México, hace cien años

Agustín Víctor Casasola y su equipo de fotógrafos dieron forma a la mitología visual de la Revolución y retrataron la vida cotidiana de un país siempre fascinante

CARLOS BENITO
Soldados apuntan desde el interior de un ferrocarril, en una foto datada alrededor de 1914./
Soldados apuntan desde el interior de un ferrocarril, en una foto datada alrededor de 1914.

México es hoy en día un país fascinante, y no cabe duda de que hace un siglo también lo era. O, al menos, no cabe duda si lo contemplamos a través de las obras de Agustín Víctor Casasola y su equipo, unos pioneros del fotoperiodismo que supieron preservar para el futuro, para nuestros ojos atónitos, algunos momentos en los que aquella realidad se superaba a sí misma. Por ejemplo, los preliminares del fusilamiento de Fortino Sámano, lugarteniente de Emiliano Zapata y falsificador de moneda, que espera a la muerte como si hubiese quedado con una chica para ir al baile: las manos en los bolsillos, el puro en la boca y la sonrisa en los labios, porque una cita tampoco es motivo para dramatizar. O estampas policiales como la del grupo de homosexuales detenidos en comisaría, retadores en la exhibición de su diferencia. O retratos con textura de aparición como el de la señorita Juana Pedrero, un espectro vestido de luto en los pasillos de los juzgados.

Sobre todo, Agustín Víctor Casasola (1864-1938) ha quedado para la historia como el creador de la mitología visual de la Revolución Mexicana, con sus imágenes de combatientes polvorientos, icónicos en su combinación de sombrero y bigotones, y también de 'adelitas' o 'soldaderas', las mujeres que se sumaban a las tropas en sus campañas. Pero el propio Agustín Víctor tiene a su vez algo de mito, ya que su apellido ha quedado como marca de fábrica para un trabajo colectivo, realizado por 483 fotógrafos, que suma más de medio millón de piezas. La colección Biblioteca PHotoBolsillo ha recopilado en un volumen una selección de 61 imágenes procedentes de ese archivo, entre las que figuran las que ilustran estas páginas.

La carrera de Casasola arrancó a finales del siglo XIX. Entonces se dedicaba exclusivamente a escribir, como reportero para varios periódicos, pero en 1901 empezó a acompañar sus crónicas con fotografías. Era la época del presidente Porfirio Díaz y su labor periodística se centraba, sobre todo, en la vida social: inauguraciones, recepciones, festejos, corridas de toros, ceremonias religiosas, ejercicios militares... Su cotización mejoró en 1907, cuando trepó a un poste para conseguir, por encima de los muros de una prisión, la única imagen de la ejecución de los asesinos del general guatemalteco Lisandro Barillas. Pero le esperaban emociones aún más fuertes: la tarea, más o menos tranquila, de documentar la vida cotidiana se vio dinamitada por el estallido de la revuelta en 1910. «La Revolución Mexicana fue como un imán para fotoperiodistas y directores de noticieros de cine de todo el mundo, que venían en grandes cantidades porque fue la primera guerra en el mundo que se abrió a la fotografía», explica el historiador de la imagen John Mraz.

Asesinos y 'autoviudas'

En vista de tanta competencia, Agustín Víctor y su hermano Miguel fundaron la primera agencia de fotoperiodismo del país, que acabaría conociéndose como Agencia Casasola. A partir de ahí, no suele estar claro qué fotos son del propio Agustín Víctor, de Miguel o de alguno de los cientos de reporteros gráficos que trabajaron para la empresa, cuyo eslogan a la hora de ofrecer sus servicios a los diarios era 'tengo o hago la imagen que usted necesite'. Por delante de sus cámaras pasaron los caudillos revolucionarios, como Zapata o Pancho Villa, pero también cientos de combatientes anónimos, tan difíciles de ubicar que a veces ni siquiera se conoce a qué bando pertenecen.

Cuando por fin llegó la paz, los fotógrafos de Casasola pusieron particular empeño en capturar las maravillas de la sociedad moderna: los automóviles, los edificios cada vez más altos, el bullicio nocturno de la era eléctrica. Y también el crimen, una de las especialidades de la agencia durante toda su historia, con casos memorables como el de Goyo Cárdenas, 'el Chacal de Tacuba', que estranguló a cuatro muchachas y las enterró en su jardín, o las llamadas 'autoviudas', como la primera Miss México, María Teresa Landa, que asesinó a su marido al saber de su bigamia. Entonces y ahora, en el embriagador cóctel mexicano nunca falta la violencia.

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