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                             JOSE IBARROLA/
:: JOSE IBARROLA

El escritor israelí David Grossman apunta en su libro de ensayos titulado 'Escribir en la oscuridad' que «la literatura nos recuerda la obligación de reivindicar el derecho a la individualidad y a la unicidad. Nos ayuda a recuperar una tendencia probada, sutil, hacia el individuo que está atrapado en el conflicto, sea de los nuestros o un enemigo; los complicados matices de las relaciones entre miembros de distintas comunidades; la precisión en las palabras y las descripciones; la flexibilidad del pensamiento; la capacidad y la fuerza de cambiar nuestro punto de vista inmóvil. El convencimiento profundo, vital, de que es posible comprender cualquier situación humana desde puntos de vista diferentes».

Tratar de comprender, esa fue una de mis metas cuando comencé a pensar en la escritura de mi novela 'Bilbao-New York-Bilbao'; comprender el modo de actuar y de pensar de unos personajes, que, en su mayoría, habían sido personas de carne y hueso antes de formar parte de la ficción novelesca. Pretender dar una visión del País Vasco en su complejidad, una visión llena de matices, donde el ser humano fuera el centro de todo. Es por eso por lo que en la novela aparecen personajes de muy diferente procedencia y condición, pero siempre se trata de hablar de su lado humano, de sus virtudes y debilidades. Escribo, por ejemplo, sobre Ricardo Bastida, un arquitecto muy conocido en el Bilbao de la primera mitad del siglo XX, y sus mejores amigos, Aurelio Arteta, el pintor, e Indalecio Prieto, el político. Ellos tenían una relación muy fluida, cada uno con sus propias ideas. Sus mejores amigos eran de otra ideología y eso era lo que me interesaba. Hablar de personajes que dudan, que pueden equivocarse y, sin embargo, pueden llegar a tener momentos de lucidez y de entrega total para con el prójimo. Hablar, asimismo, de mi abuela materna, republicana, que iba en la posguerra a visitar cada tarde a mi abuelo paterno, héroe del bando nacional y enfermo de cáncer, y le leía la prensa afín a Franco. De vez en cuando, la abuela se detenía en su lectura y le decía al abuelo medio en broma: «Pero te das cuenta la sarta de mentiras que cuentan tus amigos. Es la última vez que te leo estas cosas». De todas maneras, a la tarde siguiente le volvería a leer el periódico, sin falta. Hablar, en definitiva, de la solidaridad que se establece entre las personas, también en las situaciones más difíciles.

La frase inicial de la novela da cuenta de esa postura moral para con la sociedad: «Los peces y los árboles se parecen». El lector puede pensar que no es verdad, que no hay nada similar entre un pez y un árbol, pero lo hay. Siempre hay un nexo entre las cosas más distantes. Aunque ese nexo sea casi imposible de reconocer. En el caso de los peces y los árboles el nexo de unión es el anillo. Los peces y los árboles tienen anillos en su interior. Anillos que marcan su edad. Los árboles, dentro del tronco, y los peces, en las escamas. Un anillo por cada año transcurrido. Así como los peces y los árboles, también los seres humanos tenemos algún nexo que nos une, aunque nuestra forma de pensar sea opuesta, aunque formemos parte de comunidades diferentes, aunque la lengua que utilicemos sea distinta.

Quisiera sinceramente pensar que el lector ha sabido captar el mensaje. Hace unos días recibí un mensaje electrónico de un lector a propósito de mi novela. En el libro aparece mi dirección de correo electrónico real por lo que desde su publicación he recibido cientos de mensajes. La mayoría hablan de sus vivencias personales, de aquello que les ha hecho recordar la lectura de la novela. Pues bien, el mensaje al que hacía referencia anteriormente llegaba desde Barcelona. Me contaba historias de la Guerra Civil parecidas a las de mis abuelos. Más adelante, relataba lo siguiente: «Durante el 23-F, por razones un tanto largas de explicar, mi padre se encontraba de jefe de la Guardia Municipal de San Sebastián. Era concejal de Tráfico, y ETA acababa de matar al jefe de la Guardia Municipal, por lo que de facto se convirtió en jefe provisional de la Guardia Municipal. El caso es que la noche del 23-F mi padre fue a la comisaría de la Guardia Municipal de San Sebastián, mandó formar. Y les dijo que los que estuvieran dispuestos a defender la democracia incluso a riesgo de perder la vida se quedaran, los que no, podían marchar. Todos o casi todos se quedaron. Ordenó que desde ese momento todas las comunicaciones por radio se hicieran en euskera (que mi padre no habla). Distribuyó a los guardias por distintos puntos clave de la ciudad, escondidos, y vigilando los cuarteles de Loyola y la casa cuartel de la Guardia Civil del barrio del Antiguo, hoy desaparecida, y algún sitio más que no recuerdo. Durante la noche, creo que fue un cabo que había sido ertzaina o guardia de asalto durante la República se le acercó a mi padre y le dijo: «Don Carlos, ¿usted es consciente de que si triunfan los golpistas nos fusilan al amanecer?», a lo cual mi padre respondió que sí, que qué se le iba a hacer. A la una de la madrugada, un grupo de tanquetas de la Guardia Civil se paseó por la avenida de la Libertad de San Sebastián, algo que poca gente sabe. Iban seguidas de lejos, a una distancia prudente para no ser visto, por un jeep de la Guardia Municipal. (...) Como todos sabemos, el golpe fracasó».

La historia me impresionó sobremanera, y más cuando supe que esa misma persona llegaría a ser amenazada por ETA y tuvo que llevar escolta. La carta del lector acababa con una reflexión luminosa: «Lo que más optimista me hace ser al respecto es que de la misma manera que mis padres se casaron y no importó que mis abuelos paternos fueran republicanos y mis abuelos maternos franquistas, yo me he casado con la sobrina de un ex etarra, y soy hijo de un amenazado y crecí con escoltas alrededor mío». Sus palabras denotan una postura muy generosa.

Coincido con Grossman en su visión de la literatura como reivindicación del derecho a la individualidad. Siempre he desconfiado de las visiones de grupo. Aquellas que anulan a la persona, que anteponen los fines a nombres y a apellidos concretos. Me gustan las excepciones, los personajes que se encuentran entre dos o más mundos, esos individuos que se alejan de visiones simplistas o reduccionistas. Creo también que la posición del escritor debería ser esa. De estar «entre», de tratar de establecer nexos entre diferentes. Como aquel que, citando un poema de otro excelente escritor israelí, Yehuda Amijai, «en medio del puente olvida los extremos y se inclina sobre la barandilla mirando las aguas que fluyen abajo, y que también son una bandera».