Padres sin apenas tiempo de aprender a serlo

VICENTE CARRIÓN ARREGUIPROFESOR DE FILOSOFÍA
Padres sin apenas tiempo de aprender a serlo

No era el día del padre ni el de la madre pero la ausencia de tabaco y el exceso de vino propició la contundencia de las afirmaciones proferidas en una sobremesa reciente entre amigos. Que si los niños se pasan el día colgados de una u otra pantalla, que si los padres de hoy en día son unos irresponsables por permitirlo, que si se ha perdido la vida familiar de nuestros tiempos, que si… Aunque huyo como de la peste de juicios tan categóricos he de reconocer que el tema me interesaba y no pude evitar hacer una sugerencia para suavizar las certezas a que aludía nuestro contertulio. Obviamente, con nulo éxito, por lo que me tomo la revancha con ustedes.

A diferencia de las mujeres, a quienes la naturaleza ofrece un explícito proceso de transformaciones físicas en los nueve meses previos al parto, a los varones les puede caer encima la paternidad casi por sorpresa. Y como lo más habitual es tener un solo hijo, a poco que el padre se despiste, la criatura puede crecer sin que su progenitor tenga la oportunidad de experimentar esa especie de 'desprendimiento' de la personalidad caracterizado por ser capaz de anteponer en muchos momentos las necesidades del hijo a las propias, con la revolución mental o conductual que ello implica. Desde tal perspectiva, la tendencia demográfica al hijo único podría explicar por qué hay tantos varones que no acaban de enterarse de que son padres.

Aunque tampoco conviene idealizar tiempos pretéritos en los que era inimaginable ver a un varón con el crío en brazos, cambiando los pañales o guiando el cochecito del bebé. No es, por tanto, una gran novedad que muchos hombres hayan vivido ajenos a una crianza tradicionalmente atribuida a las mujeres. Pero, más activa o más ausente, más distante o más severa, en la paternidad tradicional, para bien o para mal, los hombres daban por hecho que ser padres era lo que se esperaba de ellos, lo normal, y asumían tal responsabilidad, por lo general, con todas sus consecuencias. Sin tratar de huir de ella, con plena presencia. Ahora, en mi opinión, además del mencionado motivo demográfico, han ido apareciendo muchos otros elementos que dificultan un ejercicio responsable de la paternidad entre los varones.

Para empezar, los jóvenes ya no crecen 'programados' para formar una familia estable. El mundo de los amigos, de los horarios de fin de semana, de los hábitos de irresponsabilidad doméstica o de los cambios de pareja ya no es cuestión de unos pocos años adolescentes sino que se prolonga hasta bien entrada la treintena, profundizando las tensiones y conflictos consiguientes cuando se pretenden compatibilizar con la paternidad. Habituados a tal estilo de vida son muchos los jóvenes -más ellos que ellas, creo- que pretenden ser padres sin alterar unos hábitos de ocio y relaciones sociales que forzosamente rascan con las atenciones que el bebé requiere.

Eso sí, tenemos una palabra fetiche con la que intentamos cuadrar el círculo de lo imposible: 'libertad'. En nombre de la libertad podemos justificarlo todo: las horas que el niño pasa en la tele, la irregularidad de sus horarios, la ausencia de hábitos alimentarios saludables, las múltiples actividades que nos alejan del hogar, la justificación de las conductas más caprichosas, egoístas e irresponsables del chaval, en fin, un chollo; la educación en libertad, siendo en sí lo más valioso del mundo, se convierte en el lugar común con el que los padres más descerebrados encubren su incompetencia.

Pero el comodín de la libertad no solo lo utilizamos en relación a los hijos. Como todos somos muy liberales, cuando nos va mal con la pareja nos cuesta calibrar el impacto de nuestras broncas en los hijos. Desencuentros de mayor o menor grado que también repercuten en las relaciones paterno-filiales, sobre todo cuando son pequeños, y provocan, por políticamente incorrecto que parezca, las distancias que los varones marcan hacia los hijos como consecuencia de las desavenencias con su pareja.

Y se me escurren las líneas sin mentar otra de las razones que acechan a los hombres para vivir una paternidad diferida. Me refiero a esa urgencia tan nuestra de triunfar, de volcarnos en nuestra profesión sin límites ni horarios, convencidos de que nuestro trabajo es el más importante, sugestionándonos encima con que lo hacemos para ganar el dinero para que a nuestro niño no le falte de nada. Como si no fuera nuestra presencia lo que más echa en falta. Como si no les viniera fenomenal un poco de escasez material para apreciar mejor lo que tienen y lo que llevan años recibiendo.

Ya ven que son muchas las posibilidades de que los hombres pasemos por la paternidad como flotando, quejándonos mucho de los resultados pero sin querer aprender sobre ese desprendimiento, repito, físico y forzoso en las mujeres pero mental y emocionalmente optativo entre nosotros. Es más, si me apuran, y a riesgo de parecer pedante, mencionaría una dimensión espiritual de dicho desprendimiento, la que nos encara con una de las afirmaciones básicas de la filosofía perenne, simple, profunda, paradójica: «Cuanto uno más da, más tiene». Cuesta aprenderlo porque no lo enseñan en la escuela pero buena parte de los padres lo saben, lo viven.