Samuel se queda con Arrate

El campeón olímpico gana por astucia la etapa reina, pero no distancia a Kloden y Horner, favoritos para la crono de mañana

J. GÓMEZ PEÑAARRATE.
'Samu' Sánchez celebra la victoria./Borja Agudo/
'Samu' Sánchez celebra la victoria./Borja Agudo

En la salida, los ciclistas se sienten como a la entrada de un túnel. No saben lo que les espera. A la una menos cuarto, Amurrio está envuelto en sol. Ya sudan. Los aficionados buscan a Samuel Sánchez. Fotos, firmas, palmadas... El campeón olímpico sonríe hacia fuera y da vueltas por dentro. Bajo su casco esconde un tablero de ajedrez. Mental. «Es que en una etapa como la de hoy, no sabes qué hacer. ¿Salgo a por Horner si ataca pronto? ¿Miro a Kloden? ¿Cómo se moverá el Movistar?», piensa en voz alta. Y, antes del pitido inicial, huye del bullicio y da una pequeña vuelta. Treinta pedaladas a solas, musitando, en su laberinto privado. Vuelve y sigue con su partida interior: «Tengo que tener sangre fría». Encima del tablero, el termómetro roza ya los treinta grados. «Va a ser una etapa del Tour».

En la meta, al salir del túnel, los ciclistas son otros. Disecados por el esfuerzo, pero ya tranquilos. Una ristra de cámaras sigue a Samuel, vencedor en Arrate con el mismo tiempo que los otros diez aspirantes a la Vuelta: Kloden, Vinokourov, el líder Joaquim Rodríguez, Hesjedal, Tondo, Horner, Gesink, Intxausti, David López y Andy Schleck. La subida a Arrate, tostada y ralentizada por el viento sur, ha acabado en empate. Y ha tenido que decidir la prórroga, el kilómetro y medio que baja hasta el Santuario. En ese tramo, la victoria se gana entrando en las curvas a mordiscos. Un par de quiebros, dos metros de ventaja y la dentellada. Zorro. Olfato. Buena memoria de cazador: aquí había ganador Samuel en 2010. Conocía el coto.

La partida de ajedrez que decide el vencedor de la Vuelta había terminado en tablas, pero Samuel se quedó con la mejor ficha, la reina, la etapa reina de una ronda que ahora, con los diez primeros en sólo diez segundos, se inclina hacia el RadioShack de Kloden y Horner, dos ciclistas antiguos, de tiempo atrás. Especialistas en la lucha contra el tiempo. Contrarrelojistas hechos para los 24 kilómetros de la 'crono' que mañana candará la ronda. La cima de Arrate, maquillada de público y sol, no se decidió por nadie. Así que lo que diga el reloj.

La cuarta etapa se corrió en la boca de un secador de pelo. «A estas alturas todavía no me he entrenado con este calor», decía Samuel. Sus compañeros asentían. Temor a los calambres, a vaciarse de sal. Pero ni así se frenó la Vuelta. A 47 kilómetros en la primera hora. Como si fueran cuesta abajo y no dejaban de subir. Albasini, Belkov y Sánchez Pimienta activaron la maquinaria de la fuga del día. Veloz. Bebieron el aire a tragos y acumularon doce minutos. Mucho. Detrás, los equipos guardaban sus fichas. Jugaban al escondite. Hasta que el Euskaltel-Euskadi movió ficha. A por los escapados. Enseguida recibió ayuda del Katusha, defensor del líder, de Joaquim Rodríguez.

Al trío de delante se le vino la etapa encima. Era una jornada para pedalear a pulso. «Como las del Tour», repetía el líder. La Vuelta empezaba en el primer paso por Ixua. Tórrido. Ajedrez a pleno sol. El Euskaltel descorchó a Txurruka. Peón. El Movistar, a Arroyo. Detrás, el RadioShack de Kloden ponía orden en la partida. No quería jugar ayer; prefiere la 'crono' de Zalla. En cambio, el Leopard de los hermanos Schleck sí tenía ganas. Esperó a la segunda ascensión a Ixua. Las garras del Leopard: primero apretó Voigt. Sus zapatazos; luego, el fino Fulsang. Zafarrancho con todos los favoritos fatigados de sol y puertos. Ahí saltó Frank Schleck. Dictó un ritmo al que sólo se subió Xavi Tondo, el catalán del Movistar. El chico que denunció una trama antidopaje. El chaval que se ganaba la vida empaquetando cereales en una fábrica. El joven que, cuando nadie le quería como ciclista, ocupó plaza en la lista del paro.

Un tipo así no espera. Se fue solo. Con la mirada metida en el manillar y directo al que pudo haber sido su gran día. Detrás, el viento mugía en contra. Secó el ímpetu de casi todos. Menos de Vinokourov. A 3,7 kilómetros de la meta, el kazajo probó a ver si los dorsales de sus rivales eran de cristal. No. No se rompieron. Horner, Kloden y 'Purito' Rodríguez se subieron a su sombra. Enseguida llegó el resto. ¿Y Samuel? Ahí andaba, a vueltas bajo el sol con su sangre fría. Vio que todos iban al mismo son, enlazados. Y dio un puñetazo sobre el tablero. Luego otro. «Nos ha dejado tocados», reconoció 'Purito'. Pero Intxausti, generoso, defendía la ventaja que por delante aún tenía Tondo, y se pegó al campeón olímpico. Como los demás. La cima vio pasar a Tondo con veinte metros sobre el grupo.

Remolino de curvas

Lo que no pudo la subida lo hizo el falso llano posterior. Tondo sentía que la distancia a la meta crecía según avanzaba. El catalán era ya un náufrago agarrado al mástil que se hunde. En el remolino de curvas que bajan a Arrate hay que ser buen navegante. Y Samuel ya ha surcado estas aguas. A ciegas si hace falta. Sabe que aquí el triunfo está siempre al borde, en los dos giros últimos. Los negoció primero y así entró. Con diez sombras pegadas a su rueda. Agarró la etapa, pero no la Vuelta. «En la crono puede ganar cualquiera», concedió Samuel. «Tondo y yo tenemos opciones», confió Intxausti. «La crono nos favorece a Kloden y a mí», zanjó Horner, que, con el reloj en la mano, ya se siente dueño del tablero.

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