esa «representación política». Vivo y muerto, Tarradellas ha sido objeto de incesantes calumnias y menosprecios, de procedencias curiosamente muy diversas. En 1967, un fundador de Òmnium Cultural se refería a él en estos términos: «Un pobre loco amargado», «el gran resentido, el gran envidioso que no hace y trata de no dejar hacer a los otros», «el hombre que fracasó en Cataluña y ha fracasado en el exilio». Y cogiendo carrerilla en su aversión: «todo hace pensar que la esquizofrenia se ha apoderado de él» y por eso instaba a «hacer lo necesario para recluirlo en una casa de salud», y «no hace falta decir que todos los amigos de aquí contribuiríamos económicamente». La mezquindad puede producir pesadillas.

Poseedor de una excelente memoria, Tarradellas lo guardaba todo, todo menos el odio. Su archivo personal está compuesto por más de dos millones de páginas que la comunidad cisterciense de Poblet, muy apreciada por él, guarda con celo. Es accesible para los historiadores, con dos salvedades en el día de hoy: la documentación acerca de denuncias y delaciones en la retaguardia de la Guerra Civil, y la correspondencia que cruzó con quien le sucedió. Por cierto que Tarradellas dijo de Pujol que le habían pasado tantas cosas con él que «lo conozco de arriba abajo. Nada de él me sorprende. Conozco sus recursos psicológicos». Así consta en el reciente libro del periodista catalán Jesús Conte 'Tarradellas, testigo de España'.

Fue un catalanista que valoraba su condición catalana como española. Deseaba con sinceridad que hubiese savia nueva para «dar nobles ambiciones a España», lo cual pasa por conseguir un mejor entendimiento entre los distintos españoles. Invitado por el Parlamento Foral, viajó en 1979 a Navarra y dos partidos minoritarios, EAJ-PNV y HB, se quejaron y se dedicaron a boicotearlo. Josep Tarradellas afirmó que hablando se entienden las personas y que por eso estaba ahí. Recordó que nadie, en cambio, le había recriminado un año antes que hubiese ido a Euskadi al entierro de Ajuriaguerra, presidente del EAJ-PNV en el exilio. ¿Por qué esa diferencia?

Hace veinticinco años, el Ayuntamiento de Madrid le otorgó el título y medalla de hijo adoptivo de la Villa «por todo lo que ha hecho por Madrid y por España». Singular testigo de la España diversa, Tarradellas aceptó ese homenaje «con emoción y alegría». Meses después, un año antes de su muerte, el alcalde socialista Juan Barranco viajó a Barcelona para darle en su domicilio el galardón. Todo esto hoy parece increíble, pero es fascinante y marca la mejor de las rutas.

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