Los Beatles de Sodupe

Si los de Liverpool tocaron largas jornadas en sus años mozos, la 'Orquesta García' no fue menos. Su repertorio: pasodobles, valses y tangos. Lo que se llevaba

JON URIARTE
Ramón García, padre e hijo, durante una actuación. ::                             E. C./
Ramón García, padre e hijo, durante una actuación. :: E. C.

Qué llevan ahí?», exclamó el de abastos. Un gélido silencio recorrió el tren de La Robla. Hasta que Antonio García, señalando las cajas de los instrumentos musicales, respondió: «Garbanzos, sal, harina...». El de abastos le interrumpió chulesco. «¡Si fuera verdad me lo ibas a decir!». Y abandonó el vagón. Aquel inspector no sospechó que, si llevaban los instrumentos encima, era porque las cajas iban llenas de comida. Eran los años 50. Los del hambre y el estraperlo. Los tiempos de la 'Orquesta García'.

La historia me la cuenta uno de sus componentes, Ramón García. Aclara que, siendo orquestina, la suya era 'orquesta'. Aunque sólo fueran cuatro. Como los Beatles. No eran de Liverpool, sino de Sodupe. Fue creada por su padre, allá por 1945, fruto de la inercia familiar. No en vano, el abuelo era director de la banda municipal. Sus componentes: Antonio García, saxo y clarinete; Ramón García, acordeón y trompeta; Ramón García hijo, trompeta y acordeón; y a la batería, agárrense, Mari García. Imaginen a una mujer en aquellos años y país, ganándose las alubias entre platillos, bombo y baquetas. Lo que se dice una pionera. La Ringo Starr de Las Encartaciones. Y a mucha honra, oiga. No me digan que no es algo grande.

Ramón hijo tenía 15 años y Mari 17. Y si Los Beatles tocaron largas jornadas en sus años mozos en Hamburgo, la 'Orquesta García' no fue menos. Su repertorio: pasodobles, valses y tangos. Lo que se llevaba. Pero interpretaban de todo. Incluidas las dianas con los curas. Las orquestas estaban obligadas a recorrer el pueblo con el párroco y acompañarle a misa y al rosario. En las casas con moza soltera, tocaban más tiempo. Y así, desde Vizcaya hasta León y Palencia, pasando por Burgos y Cantabria.

Ramón recuerda, con especial cariño, Espinosa de los Monteros. Salían en primavera y regresaban en otoño. Era tal el agotamiento que, cierta tarde, Ramón padre hizo la señal acordada para dejar de tocar y Ramón hijo siguió soplando su trompeta con los ojos cerrados. Otro día se cayó de cabeza, víctima del sueño. El escenario era un carro de bueyes adornado con ramas de hojas verdes, así que imaginen el sopapo.

Pero no todo era malo. Dormían y comían en las mejores casas. Las familias con posibles presumían de acoger, bajo su techo, a la orquesta de moda. Gracias a ello, nunca pasaron hambre. El baile se cobraba a razón de «un ticket-50 céntimos». Cuando el cobrador te tocaba en el hombro, pagabas. El resguardo era una pegatina. Fueron varios los cobradores. Unos de la familia, como Avelino García, y otros contratados, como Ignacio Allende. Terminado el cobro, hacían una señal a la banda y se terminaba la pieza.

Tocaron de 1945 a 1955. Ganaban, por persona y día, 200 pesetas. El jornal máximo entonces era de 60. Echen cuentas. Finalizada la gira, Ramón padre le daba el dinero a su mujer. Duraba poco. Sospechan que lo repartía entre la familia. Y, entonces, duros no había, pero parientes... En cuanto a las fans, Ramón hijo afirma que ligaba poco, porque padre, tío y hermana le controlaban. Pero me lo dice con sonrisa furtiva. En cuanto a Mari la batería, cuentan que era más seria que un guardia civil. Cuando algún mozo se acercaba, le arreaba con las baquetas. Hasta que un día eligió a un hombre para unir ritmos y vidas.

Ramón hijo también asentó la cabeza. Fue junto a María Luisa Hernando. De su unión nació una familia y el Tulua. Pero de la primera discoteca de Vizcaya, y de su popular hijo y presentador Ramontxu, hablaremos otro día. Hoy nos quedamos en los 50, con este humilde homenaje a todas las bandas, orquestas y orquestinas que en nuestra tierra fueron. Viajando en trenes como el de la Robla, en carros de bueyes o a caballo. Portadores de modas y melodías, testigos de amores y desamores y mensajeros de fiestas y alegrías. Sabemos que la Historia está en los libros. Pero, a veces, sus páginas más hermosas y sinceras se encuentran en las viejas fotos familiares.

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