El sesgo de confirmación

JOSÉ MARÍA ROMERA
:: MARTÍN OLMOS/
:: MARTÍN OLMOS

Una parte de nuestro cerebro va en busca de información para ampliar conocimientos y facilitarnos una interpretación de la realidad que permita responder a situaciones nuevas. Es, por así decirlo, nuestro lado inquieto, curioso, abierto al descubrimiento. Pero hay otra parte que actúa en la dirección opuesta, esto es, negándose a cambiar los esquemas que ya tiene diseñados por más que las evidencias vengan a demostrar nuestro error. Ocurre hasta en las cabezas mejor equipadas. No es infrecuente que intelectuales nada sospechosos de dejarse llevar por la inercia mental se mantengan asidos a un dogma, a una teoría, a una posición ideológica o escolástica determinada y oculten -a los otros pero también a sí mismos- aquellas pruebas que debilitan su postura al tiempo que privilegian las informaciones que la refuerzan.

Somos animales de costumbres. Cuando nos habituamos a seguir una y otra vez el mismo camino, nos supone esfuerzo cambiar de trayecto y también de equipaje. Aunque el hipermercado de la comunicación nos facilite en abundancia toda clase de noticias, tendemos a quedarnos con las más ajustadas a nuestros intereses y a seleccionar dentro de ellas solo los detalles que nos convengan. Pensemos en una encuesta sobre preferencias políticas en la que la mitad de los entrevistados se incline por el Gobierno y la otra mitad prefiera a la oposición. Unos pondrán el foco en el primer dato minimizando el segundo, mientras que para otros ocurrirá a la inversa. En cualquiera de la direcciones, un 50 % no podrá nunca ser equiparado al otro 50 %.

Los especialistas denominan «sesgo de confirmación» a la tendencia a interpretar las informaciones de acuerdo con lo que uno cree, independientemente de la verdad, calidad, cantidad o significado objetivo de esas informaciones. Si se produce el atraco a un banco y en él participan cuatro personas de las cuales una es extranjera, el xenófobo encontrará en esa cuarta parte un argumento irrebatible para sus tesis sobre lo abominable de las gentes venidas de fuera. Un profesor predispuesto a considerar a unos alumnos más listos y a otros más tontos otros encontrará en los exámenes de los primeros más aciertos y en los de los segundos más fallos, aunque crea que califica imparcialmente a todos ellos. Por regla general, la fidelidad de los lectores a determinados periódicos se debe a la certeza de que encontrarán en sus páginas un reflejo de las ideas y las opiniones propias.

Nuestra mente trabaja para descubrir la verdad, pero mucho más para fabricar patrones donde encajarla. Una vez creado el estereotipo, el cliché o la idea preconcebida, todo conspira para defenderlos. Poco cuenta que esa defensa se haga a costa de sacrificar los datos ciertos. El «ya lo decía yo» puede mucho más que el «estaba equivocado». Los primeros observadores del sesgo de confirmación pensaban que uno de sus remedios consistiría en ampliar el campo de visión del sujeto, de tal modo que al recibir más informaciones tendería a minimizar el valor de las ya poseídas. Curiosamente, el efecto era en muchos casos el opuesto. El sesgo de confirmación no solo hacía que los prejuicios se mantuvieran, sino que los reforzaba. Contra la extendida opinión de que el provincianismo se cura viajando está la comprobación de que muchos viajeros vuelven de sus expediciones más apegados que antes al terruño.

Una de las ficciones de la sociedad de la información se basa en creer en el poder ilustrado de esa información servida a grandes cantidades. Se supone que los ciudadanos expuestos a la libre circulación de mensajes acaban tarde o temprano rindiéndose al imperio de la verdad objetiva. Pero no se tiene en cuenta otra fuerza de poder incalculable: la que nos lleva a aferrarnos a la seguridad de lo ya sabido. «Más vale malo conocido que bueno por conocer», dice el refrán del contentadizo que no quiere saber nada de desafíos ni de novedades. El discurso político de nuestro tiempo se aleja paulatinamente del ideal de la persuasión para concentrarse en el objetivo de la fidelización. Situado cada cual en su trinchera, lo que importa es reforzar las convicciones de los parroquianos para que, con razón o sin ella, se reafirmen en su posición y no se sientan tentados de cambiar de ideas. ¿Acaso no hemos descalificado siempre por «chaqueteros» o «tránsfugas» a aquellos que rectificaban la dirección de sus preferencias, y en cambio seguimos admirando el modelo humano de los «íntegros» que se mantienen en sus posiciones contra viento y marea? Entra dentro de lo humanamente comprensible el hecho de que rectificar supone a veces echar por la borda toda una vida y empezar de cero, empresa heroica que no todo el mundo está dispuesto a afrontar.

No dejes que la verdad te estropee un buen prejuicio, esa es la consigna. Y es que hemos construido nuestros edificios biográficos a base de terquedades sucesivas de las que no estamos dispuestos a apearnos así como así.