Samuel le confirma a Rodríguez su victoria

El catalán supera por milímetros al corredor del Euskaltel tras la espectacular subida a La AntiguaTony Martin se hunde y ya está descartado en la lucha por la clasificación general de la ronda vasca

J. GÓMEZ PEÑAZUMARRAGA.
Joaquim Rodríguez asciende zigzagueando las rampas verticales de La Antigua, seguido de cerca por Samuel Sánchez. / Fernando Gómez/
Joaquim Rodríguez asciende zigzagueando las rampas verticales de La Antigua, seguido de cerca por Samuel Sánchez. / Fernando Gómez

La derrota es siempre mucho más clara que la victoria. Se siente antes. Cuando el sprint es ajustado hay que preguntarle al que lo ha perdido.

Eso hizo ayer Joaquim Rodríguez. Levantó una mano bajo la pancarta. Pero poco. La duda le cortó el gesto. «¿Habré ganado?» Sonrisa a medio vuelo. Sudor frío sobre la frente hirviendo. Entonces le preguntó al que había llegado a su lado con el paso calcado. A Samuel Sánchez. «He estado a punto de perder por levantar las manos, pero 'Samu' me ha dicho que había ganado yo», contó el ganador en Zumarraga. La víctima se lo confirmó al verdugo. Rodríguez ganó cuando creía haber perdido. Y cuando supo de su victoria, en vez de reír... «casi me echo a llorar». Lleva meses a vueltas con un quiste en la cabeza del fémur. Hinchado por los medicamentos. «No esperaba ganar aquí», confesó cabeceando. Ni siquiera creyó haber vencido hasta que se lo dijo el que había perdido.

Ya es líder en el mismo tiempo que Samuel y Kloden. Con un segundo de ventaja sobre Horner; con seis sobre Hesjedal, Cunego, el vizcaíno David López, Gesink, Danilo di Luca y Tondo; con once sobre Intxausti; 18 sobre Vinokourov, Urán, Basso, los hermanos Schleck y Van den Broeck... Con el alemán Tony Martin, que perdió diez minutos, tachado. Igual que Leipheimer. «Hoy he visto a Dios», declaró el ciclista catalán.

Recuperó la fe en sí mismo en la vieja carretera que va hacia La Antigua, la catedral de las ermitas guipuzcoanas, colocada en lo alto de un kilómetro vertical, violento, tapizado por un público entusiasta. Cuentan que en su construcción participaron los agotes, esa raza maldita que en los cementerios compartía esquina con suicidas, herejes y prostitutas. Los marginados. Así, exiliado, se ha sentido Rodríguez. Acabó 2010 como número uno del mundo. En la cima. Un sueño. Y, sin embargo, despertó en 2011 desterrado. Cojo. «Necesitaba volver a pasar primero un puerto». Reencontrarse. La Antigua escuchó su plegaria. Es una cuesta para él, con rampas del 20 por ciento.

Ese kilómetro fue como una roca inmensa donde rompieron las olas del pelotón. La primera que se estrelló fue la del Leopard, que se ciñó el primero a la curva inicial de la cuesta. Andy Schleck tiraba de su hermano, de Frank. Pero, de repente, las piernas se les hicieron de humo. Se disiparon. Apareció otro ciclista de origen marginal, Horner (RadioShack), el último ganador de la Vuelta. Ese tipo risueño que se hizo ciclista viajando en su autocaravana por Estados Unidos. Viene del altiplano americano, de rodar a 3.000 metros de altitud. Y pareció tener más oxígeno que nadie. No. Había uno más alto, pese a ser de talla baja: Joaquim Rodríguez. Ha pasado semanas en el Etna, el volcán siciliano de 3.322 metros. Pedaleando y huyendo del quiste en una de las bisagras de la pierna. «Hasta hoy -por ayer- todo ha sido un desastre», dijo.

Quería una cima y la obtuvo . Se le vio zigzaguear como un relámpago. Junto a la ermita. Reaparecido. Abajo, en Zumarraga, esperaba la meta tras tres kilómetros de descenso. Hormer y Kloden, el dúo del RadioShack, se le pegaron. También Samuel Sánchez, que subió a La Antigua como corre: de menos a más. Poderoso. Su equipo, el Euskaltel-Euskadi, había manejado la etapa: controló la distancia de los tres fugados (Rovny, Tantind y Perget) y los colocó a tiro para que luego el Leopard de los Schleck los ajusticiara. A Rovny le quedó el consuelo de haber ahorrado esfuerzos por detrás al RadioShack, el equipo más robusto de la ronda. A Tantink y Perget, el honor de conocer primero las cimas de Elosua, Aztiria, Barbaris y Gabiria.

Pie a tierra

El corazón de Guipúzcoa es un ovillo de montes, carreteras, bosques, curvas y cuestas. Tiene ese color verde que se respira, pero es cruel con los ciclistas. Cuando el Euskaltel, el Leopard y el Garmin acabaron con la fuga, el público ya estaba arremolinado en el viejo sendero de La Antigua. La cuesta no llega al kilómetro, aunque bastó para desbaratar la Vuelta. Mientras los primeros se encogían y retorcían, los de atrás echaban pie a tierra. Un engachón o una salida de cadena, y ya no hay quien arranque. A pata subieron. A gatas, casi.

Delante, los cuatro supervivientes de La Antigua destrenzaban el descenso hacia Zumarraga. Horner, generoso, prestaba sus piernas a Kloden, la baza del RadioShack para la contrarreloj del sábado en Zalla. Samuel puso el pie en el estribo al entrar en la penúltima curva. Tenía que echarle riesgo. Sabe hacerlo. Sería capaz de rodar sobre hielo. Pero Joaquim Rodríguez es uno de esos corredores con mil ojos. Con instinto. Sabe descifrar cada movimiento. Se pegó al campeón olímpico y le arrebató la curva final. «Lo he pasado tan mal que no pienso perdonar nada», comentó. Ni a nadie. Tras ese último giro, el sprint era breve. Rodríguez no tuvo tiempo para alzar del todo sus manos y a Samuel sólo le dio tiempo para tranquilizar a Joaquim: «Has ganado tú». El primer asalto; quedan cinco.

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