«Pude haber vivido tranquilo sin enfrentarme al Gobierno»

El histórico líder sindical de la Transición dice con ironía que espera que se le reconozca el mérito de no haberse «sentido fascinado por Felipe González»

CÉSAR COCA
Redondo, en las instalaciones de la Naval. ::                             JOSÉ LUIS NOCITO/
Redondo, en las instalaciones de la Naval. :: JOSÉ LUIS NOCITO

Felipe y yo vivimos en mundos distintos. Yo sigo en la misma casa que hace cincuenta años, hago la compra en la cooperativa de siempre, paseo por las mismas calles... y él no. Ahora no tenemos ninguna relación. Incluso, alguna vez que hemos coincidido, nos hemos dado la espalda, lamentablemente».

Nicolás Redondo no altera la voz ni el gesto cuando habla de Felipe González. El veterano dirigente sindical que puso a 'Isidoro' en el camino que conduciría hasta La Moncloa habla de él con distancia, a veces con ironía. Y se ve obligado a hacerlo unas cuantas veces en la larga conversación en la que repasa su vida y sus afanes en el sindicalismo. El congreso de Suresnes marcó su trayectoria: pudo ser el presidente de Gobierno de una España democrática y terminó por ser la china en el zapato de quien él promovió. Algo que encaja mejor con su filosofía del sindicalismo: un poder institucional pero también un contrapoder. A los 83 años, Redondo conserva una memoria envidiable que lo lleva a recordar lo mismo sus años de lucha sindical clandestina que las interminables reuniones para negociar el Estatuto de los Trabajadores, igual la noche que murió Franco que el día que declaró ante el juez Moreiras por la suspensión de pagos de la cooperativa de viviendas del sindicato. En esta larga conversación en dos días y escenarios diferentes (Madrid y el astillero La Naval de Sestao, que no pisaba desde hace 25 años), el exsecretario general de UGT hace un repaso de su vida que no es hablar solo del pasado, porque él sigue de alguna forma en activo, acudiendo a reuniones, dando charlas y ayudando cuando se lo piden.

- Tiene 83 años, ha tenido un trabajo manual, ha sido líder de un sindicato y pudo haber sido presidente del Gobierno. Como diría don Juan Tenorio, ha subido a los palacios y ha bajado a las cabañas. ¿Por qué sigue trabajando?

- No sé si se le puede llamar trabajar, pero lo que hago es porque sigo preocupado por la suerte de los trabajadores, de las clases más desfavorecidas. Mi familia era socialista, yo trabajé 30 años en La Naval de Sestao y eso te da un poso. Así que en aquello que puedo ayudar, que es poco, lo hago. Doy charlas, soy miembro de tres patronatos... Lo hago, aunque con el distanciamiento que da la edad, que también te hace más escéptico.

- ¿Tiene más amigos en la política o en el sindicalismo?

- Más en el sindicalismo, claro, aunque me quedan algunos de la política: Pablo Castellanos, Alonso Puerta, Enrique Múgica... Ser uno de los convocantes de las huelgas de 1988, 1992 y 1994 me creó problemas en el PSOE, porque aquí no estamos acostumbrados, como en Europa, a que un sindicato convoque una huelga a un Gobierno socialista. Algunos compañeros de partido aún mantienen reservas en ese sentido, pero cada vez menos. Creo que se dan cuenta de que hay que desdramatizar. Con Felipe no fue posible y las relaciones se crisparon. En ese aspecto, las relaciones con Zapatero son mejores.

- ¿Lo reconocen por la calle en Madrid y en Portugalete? ¿Qué le dicen?

- En Madrid callejeo más y me paran más. La mayor parte de la gente es muy amable, incluso algunos me dicen que me echan de menos. En Euskadi, ya sabe, está el problema de la rivalidad entre sindicatos y eso cambia algunas cosas. Yo me llevaba bien con la dirección de ELA hasta que ellos iniciaron una deriva nacionalista con la que no estoy de acuerdo. Pero, fíjese, yo fui miembro del consejo delegado del Gobierno vasco y tuve muy buena relación con el PNV; lo que pasa es que luego se han radicalizado.

- Su familia sufrió persecución, fue un niño de la guerra, luego tuvo una actividad clandestina... ¿de qué se hablaba en su casa cuando era joven?

- Pues sí, mi madre estuvo exiliada y mi padre fue condenado a muerte, pero entre nosotros no solíamos hablar de nuestros compromisos. Cuando entré en la UGT y las Juventudes Socialistas, en mi casa no se enteraron hasta tiempo después. En la mesa hablábamos de la situación general, de los difíciles que eran los tiempos.

En el destierro

Nicolás Redondo participó en la huelga de la Naval en 1947 y fue detenido por su actividad sindical en la Semana Santa de 1951. Desde entonces, estuvo en el punto de mira de la Policía. Aún recuerda sus juegos al gato y al ratón con los agentes, los pasos por el calabozo y el destierro en Extremadura, en 1967. Contado ahora, parecen episodios novelescos, pero no los vivió de esa manera.

- ¿Cuántas veces tuvo que destruir documentos porque llegaba la Policía o salir corriendo de casa para no ser detenido?

- Dejábamos documentos en las taquillas de la Naval porque la Policía tenía más dificultad para entrar allí. En casa, mi mujer sí tuvo que destruir papeles, o guardarlos a todo correr en una maleta y tirarlos al patio. Afortunadamente, la vecindad nos era muy próxima y no tuvimos problemas. Un par de veces tuve que pedir permiso en el astillero y salir corriendo sin pasar por casa, y estuve meses fuera. Fue así, en una de esas escapadas, como conocí a Ramón Rubial, que luego estuvo en mi boda. También conocí en esos años al padre de Patxi López. A veces, al salir del trabajo, nos íbamos ambos con un taxista que era de UGT a repartir propaganda.

-¿Tomaba muchas medidas de seguridad?

- No, no vivía obsesionado. Mi preocupación mayor era que no me cogiera la Guardia Civil, por la fama que tenía el cuartel de La Salve. Si te detenía la Policía tampoco resultaba una fiesta, pero era mejor. Alguna vez, cuando un policía con más humanidad te decía que te iban a llevar al juzgado, te daba una gran alegría, porque eso suponía que terminaban los interrogatorios en la comisaría.

- ¿Cómo vivió su destierro en Las Hurdes?

- La conducción fue como una película de Berlanga. Me llevaron en un tren normal hasta Burgos y allí estuve un par de días en la prisión provincial. Y cuando nos iban a trasladar a Madrid, resulta que... perdimos el tren. Volvimos a la cárcel hasta que nos llevaron a Carabanchel, de allí a Cáceres y luego a Las Mestas, que era el pueblo de destino.

-¿Cómo les recibieron?

- Habíamos pedido que nos dieran un trabajo, pero al llegar allí ya vimos que muchos emigraban a Euskadi o Cataluña, así que cómo nos iban a dar un empleo. Al final, conseguimos que nos alquilaran una casa por la que pagamos una pequeña renta. Enrique Múgica llevó más tarde a mi mujer y a los hijos. El pueblo nos miraba con algo de prevención al principio. Era un lugar muy atrasado. Por no haber, no había ni línea de autobuses. Y el cine lo daban en el bar, sobre una sábana. Recuerdo que la primera película que vi allí fue una del Tempranillo.

- ¿Recibía visitas?

- Sí, de familiares y de gente del PSOE y la UGT de Salamanca. Tenía que ir todos los días al cuartelillo de la Guardia Civil y no podía salir del pueblo, aunque alguna vez lo hice para ver a Rubial, también desterrado en un pueblo próximo. Estuve unos meses y la verdad es que no lo pasé mal. Eran buena gente y cuando nos marchamos algunos lloraban. En la casa donde vivimos han puesto una placa...

La renuncia de Suresnes

Para cuando Franco murió, Redondo había celebrado varias veces su fallecimiento. Resultó que estaba en México en un congreso sindical y le llamaban para contarle que el general había fallecido, pero no era cierto. Así una y otra vez. El congreso terminó, Redondo regresó a España y la agonía continuaba. Cuando por fin un escueto comunicado leído en Radio Nacional hizo oficial la noticia, se reunió de inmediato con un pequeño grupo de gente en un despacho que les habían cedido, «para debatir qué hacer». Allí estaba también Felipe González.

- González había sido elegido secretario general del PSOE un año antes. Lo propuso para el cargo pese a que muchos pensaban que debía serlo usted mismo. ¿Cómo enjuicia esa decisión tantos años después?

- Felipe y Guerra habían dimitido de la ejecutiva, y al llegar al congreso de Suresnes me planteaba el dilema de si yo era la persona idónea para ser secretario general. Pensé que no, y el más adecuado por su capacidad de liderazgo y su afabilidad era Felipe. Tuve que hacer que participara pese a estar fuera de la ejecutiva, lo que me costó la enemistad de algunos compañeros con aspiraciones. El PSOE no hubiera llegado adonde llegó sin Felipe, pero él tampoco, ni soñando, sin el apoyo del PSOE y lo que significaba.

- ¿Se arrepiente de ese apoyo?

- En algunos momentos, he podido dudar sobre si hice bien apoyando tanto a Isidoro. Ha pasado aún poco tiempo para juzgar su mandato con objetividad. Y tendríamos que hablar también de apoyar a qué Felipe, porque he conocido a varios. No era igual el que llegó al poder en 1982 que el de años después. Moncloa tiene algo maléfico.

- Pudo haber sido usted el Lula español.

- Mi preocupación siempre ha sido la defensa a ultranza de los trabajadores. Yo pude haber vivido tranquilo sin enfrentarme al Gobierno, pero no lo hice, y tuve que oír incluso que lo mío era un problema personal patológico. Muchos ministros de esos años no pensaron nunca en la culpa que les correspondía en la desafección del electorado.

- Tampoco ser secretario general de UGT habrá estado mal. ¿Manda mucho un líder sindical?

- En mis años, sí. La verdadera oposición al Gobierno del PSOE eran UGT y CC OO, porque en el Parlamento apenas la había, algo que nosotros lamentábamos. Cuando llegó el PP al poder, se decía que hacíamos menos huelgas, y es verdad que con Arenas no hubo follón. Pero en la segunda legislatura, con mayoría absoluta, Aznar quiso tomar unas medidas que no gustaron y hubo una huelga general. Ahora estamos en una situación parecida a la del primer Gobierno del PP: Zapatero está en precario en el Congreso, donde existe una oposición muy dura y necesita llegar a acuerdos con el PNV, que le exprime.

Sindicalista en palacio

Fue secretario general de UGT durante 18 años, justo en la etapa en que se transformaron las relaciones laborales en España. En ese tiempo, Redondo se convirtió en una de las personas más conocidas del país. Muchos lo recuerdan y así se lo hacen saber. Durante la sesión fotográfica en La Naval, debe pararse en varias ocasiones para hablar con trabajadores y posar con ellos para la posteridad. Uno le recuerda que también se hicieron una foto juntos en su anterior visita al astillero.

- Alguna vez ha dicho que no hay que dejarse fascinar por la moqueta.

- Lo he dicho porque la vida política es más fácil y da más satisfacciones que la sindical. La derecha económica ejerce una verdadera fascinación sobre los partidos. Cuando se habla de crisis de la socialdemocracia no se repara en que algunos de sus enemigos estaban dentro. Schroeder y Blair ya rebajaron el Estado social con sus pactos. La izquierda ha asumido valores neoliberales y ha perdido capacidad de decisión. ¿Dónde está el Partido Socialista Europeo? Porque la Internacional Socialista es una mala broma.

- ¿Con quién tuvo sus mayores enfrentamientos en la etapa de secretario general de UGT?

- Yo me había llevado muy bien con Felipe durante mucho tiempo. Pero en su última etapa en el Gobierno, él me decía: 'Es que no me entiendes'. Y yo le replicaba: 'Quizá es que te explicas mal'. Ahora se dice que era un encantador de serpientes. Bueno, espero que se me reconozca el mérito de no haberme sentido fascinado por él. Pero el problema no era solo eso.

- ¿Qué más sucedía?

- Pues que los ministros de Trabajo cedían también ante personalidades tan acusadas como las de Boyer o Solchaga. A partir de Almunia, no hubo en el Ministerio de Trabajo una gran personalidad. Yo tuve grandes diferencias con Solchaga, pero lo que él decía iba a misa.

- ¿Su declaración ante el juez por el caso de la cooperativa de viviendas fue el peor momento de su mandato?

- Sí. Yo pensaba que había soluciones, que fueron las que luego se aplicaron. Pero hubo reticencias por parte del Gobierno.

- ¿Cree que le pasaron factura?

- Sin hacer un juicio de intenciones, creo que sí. En 1994, González nos hizo dos propuestas: suspensión de pagos o quiebra. Luego al final casi nadie salió perjudicado. Pero yo lo pasé muy mal, aunque tuve mucho apoyo de la gente de UGT, incluido el de Méndez, que siempre agradeceré.

Años después de dejar todos sus cargos, otro Nicolás Redondo, su hijo, ocupó durante un tiempo las portadas de los diarios. El viejo sindicalista que quizá renunció sin saberlo a ser presidente del Gobierno pudo terminar figurando como padre de lehendakari, pero tampoco fue así.

- ¿Le decepcionó que su hijo optara por la política y no por el sindicalismo?

- Era una situación muy distinta. Yo trabajaba en La Naval en aquella época del hambre y la falta de libertades. Mi hijo estudió en Deusto y tenía una clara inclinación política. Además, defendió siempre la función de los sindicatos en una sociedad contemporánea. He estado muy satisfecho de su comportamiento en la esfera política.

- ¿Qué opina del actual Gobierno vasco?

- Quiero destacar el acierto de Patxi López cuando se postuló como candidato a lehendakari en la misma noche electoral. Eso habrá originado problemas con los nacionalistas, pero ha sido muy beneficioso para el País Vasco.