Quiero ser tu amigo

IÑAKI EZKERRA

Lo confieso. Rehúyo las famosas redes sociales que se tejen por Internet. Cada vez que alguien me manda un correo diciendo que quiere ser mi amigo, guardo un prudente silencio como hacía una novia que tuve en mi adolescencia cada vez que yo le proponía darle un beso con lengua. Aquella callaba para hacerse la interesante; para echarle un poco de drama a nuestros encuentros; para otorgar en el fondo. Yo callo para lo contrario, para no dar calabazas. Me veo ridículo dando calabazas por correo electrónico. ¿Qué le puedes responder a alguien que te dice que quiere ser tu amigo cuando no es que tengas nada contra él sino contra ese tipo de 'amistad robótica' que no tiene nada que ver con la verdadera amistad? Lógicamente, no le vas a decir «pues yo no quiero ser amigo tuyo» o «te conozco, bacalao, aunque vengas disfrazao», o «desconfío de la honestidad de sus intenciones». La verdad es que cualquier respuesta que le dedicaras denegando su solicitud resultaría desproporcionada, absurda. La explicación más amable, comprensible y sensata sobre el rechazo natural que uno experimenta hacia esa forma de establecer relaciones sonaría a antipática, a desagradable, a borde. Sonaría a excesiva justamente porque no es auténtica amistad lo que se te propone sino solo un juego fantasmal y codificado que no a todo el mundo tiene por qué entusiasmarle.

No. Obviamente, eso no es 'la amistad'. Y me parece un síntoma de nuestra época el hecho de que se le llame así, de que se invoque ese sagrado concepto tan alegre y gratuitamente. Una época de solitarios que buscan la amistad en la máquina o de acompañados que buscan lo maquinal en las amistades que la realidad les proporciona. Una época en que se llama superficialmente 'amistad' a una clase de contacto que debe mantenerse en la superficie; o sea cuya superficialidad es doble. En realidad el exceso está en proponer con el nombre de amistad algo que ni se le parece. Sobre este asunto de las redes sociales en las que nos salen centenares de amigos, ha escrito el profesor Sosa Wagner que «amistad, lo que se dice amistad, es otra cosa, un portón que se abre para hacer entrar por él ese torrente de palabras bien aderezadas que llamamos conversación». Es así. La verdadera amistad tiene más bien que ver con un verso que siempre recuerdo de Hölderlin -«desde que somos una conversación»- y consiste en eso, en 'ser con alguien una conversación' que se interrumpe por los lapsus, los viajes, las obligaciones y devociones de la vida, pero que se reanuda sin ningún esfuerzo en el reencuentro como si las distancias espaciales y temporales no hubieran existido.

No. Evidentemente, ese tipo de conversación de la que habla el poeta no tiene que ver nada con las amistades que se crean por ordenador, o sea con la profunda relación de un dedo con una tecla.