Iribar, rey de la portería

JON URIARTE
El ídolo de la infancia, el cromo que nunca cambiábamos. ::                             E. C./
El ídolo de la infancia, el cromo que nunca cambiábamos. :: E. C.

La soledad vestida de corto. Una pincelada entre tres palos. Dos manos en un mundo de pies. Héroe, cuyo poder muere más allá de la frontera blanca. Villano, castigado a no llevar sobre su piel los colores que más ama. Así de extraño es el universo del portero. No es casualidad que la canción del Txopo naciera tras una derrota del Athletic, en la Copa del 66, frente al Zaragoza. Dice mucho de nosotros y del significado de ser portero.

Siempre lo preferiré en negro. De luto por el contrario y con el uno a la espalda en blanco roto. Acepto el gris Zoff, el verde Zubi, el azul Arkonada, el amarillo Maier y Pfaff, el jersey de Lezama, Carmelo o Zamora, las horteradas de Shilton, el cuello vuelto de Bufón, el pantalón largo de NKono, la manga cortada de Casillas y hasta el protector imposible de Cech. Pero solo en ellos y por ellos. Más allá, el negro araña. El que va de Yashin a Iribar y busca heredero. El negro portero. La suma de todos los colores y matices. El adecuado para dar la extremaunción al ataque ajeno. Guardador de metas y dueño de un balón que no necesita tocar. Y todo eso es el Txopo. Pero hay más. Porque Iribar no es sólo un portero.

Conozco a una socia que no se perdía un partido, pero nunca le vio parar. Le admiraba tanto, que cerraba los ojos para no verle sufrir. Rojo II cuenta que, cuando chutaba el contrario, salían a la contra. Porque él lo paraba todo. Santillana le llamaba el omnipresente, el del saque largo con la mano, el que no tenía fin. Le admiraba y le temía. Los habrá con mejor palmarés, pero el Txopo es 'el Portero'. Recuerdo cierta noche aciaga en el Bernabéu. Invitado al palco, reprimía mis gritos. No se ver un partido sin jugarlo en la distancia. Llegado el descanso, y ante la entregada parroquia madrileña, el ídolo se acercó para saludar. Las voces callaron y las miradas se clavaron. El aire se llenó de respeto. Y fui feliz. El partido lo perdimos, pero la admiración por Iribar y lo que representa, sigue ganada. Es la recreación física de nobleza, orgullo, grandeza y honor. Tanto para propios, como para ajenos. Porque Iribar, siendo nuestro, trasciende. Los buenos representan a su Club. Los grandes, al fútbol.

Dicen que para ser portero hay que estar loco. Craso error. Vivir en el filo es vivir dos veces. Preso, eso sí, de una romántica locura. La que le hace jugar a un juego dentro de otro juego. Por eso se sabe loco y por eso está cuerdo. Dueño de una cordura que ya no se estila y que nadie entiende. Que en realidad, nadie entendió jamás. De ahí que sus compañeros le recuerden, al final del vestuario, realizando ejercicios de relajación, casi en trance. Porque el portero, para ser grande, debe ser divino. Deben creer en él. No en vano, es la última esperanza. Hay quien se pregunta por qué en el Athletic es un puesto mítico. La respuesta está en su ser. Cuando Iribar abre los brazos, ves el arco de San Mames. Equipo y portero van a contracorriente. Fieles a la máxima de que la gloria no solo reside en la victoria. Hay tanta en la defensa de lo propio, como en la conquista de lo ajeno. Por eso y por todo, Iribar fue el ídolo de la infancia y de todas nuestras vidas. El cromo que nunca cambiamos y la foto que siempre guardamos. La última vez que le vi fue, en Bilbao, la noche de Copa contra el Barça. Me acerqué con un sobrino y le pregunté si sabía quién era aquél señor. Y con la rotundidad de quien dice algo evidente respondió: «Iribar, el mejor portero del mundo».

Entonces comprendí que será eterno. Porque es trino y uno. Padre de posteriores generaciones, hijo de anteriores y espíritu del futbol. Mañana es su cumpleaños. Valgan estas líneas para felicitarle. Zorionak Iribar. Rey de los Unos. Rey de los porteros.